Toro Sentado y los hunkpapas habitaron territorios de una belleza sinigual durante gran parte del siglo XIX, como lo eran su cultura y espiritualidad, pero su mundo, sus misterios, desaparecerían durante su vida.

Nacido en 1831 en Dakota del Norte, casi a los pies del río Yellowstone, la figura del jefe lakota alcanzó cotas legendarias y no sin razón; el visionario Jumping Badger (Tejón Saltarín), nombre que le dio su madre, era con solo 29 años el más grande de su pueblo solo por detrás Four Horns, su tío.
Toro Sentado podía hacer y escudriñar cosas insólitas, podía ver y profetizar como Wichasha Wakan, estando además en contacto directo con Wakantanka, el misterio insondable. Dicen que sus dos grandes virtudes eran observar y escuchar, era único en ello.

Fue indomable. Jamás se plegó al estilo de vida blanco que trataron de imponerle y que le llevó a la muerte, siendo uno de los más importantes y últimos exponentes de autenticidad de los verdaderos nativos norteamericanos. Y como tal, fue asesinado en 1890.

El no solo veía, además, sabía, que eran para él la misma cosa. Y manifestó sendas cualidades antes incluso de nacer, cuando flotaba en el vientre materno… como así solía contar. Ya entonces sufría por los hunkpapas; ya entonces supo que algo ya no iba bien en su mundo y que a él le tocaría presenciar su final.
El demiurgo burlón y los espíritus sin descanso
…Iktomi, la gran araña, el ente burlón nacido del Gran Misterio, observaba desde las aguas la caída del líder guerrero y hombre-medicina hunkpapa; el ocaso de los pueblos lakota. Él, que camina entre los hombres y para el que no existen los secretos ni las verdades sin respuesta, sabía lo que iba a ocurrir y puede que incluso lo dejara pasar en favor del Gran Padre y su bisoña nueva nación. Tal vez el poderoso Wakantanka, que creó al mismo Iktomi y sabe, como aquel, de los designios del destino, permitió a Toro Sentado vivir su derrota, el ocaso lakota, para que pudiera al menos descansar en La Tierra una vez hubiera intentado cambiar lo inevitable.
Dicen que las almas de los herederos de los espíritus ancestrales enterrados en la tierra por cada rincón de Estados Unidos se revuelven en ella; dicen que puede sentirse tal cosa si uno sabe escuchar y va a los lugares adecuados. Al parecer, no hay reposo para ellos, están incómodos y expectantes, como esperando el día del despertar. Quizá, el día de la venganza.



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