
Alejandro Magno apenas sí estuvo unos meses en Egipto, pero su huella en el país de los faraones fue recalcable, así como su hondo respeto -tal y como ocurriría después en Asia (Bryant, 2012)- por una cultura y creencias ancestrales. Aunque también había algo de pragmático en sus intenciones, como se cree que solía ocurrir en el conquistador: Egipto y sus mundo espiritual le sirvieron de propaganda y legitimación de su majestad absoluta, de su idea divina de sí mismo.
No en vano tomó la titulatura como hijo de Amón y faraón del Alto y Bajo Egipto en deferencia al país y en pos de su elevación propia. Célebre al respecto es su viaje a través del desierto libio al oráculo de Amón, en Siwa. Ahora bien, en el vasto y milenario imperio egipcio, con sus numerosos y fastuosos monumentos, Alejandro no solo dejó su impronta, él mismo se vio impactado por la profunda y rotunda raíz cultural egipicia. Y ambas cosas servían a la perfección a la idea de legado eterno que el conquistador estaba construyendo sobre su propia figura. De alguna manera, Egipto y su inmortalidad, su barca por el inframundo y de ahí a la perennidad, iban a ratificar su sello diferencial, celeste.
De ello da cuenta el templo de Luxor, donde el hijo de Filipo II hizo construir en la sala de ofrendas un santuario, el santuario de la barca. Allí, aún hoy, Alejandro Magno, a la vez astuto y piadoso, ha quedado esculpido en el viejo Ipet-Reshut, con el atuendo egipcio y haciendo ofrendas ante el dios Amón, el cual, a su vez, era quien debía legitimar el origen divino del nuevo monarca griego (Pajares, 2016). También sucede en Karnak, como vaso comunicante de Luxor, donde, en su puerta sur, se mantiene vivo el recuerdo del paso de Alejandro.

Por supuesto no son estos los únicos testimonios arqueológicos de la impronta de Alejandro Magno hallados en la tierra de los faraones. En 1938, A. Fakhry descubrió otro templo, menos ilustre y mediático pero igualmente resaltable, que fue erigido en honor a la figura del rey nacido en Pela. Allí, en un altar del recinto cultual dedicado a Amón-Re, hoy desaparecido, se encuentra la titulatura real de Alejandro, lo cual tiene una importancia radical, ya que hablamos del “primer ejemplo conocido de protocolo onomástico completo para Alejandro Magno como faraón de Egipto” (Bosch-Puche, 2007).

Y hay más, como las inscripciones de la Necrópolis de Saqqara, la estela del Bukheum de Armant o la perdida estatua de Mendes, todas encuadradas dentro de la “nueva política religiosa hacia los animales sagrados” (Bosch-Puche, 2012), instaurada por el macedonio desde su entrada en Menfis (332 a. C.).
El fugaz tránsito por Egipto de Alejandro Magno no hace más que ahondar en la profunda huella que la tierra a orillas del Nilo dejó en el joven rey griego… y su leyenda posterior.
NOTA DE FICCIÓN: El imaginario colectivo se dispara con la figura de Alejandro Magno, pero, ¿y si logró todo lo que consiguió porque en Siwa hizo un pacto con un tal faraón negro? ¿Y si su tumba y sus riquezas siguen en Egipto llevadas por uno de sus más fieles generales, Ptolomeo I Sóter?...
...Quizá sirva que este u otro de los diádocos (generales de Alejandro) siga vivo; tal vez sea un Matusalén o un mago sectario de Nyarlathotep.
Bibliografía
Bosch-Puche, F. (2007). La titulatura faraónica de Alejandro Magno: nuevas aportaciones. Trabajos de Egiptología. Papers on Ancient Egypt, r Isfet. Egiptología e Historia.
Bosch-Puche, F. (2012). Alexander the Great and the Sacred Animal Cults in Egypt. Aula Orientalis. Revista de estudio del Próximo Oriente Antiguo, XXX-2.
Bryant, P. (2012). Alejandro Magno. Biblioteca Nueva. Grupo Editorial S XXI.
Pajares, S. (2016). El templo de Luxor, ‘‘el harén meridional’’ del dios Amón. Egiptología 2.0, Abril. https://www.egiptologia20.es

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