
El destino estaba escrito para los vikingos y una de sus fuerzas motoras fueron las valkirias, intercesoras de los muertos, en parte tal y como lo habían sido Anubis o Hermes, aunque su vocación era más concreta, más específica y, por momentos, bastante más brutal. Estas féminas, idolatradas y manipuladas con el pasar del tiempo, sí existieron en el imaginario nórdico, incluso en fuentes escritas y lo hicieron de forma notoria durante al menos seis siglos (IX al XIV).
Ellas eran los agentes del Más Allá de Odín y su encargo pasaba por seleccionar quiénes iban a caer en combate y entrar en el Valhöll. Las sociedades del Norte veían esta purga sacrificial como un don; era un honor ser elegido por ‘ellas’ para caer en el campo de batalla, pues se contaba que los únicos que gozaban de la atención de estas semidiosas guerreras de terrible poder y designios vedados eran los más valientes, los más grandes en el campo de batalla.
Armadas con lanza, espada y escudo, cabalgaban por los cielos sobre sus caballos, vistiendo plumas de cisnes y, en ocasiones, seleccionando el destino de los combatientes a su antojo. A veces protegían a valerosos guerreros de los que en no pocas ocasiones se enamoraban o con los que simplemente yacían, usándolos según sus apetencias.

Caprichosos como la misma voluntad de los dioses, estos aterradores seres de enorme majestad gozaban de potestad absoluta para elegir el sino de los guerreros, a los que utilizaban con fines escatológicos… Es decir, nada que ver con las Brunildas o el imaginario popular que de ellas se ha realizado. Es más, para los vikingos eran fuente de respeto por su extrema crueldad como “demonios exterminadores” (Price, 2022)
EN PERSPECTIVA: Las valkirias vikingas, mujeres guerreras bañadas por la divinidad, han sido utilizadas a lo largo de los siglos bajo un arquetipo indecoroso que poco se correspondía con la imagen que de ellas tenían los pueblos escandinavos. La belleza, estuviera presente en ellas o no, era algo circunstancial, lo cierto es que su mera presencia justificaba el horror en sí mismo y en todas sus vertientes; su olor, su aparición, ha de ser fuente de terror inusitado y primordial... aunque también de gozo y veneración.

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