Tras dos horas esperando sabemos que algo va mal. En parte porque ha sido el esquivo Miguel quien nos ha citado con una escueta y fugaz llamada de teléfono. «Es urgente», dijo. Una cree saber en qué tipo de cosas peligrosas anda siempre metido el menudo periodista…

El ratón, como lo llaman sus colegas y alguna que otra voz influente de la ciudad, sabe moverse y lo que es peor para estos últimos, es efectivo en sus movimientos. Al principio, cuando se dedicaba solo a rellenar su espacio en la sección de sucesos de ese periódico de corta tirada, ese en el que nunca vieron su potencial, nadie le prestaba atención ni le tenía en cuenta. Sin embargo, su don no pasó desapercibido para otros ojos, de esa clase de ojos encargados de hablar de lo que la mayoría desconoce y, sin saberlo, teme. Él aceptó y fue ahí cuando Miguel activó todos los resortes. Entonces se volvió incómodo.

Diablos, sí, es muy bueno en lo suyo, y, como suele decir, dar con la verdad tiene un precio.

Hace ya meses que no se dejaba ver con facilidad. Se ha vuelto taciturno y esquivo. Incluso, según me enteré, se cambió de casa. Últimamente apenas sí habíamos sabido de él y aunque el tipo podía desaparecer a su antojo, era extraño su silencio.

Dicen sus excompañeros que estaba paranoico

¡No me lo creo, si alguien sabe lidiar con una mierda desagradable es él!

Entonces… qué podemos decir. Cuando contactó con nosotros hace un par de horas y nos dijo que el futuro de todos estaba en peligro, decidimos acudir raudos a su llamada. ¡Qué coño íbamos a hacer! Miguel no es de esa clase de personas que se tira un farol, pisa sobreseguro y suele dar en el clavo. También nos dijo que le seguían y querían acabar con él. Por eso mismo estamos en este bareto de Valladolid esperándole…

¡Ah y otra cosa! El ratón nunca llega tarde!


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