(la Llamada de Cthulhu 7ª)
El verano de 1992 apaga sus llamas en un aliento de tristeza. Las niñas asesinadas han conmocionado a la ciudad y los medios de comunicación no hacen sino expandir el altavoz de la tragedia desde cualquier punto de la urbe castellana, a cualquier hora, en cualquier lugar, como esforzándose por evitar que el olvido haga su parte.
Pero hay otros olvidados, otros perdidos, otros a los que nadie encuentra.
Héctor, Kevin y Federico llevan un par de horas esperando a un viejo confidente, un colega, puede decirse, un amigo. Pero no llega. Es Miguel, el esquivo periodista de sucesos y más o menos reciente escritor de lo oculto. Y Miguel nunca llega tarde. Jamás. Eso convierte su retraso en algo sospechoso.

Añade acento a esta sensación el hecho de que Héctor recibió una llamada urgente del redactor instándole a reunirse con él a última hora del día en un garito de la Plaza de la Cruz Verde, concretamente en el bar Lisboa. De eso hace ya un par de horas. Sus palabras atropelladas revelaban que había tocado, con una incipiente investigación, un resorte peligroso entre gente poderosa; dijo, «con profundas raíces en el Gobierno y quizá con capacidad para manipular a la sociedad». Una conspiración a gran escala, vamos. Terminó su llamada con un mensaje inquietante: “ellos me siguen y temo por mi vida”.
Ante la tardanza, Kevin pregunta por él a Rogelio, el posadero, y este indica algo que aún escama más al triunvirato: no le ha visto desde hace semanas. Algo extraño, a juicio del dueño del bar, ya que es una cara habitual de la barra.
Sin duda nada cuadra.

El lugar, cada vez más sumido en el murmullo y el humo, va modificando su público; el veterano, más dado a la conversación y a degustar el aceptable café que sirve Rogelio durante las tardes, se retira perezosamente empujado sin disimulos por un ambiente más juvenil, donde prima la ingesta de alcohol y el ruido. Con los estudiantes suben los decibelios, tanto entre las conversaciones de los universitarios, que van copando espacio en el bar, como por la música, la cual Rogelio sube intencionadamente, principalmente para mantener contento y fulgente el ambiente. No le gusta llenar su local de borrachos, que es lo que piensa que son, pero es más que sugerente el beneficio que de ello obtiene. Simplemente, no tiene elección. Es sábado y la madrugada se acerca, es el momento de dar lo que quiere a la chavalada.
Kevin consulta la guía blanca en busca de la dirección de Miguel, ya que no conocen dónde vive y a estas alturas tienen claro que algo le ha pasado. No pregunta a Rogelio, simplemente arranca la página. Poco después, quitándose a los estudiantes de encima, los tres amigos se abren paso hasta la calle.
Aire fresco. Se miran en silencio y Kevin hace un gesto con su cabeza en una dirección.
La casa del redactor queda a un par de manzanas, cerca del Colegio de los Ingleses, nada que no puedan superar rápido en un amable paseo nocturno.

El edificio hace esquina con una calle de tránsito relativo, parece una bocacalle tranquila. Demasiado. Y tanto: el portal del bloque en el que vive Miguel arroja desde dentro al observador una insondable oscuridad; una oscuridad total. Excesiva.
Héctor recuerda que el bedel nunca se ausenta, y tuerce el gesto. Su olfato de policía, más aún el de médico, más aún el de forense, le indica que las casualidades encadenadas conducen a un mal presagio.
Además, el inspector recuerda que el encargado de la puerta del edificio es un hombre con severos problemas, de esos que permiten una pensión vitalicia, pero al que la comunidad ha dado trabajo por su buen carácter y su buen hacer. Recuerda Héctor otra cosa de Miguel que le viene al pelo a este preciso momento, le comentó una vez que, pese a sus dificultades mentales, el hombre, de nombre José Luis, cumple con voluntad germánica su cometido: el edificio siempre está iluminado y limpio.
Y ahora ni José Luis está en su puesto ni hay luz y eso hace sospechar al policía forense.
“Joder”, susurra.
Él y Kevin, el programador (nótese el eufemismo), reciben un mensaje, uno al busca; el otro a un dispositivo excesivamente moderno para un civil: al parecer han pillado a uno de los asesinos de una de las niñas y los medios empiezan a hacerse eco.
Ya se sienten un poco mejor.
Pero solo un poco: se fijan y ven que la puerta del edificio frente al que están está manipulada de forma evidente, han hecho que no se cierre.
Héctor toma la iniciativa, pregunta en el interior, donde se respira una extraña y sutil humedad, como de moho, y no obtiene respuesta. Un rápido vistazo con una linterna advierte que la bombilla ha sido partida, el piso está lleno de polvo y no hay rastro ni de Miguel ni de José Luis.
Aquí pasa algo.
Miran en penumbra las direcciones postales: MLS (Miguel Ángel López), 4A. José Luis Pérez, 2A.
Fede dice que se quedará echando un ojo por el portal, por si alguien viene. No sube, no tiene ganas ¿Será por su instinto de supervivencia o porque ha copado su límite de líos con la justicia en este mes? Sea como fuere, se mantiene al margen.

Para los dos valientes es hora de subir y ver qué diablos pasa. Las escaleras son estrechas, no hay ascensor y la oscuridad es si cabe aún mayor en las entrañas del edificio. Héctor agarra su cartuchera y pulsa el botón del seguro de su revólver con un dedo tembloroso: la pistola le da seguridad, pero más allá de las prácticas en la academia de Ávila, nunca la ha usado. Espera no tener que hacerlo. Al instante oye un ruido a su espalda que le sobresalta. Es Kevin, quien, cargando su imponente mochila llena de cachivaches, activa con un chasquido el filo de una navaja retráctil.
-“Joder. Procura no pincharte con eso y, sobre todo, intenta no pincharme a mí”, gruñe el inspector. El americano se pega a la enorme espalda del médico. Sabe que ese corpachón bloqueará el primer golpe, venga de donde venga.
Acomodados dentro del silencio absoluto, suben y se adentran en la oscuridad. Ascienden lentamente por una vieja escalera empedrada y al poco escuchan un rumor, una voz, como de una radio encendida…


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