Tal y como pensaba Heinrich Schliemann, Troya no solo existió, sino que en ella se bebía abundante vino dentro y fuera de sus murallas. La ciencia así lo ha corroborado al hallar cerámicas y una copa depas amphikypellon que contiene ácidos succínico y pirúvico, procedente de la fermentación de la uva. A la abundancia de su ingesta, esta revelación añade un uso masivo, ya que las clases bajas también lo consumían, como se puede leer en este mes en la revista American Journal of Archaeology.
El mito, como tal y desde luego el primitivo o tribal, si cabe arcaico, no es fantasía ni fábula, no es ilusión, ni siquiera utopía, sino una narración que compila toda la ética de un pueblo, su concepción generada, experimentada y observada por sus sabios.
Schliemann lo creía firmemente, de ahí que su perseverancia le hiciera pasar a la posteridad como el descubridor de la, nunca mejor dicho, mítica Troya. No sería su único legado, entre los logros de este codicioso y ansioso buscador de tesoros también descansa haber seguido los de Pausanias, como hiciera con Homero, hasta la supuesta tumba de Agamenón, del que, en las excavaciones en Micenas, halló la máscara de Agamenón en el círculo de tumbas A, una riquísima pieza de un ajuar fastuoso incluso más antiguo que el caudillo griego (su factura data de entre 1500 a. C.)
[…] punto que hace de este hallazgo un elemento excepcional es que hace más de 2000 años, entre el siglo II y III a.C., durante el período helenístico, el relieve fue arrojado a un […]
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