Hablemos de la duda humana, incluso entre los más ilustres hombres, incluso en los instantes más sagrados. Concretamente hablo de la que sostuvo santo Tomás ante Jesucristo, y específicamente de la que se observa en la obra del claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos. Este relieve personifica una de las más notorias y características representaciones de la escultura románica y, a la vez, escenifica uno de los más conocidos e inquietantes pasajes de los evangelios canónigos.

Duda de santo Tomás, Monasterio de Santo Domingo de Silos. (F: ejemploscomentariosarte)

Vayamos a la obra, que es quien, a través de su expresión, realza el instante y su mensaje. En ella vemos el uso de relieves de baja intensidad, unido a una composición a diferentes alturas que añaden cierta perspectiva y volumen. Vemos su característica resistencia a las formas naturales, que delata su adaptabilidad a la arquitectura a la que debe complementar, signo, a la vez, de un virtuosismo y monumentalidad propios de la escultura de la época.

La intencionalidad es absoluta.

Su realismo viene cultivado, además de por su elegancia, por su carácter predicador y armonioso, de modo que función y forma rinden culto al propósito. En la obra tenemos fortalecida la asimetría desde la sobriedad, como queda constancia en la isocefalia de las trece figuras, con Cristo, más monumental y jerarquizante, superior a los doce apóstoles. De igual manera se vislumbran rasgos románicos notables, como la inexpresividad y la tendencia a la homogenización de caracteres, en este caso reflejados en rostros muy parejos, como los pliegues alineados. Llamativo es el arco de medio punto y las columnas de capitel corintio que en su vértice rompen la alineación. Pero cada detalle plasma el objetivo: lo importante es la transmisión del mensaje, aunque sea sugestivo y antinatural. Quede constancia de la geometría de la composición en toda su estructura y distribución.

La incredulidad de santo Tomás de Caravaggio. (F: Wikipedia)

Iconográficamente hay que decir que, bajo un débil relieve, destaca su sutil pero destacable desigualdad en la distribución de la atención de los protagonistas. Y también en el foco principal del motivo, que no es otro que la constatación por parte de Tomás de la resurrección de Cristo; como comenté, mucho más grande que el resto de apóstoles y hacia el que el todos miran. Rompe la homogeneidad también el brazo extendido de aquel, que corta la representación, desde el ángulo inferior izquierdo, para dejar constancia de su heterogeneidad dentro de la normalización de caracteres, entre ellos el nimbo que engalana a las trece figuras y que en el caso de Jesucristo adopta también un grado superior al resto. Lo hace desde un perfil cruciforme, tan esquemático como moralizante. De los doce, no está Judas y sí Pablo, todos ellos encajados en una geometría calculada y ponderada, en la que el medio se ajusta al fin. Eso sí, en una ejecución perfecta: de talla estilizada, moldeada y esbelta.

Por encima de todo el mensaje debe priorizar el espacio que ocupa dentro de la arquitectura, y con él, su función. El teocentrismo evangélico queda constatado con diferentes intencionalidades: la representación homogeneizante posee rasgos de atención muy marcados y citados, que se constatan, además de en las dosis de desigualdad, en la agitación y concentración del espacio, también en la intensidad y verificación de una casualidad en aras de desnaturalizar la escena, como se puede ver por la posición de los pies y la estilización, poco humana y más espiritualizante, de las figuras, cuestión por otro lado ya perfilada, como decía Gil Tovar, en el arte bizantino.


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