Los rayos del glorioso Jepri encienden mil fogonazos sobre la superficie del gran Nilo, salpicando los ojos de cuantos se arremolinan en torno a Ineni. En Waset son casi una rareza quienes no lo conocen, menos aún quienes no le escuchan y todavía es menor el número de aquellos, sobre todo en la orilla oriental, que no acatan sus órdenes. A él se le viene considerando la extensión del inigualable en poder Menjeperra Dyehutymose…
No hubo muchos como este Menjeperra Dyehutymose, más conocido como Tutmosis III, como tampoco hubo personalidades tan recurrentes como Alejandro Magno o Jesús de Nazaret, pero detrás de cada uno de ellos había testigos de excepción, testigos de gran elevación, como posiblemente lo fue este Ineni.
Al fin y al cabo, durante siglos, en algunos casos milenios, los grandes líderes de han perpetuado hasta regir el destino de muchos, siendo los más arrolladores dirigentes, los más eminentes conquistadores o los más intensos visionarios, quienes, además, han cubierto de gloria sus legados, plagados a veces de hazañas, propaganda y/o construcciones monumentales -sean físicas o espirituales-, elevando en su honor altares divinos y encumbrado civilizaciones o religiones. Pero, ¿cómo eran en realidad esas figuras tan eminentes? ¿Merecían tales agasajos? ¿Merecían haber influido tanto y a tantos?
Para responder a estas preguntas hay 3 personajes que estuvieron muy cerca de tres de los más grandes seres humanos, de esos que forjaron su leyenda viva hasta el día de hoy, y esos 3 secundarios nos podrían dar una visión clara de los gigantes que nos han venido legados y sesgados por la historia como son uno de los más grandes faraones del Imperio egipcio, el conquistador heleno y el judío convertido en el Mesías.
Una sombra entre las arenas del Imperio Nuevo de Egipto
Ineni fue arquitecto y visir para varios monarcas egipcios en el Imperio Nuevo, alguno de ellos considerado entre los más grandes entre los faraones, como Tutmosis III, sin embargo antes de la llegada al trono de las Dos Tierras de este, la relación del alto funcionario con la reina regente que terminó reinando, Hatshepsut, quizá fue tenso, prueba de ello está en el damnatio memoriae -como ya conté, con matices- que el hijo de Tutmosis II aplicó sobre la monarca una vez finalizaron los 20 años de reinado de Maatkara Hatshepsut. Si la confianza entre Hatshepsut e Ineni tal vez no era plena, esto se ve reflejado en el hecho de que la faraona relegó al otrora eficaz visir de su puesto, situando en su lugar a Senenmut.

Por eso Ineni podría ser un personaje clave, no en vano, además de ser la figura de confianza de Tutmosis III, fue asesor y arquitecto de Amenofis I, Tutmosis I, Tutmosis II y Amenofis II. De él podríamos obtener no solo un relato interesantísimo de la personalidad de estos monarcas, sino que ahondaríamos en la relación de Tutmosis III con Hatshepsut y los motivos que llevaron a uno y otro faraón(a) a chocar sin del todo desintegrarse mutuamente.
Sangró y acompañó al ‘Magno’ en sus conquistas por casi todo el mundo conocido
Una de las fuentes clásicas más interesanes que nos ha llegado es la ‘Anábasis de Alejandro Magno’, una obra escrita por Flavio Arriano en el siglo II d. C. Este relato, pese a su valor, bebe de otra fuente original más importante, ya perdida, una que subyace en la obra del historiador y filósofo grecorromano, básicamente porque esa base primigenia fue escrita nada menos que por uno de los generales del macedonio, muerto casi seis siglos antes de que Arriano contara el relato del conquistador.
Y es que el fundador de la dinastía ptolemaica, también en Egipto, Ptolomeo I Sóter, escribió unas memorias sobre su rey y amigo que, aunque no han sobrevivido al paso del tiempo, fueron la fuente principal en la que se inspiró la obra de Arriano y, en parte, fue una de las bases esenciales del conocimiento que tenemos de la personalidad de Alejandro Magno.

Eso nos lleva directamente al siglo IV a. C., cuando el gobernante más notable de la historia de la humanidad construyó su leyenda. Hijo de Filipo II, Alejandro fue (más que probablemente) un hábil dirigente, un eficaz estratega y un líder visionario y carismático cuya huella ha quedado impresa pese a su fugacidad (356-323 a. C.). A día de hoy, Alejandro sigue influyendo de forma única en el planeta, tanto desde la herencia helenística, a ciertos asuntos más concretos, tales como sus estrategias militares. Y no solo eso, su recuerdo es mágico y misterioso, más aún teniendo en cuenta que su tumba jamás ha sido descubierta.
Y si bien todo lo dicho es casi innegable, siempre puede haber matices, que podríamos hallar otra vez en Egipto.
Dicen que su amigo Ptolomeo se llevó desde Babilonia a la tierra de los faraones, concretamente a Menfis, los restos mortales de su camarada, y es justo allí, en Egipto, donde se le pierde la pista a la tumba en torno al siglo IV d. C. Por todos estos motivos, Ptolomeo sería una de las primeras personalidades a las que nos acercaríamos para desgranar el grano de la paja del mito, ya que no solo fue uno de los más cercanos y fieles amigos de Alejandro, sino que fue uno de sus más importantes generales, estando presente en su ascenso al trono, en sus conquistas, toma de decisiones y en su abrupto final.
El Bautista, la figura que inspiró a Jesús de Nazaret
No me aventuro mucho si afirmo que si existe, al menos en Occidente, una figura que resalta en transcendencia e importancia -por multitud de motivos- por encima del resto de seres humanos esa es la de Iesous ho Nazarenos, Jesús, llamado por muchos, el Nazareno.
Hasta aquí, nadamos en certezas, pero, ¿qué sucede con su historia? Si quisiésemos y pudiésemos saber más de él y de la Palestina del siglo I, probablemente la mayoría acudiría a los doce apóstoles o puede que a María Magdalena, sobre todo si se quiere acercar uno a la objetividad. Seguramente acertaríamos con ellos, pero, ¿y si para obtener de primera mano un relato fiable, histórico, de Jesús, de su predicación y personalidad, necesitáramos más segregación? En tal caso, ¿a quién acudiríamos si pudiésemos tomar una fuente más imparcial y, a la vez, ligada a Jesús?
Yo lo tengo claro.
Una de las personalidades más enigmáticas y al mismo tiempo relevantes en la vida pública de Jesús, una que cuadra con nuestra búsqueda objetiva, es Juan el Bautista (que no el apostol). Con toda probabilidad es este quien inicia a Jesús y aunque las fuentes posteriores, las interpolaciones y los relatos de los hechos sobre esta relación incidan en sus diferencias, probablemente el maestro y el aprendiz estaban en coordenadas más o menos cercanas, pese a que, indudablemente, tomaran rumbos y objetivos diferentes.

A grandes rasgos, puede decirse que El Precursor (Juan Bautista) fue una persona cercana a Jesús, una figura que el Nazareno respetó y hasta veneró, y seguramente de las enseñanzas de aquel surgiría la personalidad de Jesús, incluso del Cristo. No es baladí este asunto cuando hablamos de un hombre, Jesús, cuya interpretación es transcendental, clave, para entender los últimos dos milenios de la humanidad. Sabemos con bastante certeza que Jesús y algunos de sus seguidores fueron discípulos de Juan Bautista, que todos eran profundamente judíos y que estos últimos y su profeta luego se escindieron de sus enseñanzas y de su grupo, formando uno propio, donde quizá el hecho clave habría sido el encarcelamiento de el Bautista.
Sobre el final de Juan, los evangelios canónicos coinciden con las ‘Antigüedades judías’ de Flavio Josefo, coetáneo de los evangelistas, fueran quienes fueran estos. Así, Juan Bautista habría muerto decapitado a manos de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande.
En cualquier caso, por sus inicios, por su predicación, por sus intereses parejos, incluso por su mensaje revelador, sin ningún género de dudas Juan Bautista sería una de las personalidades más interesantes a auscultar para tratar de acercarnos a la realidad histórica y por extensión a la supramundana de Jesús.
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