A menudo escapan las ilusiones a las cimas, se pierden en ellas sujetas a raíces constreñidas. El deseo, aturdido, sestea. Pero no se fue. Que va. Es como una fuerza que anhela (o espera, sabe aquél) un rebrotar, y lo hace entoldando el ceño por la larga cosecha de inconsciencia desparramada. Persiste, digo, por ser una añoranza identitaria, de esas que viven en alma presente, de frío invierno y escarcha matutina, de fulgor incansable por sonreír al upupar de la dama parda de cresta listada.

Foto: Javier Álvarez Fariña

Por eso, álcese la voz, que nada malo sucede por hacerlo: estar, están; para quien quiera verlos, que nos son pocos los despistados. Y si oírseles se puede, hallarlos también. Palpitan al sentido del sentimiento, uno que moldeó toda esta tierra ahormada a lengua parada, de tipo gestual, más de miradas que de palabras

¡Ven!

Antaño moldurábase la basa al fresco y cara a cara, con la costumbre contada sobre tocón mutilado, con el sol en retirada, el músculo aún latiendo por la labor y la mano asida al currusco fundido junto a la piel tostada. Decíase que dejar constancia de lo experimentado sobre papel o corteza era de mal educado, de olvidadizo, de bellaco al instante vivo y congelado que ya no volverá.

¿Y ahora? Aquello que fue está en desuso en su fuero interno, en su núcleo filial. Por eso le duele el tajo al que se echa a la linde; a este le va a lastimar lo malgastada y malinterpretada que viene la corriente. Verá como, efectivamente, corre peor suerte el perdido por olvidadizo que el deslumbrado por sombras adulteradas. A este sordito ya no le van a cantar los susurros, pero al otro le quedará la pena de perder la cima, aguas arriba.

Si símbolos hemos de buscar, reconozcámoslos como son, pacientes y sinceros; contemos que vimos su tronco hoy marchito entre bebederos de vanidad hueca por tanta ínfula cóncava. Y entonces nos van a decir que cantemos algo, algo tal que así: mirad aquí, dirán, siguen en pie estas travesías de pura tierra castiza, con su lana incrustada como a rebañadura y sus lágrimas secas de llorar al recuerdo, conscientes como somos de la nostalgia que nos hace tirar hacia allá, palante, persiguiendo al compadre horizonte, y da igual si de vientre o de costado.

Y luego seguirán; mirad estos anchos pulmones de masa ambarina y sentido vuelo, de piñones esparcidos y riachuelos ahogados, y también de paso firme y tacto roturado, que, aun pudiendo y debiendo, no levanta quejas por su cuerpo subastado. Tanto somos.

Foto: Javier Álvarez Fariña

Se dirá que lanzarse a tales bondades es tan inútil como intentar esconder la luz del sol cuando ilumina a su antojo o tal desperdicio como tratar de arrancarle sus brisas a un viento que le da por soplar a esa copa y la de más allá. Y lo dirán porque hay deseo de fijar frontera ajena al corazón del pueblo y su latir, a su aún presente merino y churro, pese a lo somero, a su sábana a veces ocre y otras parda, a su collar de verbena, jara y encina, a su fragancia de tomillo, brezo o eneldo.

A decir verdad, más que hispano tarraconense, que nunca fue, es de aquí de siempre, se lo digo yo, y al ancestro y la ancestralidad la quieren ahogar en el barro. Eso también lo avierto. Pregunten si no me creen al que pelea al trote, con señales marcadas a fuego en sus patas y sobre su grácil caminar; o al otro, al que se deja el aliento hambriento de páramos a cultivos, de montaña a llanura: ambos llevan milenios contando la historia a unas manadas enmudecidas.

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4 respuestas a «Álzate, llanura encrestada de Castilla»

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