Al amanecer, en la superficie plana e inamovible de un extenso lago —donde ni siquiera se mueve una niebla densa y espesa que cubre el azul del cielo reflejado en el agua— hay calma y sosiego. La naturaleza contiene la respiración a través del silencio y la quietud. Nada se agita, pues nadie observa ese instante. Ese enorme espacio acuoso es, a la vez, vacío y plenitud, un sistema aislado y limpio, pura condensación estática de potencialidades.
La realidad surge cuando una interacción rompe un estado de equilibrio potencial. Como las historias.
Hay historias por ahí fuera desperdigadas, aguardando una relación que desemboque en un sinfín de eventualidades. Quizá no exista una única realidad, sino la manifestación de una entre muchas posibilidades. Y nos perdemos las demás.
¿Pero qué ocurre con el resto?
Metamundos: de Tolkien a Moorcock y Stafford
En el universo de Arda y la metapoética, J.R.R. Tolkien se guardó un elemento de herrumbe cristiana que salvaguardaba la justicia (en mayúsculas) —entre esas eventualidades sin fin— por encima del viejo enfrentamiento entre el bien y el mal. «Ningún tema puede ser interpretado que no tenga en mí su origen último” —le decía Eru Ilúvatar a Melkor cuando permitió al más poderoso de los Ainur introducir la discordancia.

Desde una especie de mitología perdida del pasado, Tolkien abrió una senda que otras mitologías fantásticas recorrerían después, aunque estas se desperdigaran en otras direcciones. Para el escritor inglés, el destino existe, pero supeditado a la providencia. Providencia, un techo bajo el que guarecerse, pero, ¿real?
Tal orden de las cosas desagradaba a Michael Moorcock, quien introdujo una confrontación absoluta de fuerzas tenebrosamente coherentes, dos principios cosmológicos cuya victoria absoluta conduciría igualmente a la destrucción del universo. Sus conceptos de la Ley y el Caos eran muy diferentes al bien y el mal, ambos eran igual de desagradables y desaconsejables en estados de plenitud.
Elric de Melniboné o los campeones eternos nos llevan a los paisajes de la física moderna, a esos sistemas naturales que funcionan en los bordes del caos, donde existe suficiente estabilidad para conservar la estructura y suficiente inestabilidad para permitir la adaptación y la innovación.
Demos otro salto entre gérmenes fantástico-mitológicos excepcionales, vayamos a Glorantha. Tampoco hay estabilidad ni estatismo en Greg Stafford. Su mundo funciona con arquetipos y ciclos, y los mismos dioses quedan atrapados en ellos.
Como vemos, ambos sistemas son aterradores, pero también menos caprichosos. Es como asomarse al universo y su silencio, a sus inmensos espacios vacíos, a la estrepitosa profundidad del desconocimiento inefable.
A la realidad de realidades.
¿Qué hay del destino y sus variaciones?
En cierta forma, esto encaja con la concepción de destino vikingo, que no es otra cosa que el wyrd, la red de causalidades. Este aspecto se parece a una trama de relaciones que se teje en cada acto. El guerrero sabía que cada decisión modificaba la forma del tejido último.
Imaginemos todo un conjunto pentagramas musicales previamente ordenados y serigrafiados dentro de una partitura, y como de ello surge una explosión informe: la manifestación sonora de lo teorizado sobre una superficie plana, el papel. Esa expresión pronto ha dejado de hablar en el plano bidimensional del pliego pautado —que supera el conjunto de instrumentos— y empieza a flotar distorsionando los sentidos, recolocando su forma de relacionarse hasta componer una exteriorización indescriptible pero perceptible que se dirige más allá de la materia, hacia lo más hondo del ser. De todos los seres. Un punto de encuentro.
La partitura contiene todas las posibilidades; la interpretación escoge una de ellas. El sonido no crea la música: la manifiesta.

Moorcock concibió la tensión y el sufrimiento que lo acompaña como una chispa del elemento constructivo, el paso previo a la explosión del siguiente escalón. Stafford creó un núcleo de realidad repleto de repeticiones con variaciones, donde los desequilibrios son continuamente compensados, donde el orden no es un estado, sino un proceso. Y la interacción con él es clave para despertarlo.
La historia que empieza a narrarse
La historia nace entre el equilibrio y la ruptura, lugar donde el conflicto se presta, sin saberlo, a plantar la semilla de la renovación. El wyrd sabe del (los) propósito (s) —como ocurre en el Ainulindalë, el Equilibrio Cósmico de Moorcock y en los ciclos heroicos de Stafford— aunque este velado y oculto; aunque esté más allá del razonamiento, más allá de los dioses y sus caprichos.
Por eso, al final y de alguna manera, el lago se mantiene imperturbable, manso, pero dispuesto a ondear su tejido al contacto con una perturbación, la que desencadenará acontecimientos imparables. Inexorables. Impredecibles. ¿Puro destino?
Imagen de portada: Elric of Melniboné, creación de Michael Whelan para la portada del libro de rol, ‘Stormbringer’
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