Junio es el mes asociado por herencia romana a Juno, que viene de la Hera griega, una deidad ambigua, caprichosa y colérica, pero junio es también, en cierta forma por herencia romana, el tiempo de los ‘paganos del mar’. Este mes marca algunos de los instantes claves de la ‘Crónica anglosajona’, fuente fundamental inglesa, y, por ende, de la influencia vikinga en su cultura. Este mes, el inicio de la época estival, es el más propicio para las incursiones de los pueblos nórdicos; de hecho, fue cuando se produjo el legendario saqueo del monasterio de Lindisfarne (793)
Durante estos treinta días sucede el solsticio de verano, que en la Escandinavia altomedieval suponía la temporada perfecta para las travesías y las aventuras. Mucho antes de ello, del tiempo vikingo, se forja la cultura de la gran sala y, previo paso por unos condicionantes climáticos catastróficos, el desmoronamiento imperial romano y el debilitamiento de presión de este sobre los limes, se va configurando poco a poco un pueblo poderoso, orgulloso y de gran complejidad. Por tanto, el saqueo del siglo VIII en la isla de Holy es uno de los momentos cúspide de una larga evolución y aunque ha sido considerado como el inicio de la era vikinga, lo cierto es que más allá de simplificaciones de las ricas culturas nórdicas, junio y Lindisfarne tienen matices, y no me refiero solo a la licencia sin base histórica que se toma la popular serie ‘Vikings’ para asociar este ataque al mítico Ragnar Lodbrok.

Ragnar Lodbrok, en la serie Vikings representado por Travis Fimmel.
En verdad, en cuanto a la antigüedad se refiere con respecto a los saqueos vikingos, la arqueología ha desmontado el origen que daban para estos las fuentes textuales, ya que mucho antes del ataque a las costas anglosajonas de Holy se habían realizado otras incursiones de esa naturaleza, como la violencia desatada por los pueblos del norte sobre Salme, cerca de Saaremaa, donde los wolwulfas (lobos asesinos, apelativo que utilizaban nórdicos y anglosajones para definir a los vikingos) erigieron un impresionante túmulo funerario guerrero, que demuestra la acción militar al menos casi medio siglo antes de Lindisfarne.
Incluso existe discusión sobre un posible ataque anterior en la isla de Portland, que citan ‘Los Anales de san Neots’, o referencias diversas a tales aventuras, como la correspondencia del rey Offa (792), donde se citan contactos muy anteriores con estos comerciantes tornados después en invasores violentos. Sin embargo, es evidente que la violencia se desató de forma recurrente en el siglo VIII y que el clima veraniego era el propicio para realizar unas incursiones tan jugosas como sangrientas.

Piedra de Scone que representa a los vikingos (F: National Geographic)
Así, aceptada esa fecha de junio (concretamente del día 8) y el emplazamiento de Lindisfaerna como el inicio de la época vikinga según los anales anglosajones, lo cierto es que las irrupciones escandinavas sobre las poblaciones de la actual Gran Bretaña no solo fueron una constante durante los siguientes tres siglos, sino que marcaron para siempre la cultura británica, desde lo administrativo a lo cultural, social, político o, especialmente, lo lingüístico.
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