Hubo un tiempo en Japón en que los instrumentos más eficaces de los poderosos no fueron las armas, sino la belleza. Durante la era Heian (794–1185), en la corte se formuló una forma de gobierno basada en la poesía y la estética, cuyos principios fueron elevados a la categoría de ideal político y cultural del Estado. A través de la contemplación, Japón vivió en Heian-kyō (capital de la paz y tranquilidad), actual Kioto, pero, ¿cómo era esa paz?, ¿por qué duró tanto? Y, sobre todo, ¿por qué acabó con violencia?
Durante casi cuatro siglos, el entorno urbano y cortesano de Heian-kyō fue un remanso de armonía; incluso su trazado pretendía tal cosa: estaba configurado bajo un orden minucioso, de forma reticular, a imagen de la icónica Chang’an, capital de la dinastía Tang. Del amanecer a la noche, pasando por la muerte, todo en Heian-kyō estaba impregnado de rituales y recitaciones poéticas. Ivan Morris describe esa cosmovisión hechizante: el caballero Heian estaba destinado a crear una ceremonia de despedida en el momento de su muerte; el adiós eterno necesariamente constaba de una recitación poética final.
Tal era el nivel de concordia y sofisticación que la aristocracia más poderosa abandonó sus tierras para vivir de ese anhelo en la capital. Este hecho sería el germen de la destrucción de ese modo de vivir, pero eso llegaría de forma gradual y más tarde. Esta placidez elitista prosperó y llegó a límites sorprendentes, en los que los soldados y la muralla de la urbe eran prácticamente simbólicos; los primeros vistiendo hermosas y luminosas armas y armaduras que ocultaban una destreza discutible. Las segundas apenas alcanzaban escasa altura y terminaron deteriorándose por inutilidad y desuso.

En el centro de esta plenitud se hallaban ceremonias sintoístas continuadas, donde se realizaban reuniones para el avistamiento de cucos, la observancia de las flores o la recitación poética. Bajo la observancia de la fugacidad, se conformaba una métrica rigurosa, fruto de la fluidez, donde reglas y ritos adulaban la belleza natural. El cortejo y la atracción sexual también se regían por esta retórica y ambas formas rezumaban desde infinidad de aportaciones creativas. La mente colectiva se expresaba, frente a la vulgaridad mundana, a través de la métrica poética y la filosofía contemplativa, el mono no aware; una suerte de sensibilidad honda como arma ante la caducidad de las cosas (mujō).
El conflicto y el fin
Debajo de esa capa preciosista, la política imperial vivía y se perpetuaba bajo el gobierno del clan Fujiwara, quien casaba a sus hijas con los emperadores, asentando los sessho y kampaku, dos fórmulas de regencia -una para emperadores inmaduros; otra para los maduros- con las que ostentaban el poder. Sin embargo, esta paz capitalina contrastaba con lo que sucedía lejos de Heian-kyō, donde gobernadores provinciales y locales se valieron de las exenciones fiscales para ir amasando más poder y riqueza. Y más desigualdad, que provocó descontento.
Pronto los Fujiwara poseyeron vastísimas extensiones libres del poder central, los shōen. De estos dominios surgieron nuevas élites rurales y guerreras, entre ellas aristócratas provinciales y señores militares locales, regidos por una lógica de combate y lealtades armadas contra el cada vez más incipiente caos de las clases populares, hambrientas y sacudidas por impuestos, inseguridad y plagas. Estos grupos comenzaron a enfrentarse entre sí por las tierras y también chocaron con las comunidades campesinas sometidas a crecientes cargas fiscales.

Mientras, en la cúspide emergieron las disputas entre los kuge, los cuatro grandes clanes aristocráticos, que eran los mismos Fujiwara, junto a los poderosos y emergentes clanes Minamoto y Taira. También hubo otro clan, pero con menos capacidad y relevancia, los Tachibana. Lo fundamental entonces era que en el resto del territorio se armaban terratenientes provinciales y ramas secundarias de la familia imperial, como preparándose para un choque de voluntades.
Y así sucedió.
El caos se propagó ante el debilitamiento de la administración imperial en las provincias periféricas, donde los emperadores carecían de poder militar directo y dependían de alianzas con grandes familias guerreras. Fue así como el orden dominado por los Fujiwara comenzó a resquebrajarse tras las rebeliones Hōgen (1156) y Heiji (1160). Por parte imperial surgió un espíritu contestario que pudiera devolver legitimidad al emperador, y de ese espíritu brotó el dictador militar que somete a los bárbaros, el shōgun, un poderoso general que obraba en nombre del emperador.
Los hombres de la guerra
Con multitud de fuerzas empujando, la confrontación y la violencia masiva empezaron a manifestarse. En la confirmación de prevalencia entre estos aristócratas militares y propietarios de vastas extensiones fue donde surgió un vínculo duradero, un espacio intermedio que iba a marcar Japón. Ese vínculo se creó entre los señores y los campesinos que pagaban sus deudas con el servicio militar, los saburau. Estos siervos se convertían en hombres armados vinculados a sus señores por fidelidad y servicio militar, y empezaron a articularse orgánicamente como los ejércitos privados de sus señores. Eran expertos bushi. Eran los samuráis.
Con el ascenso de estos grupos militares terminó la hegemonía política de la aristocracia cortesana y Japón inició el período dominado por estos hombres guerreros. Con ellos llegó la época feudal* y la paz fue olvidada.
*Época feudal es un término complejo y, en verdad, inexacto para hablar de una realidad concreta nipona. Esta categoría historiográfica nació para explicar procesos europeos que no son extrapolables a Japón, de ahí el vehemente debate histórico que su caracterización encierra. Aunque más preciso que el relato político e identitario hispano llamado ‘Reconquista’, ya que el término feudalismo sí sirve como categoría analítica historiográfica, su utilización es más funcional que científica.
Foto portada: arigatoumundo.
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