Carl Jung indagó en la psique profunda del ser humano y, removiendo en su interior, halló por debajo de la capa superficial de la cultura algo más orgánico, más intrínsecamente unido a nuestro ser: remanentes recurrentes ligados a toda la especie que, a su vez, remitirían a una necesidad de superar el plano material. A buscar algo más. Jung creía que había aspectos de la experiencia colectiva de los humanos que tendían a trascender la realidad inmediata.

Hace más de 100.000 años, los seres humanos ya parecían buscar esa abstracción más allá de lo meramente tangible ante los sentidos, otorgando a los signos un significado que superaba su utilidad inmediata. Estos signos no eran los mismos que la geometría sagrada del tetraktys pitagórico, pero sí compartían un nexo común: una misma disposición humana hacia el pensamiento de conceptos superiores.  

Hallazgos de los signos de la cueva de Blombos. (F: donsmaps)

En la cueva de Blombos, en Sudáfrica, existen artefactos sin utilidad aparente, que fueron obra del Homo sapiens hace unos 70.000-100.000 años y en los que hay grabados intencionados con formas precisas. Estas extrañas expresiones gráficas han sido consideradas por numerosos especialistas como unas de las primeras evidencias de comportamiento simbólico complejo en nuestra especie. Aunque ocasionalmente se han establecido paralelismos interpretativos, filosóficos o antropológicos con tradiciones posteriores, especialmente con el símbolo principal del pitagorismo -desarrollado muchos miles de años después-, aparentemente no existe una relación directa entre ellos.

¿O sí?

El tetraktys de los pitagóricos es un diagrama matemático de significación -puede que de poder- compuesto por diez puntos distribuidos en cuatro filas triangulares (1+2+3+4=10). Si unimos las líneas que estos puntos representan, estas generan una red geométrica compuesta exactamente por nueve triángulos isósceles más pequeños. El diagrama -que era utilizado por los iniciados, como juramento con el saber y el esoterismo que encerraba el conocimiento oculto- establece relaciones entre la geometría, la música, las proporciones numéricas y la estructura del universo.

Jung se interesó por algunas de estas manifestaciones -sobre todo por las cuaternidades, los mándalas y los símbolos exactos- porque trataban de organizar la realidad mediante patrones numéricos y geométricos. ¿Por qué? Estos patrones aparecían recurrentemente en culturas muy diferentes, revelando formas profundas de organización común en la experiencia humana.

Lógicamente, la conexión histórica entre Blombos, Pitágoras y Jung es muy difusa; sin embargo, existen filamentos que pueden conectar estas tres épocas tan distantes en el tiempo. O, si se quiere, al menos sí se pueden hallar fricciones entre sus constantes simbólicas que nos invitan a reflexionar. Dicho de otra forma: conviene explorar otras lecturas posibles desde cada uno de esos contextos y de sus respectivas formas de expresar mitos, porque algunas de las psicológicas, filosóficas y antropológicas permiten tender puentes entre los tres vértices.

Tetraktys pitagórico (F: W)

Es innegable que hace decenas de miles de años ya se producían espontáneamente formas geométricas organizadas, por lo que tal vez esas formas respondan a estructuras profundas compartidas por la psique humana. Si bien es verdad que los cortes intencionales de Blombos -realizados con parámetros específicos y cuyo significado nos está vedado- distan del tetraktys, lo cierto es que, mediante la propuesta de Jung, logramos hallar una unión entre ambos elementos ciertamente elocuente: la tendencia -quizá necesidad- humana a encontrar significado en concepciones metafísicas.

Esta sería una manera elevada -o si se quiere, perceptiva- de interactuar con la parte oculta del subconsciente, algo inherente a la naturaleza humana.

Quizá estas manifestaciones remitan a muy viejas formas de comprender el mundo, cuya reconstrucción nos sea presentada en apariencia como una fórmula imposible de resolver, pero que, paradójicamente, tiene su respuesta enraizada en lo recóndito y mudo del cerebro de cada uno, como capacidades cognitivas compartidas e innatas por toda la humanidad desde que el tiempo es tiempo para nosotros. De ser así, si existen creencias cosmogónicas inefables y subrepticias en el ser humano, algo así como un impulso simbólico ancestral, su llave reposa en el último y más vetusto cajón de nuestra mente. En él estaría el motor cultural y cognitivo de una herencia común.

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