¿Cómo definirías «romántico»?
La formas de comunicación crean vínculos entre los grupos, ya sean humanos o animales, de tal manera que la expresión de estas -oral, silábica o sonora- atiende a la necesidad de interactuar y cooperar para, juntos, alcanzar las metas de autosuficiencia u oportunidad para la susodicha tribu o manada. Y ahí es donde se halla la magia de la oralidad, en que su espontaneidad convierte el instante en que se produce en esencia imborrable de un momento irrepetible.
El romance medieval se inserta bastante bien en ese contexto hechizante. Así, el que romantiza va directamente al estreno, sin ensayos, apelando a su elevada verdad, la que siente y verbaliza.
El carácter oral del mensaje, en su forma instintiva, primaria, incontrolable, influye en la cohesión del colectivo y los individuos mediante la activación de estímulos vivos, únicos e infalsificables. Son fragancias de inspiración, cosa que el registro escrito es incapaz de conseguir.
El romance en particular se alimentaba de ello, buscaba contar y emocionar recitando o cantando, pero dejando un registro completo, no articulado, jerarquizado, fiscalizado o moldeado. Algo que marcara un rastro impreciso y hondo en la memoria y el alma.
Sobre lo expresado verbalmente multitud de culturas entendieron su sacralidad. Varias de ellas, tanto en América como en Euroasia, modulando el mensaje desde otras frecuencias y latitudes pero bajo la misma longitud de onda, llegaron a despreciar la comunicación no oral.
Devolviendo de nuevo la palabra al romancero, los romances eran históricos, novelescos, amorosos o legendarios, esa clase géneros de expresión a los que apelo debían llegar a todos -no solo a quienes tenían acceso a la escritura y sus soportes- y transcender desde la recitación, el canto o la retórica. Y vaya sí lo conseguían, grababan su chispa en el imaginario popular.
Dentro del romance existió (existe) el amor cortés, el cual, ya fuera mediante códigos provenzales o universales, basaba su razón de ser en el noble arte natural, humano o animal, de cortejar. Sufrimiento, secreto, rechazo, pelea, son consecuencias de esa aventura, de una idealización del ser amado y/o deseado. Incluso del proceso de galantear, una suerte de juego que acepta los riesgos de la pasión, un elevado contacto de elementos y retos sin necesidad de participación de los adornos superficiales de la modernidad.
Esa suerte de impulso, de excitación, de incentivo, esa manera de incondicional afecto visceral, en suma, de lealtad, de entrega absoluta a la verdad insuflada, es para mí el romance y la acción de romantizar.
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