Nathan Carlig, papirólogo de la Universidad de Lieja, ha hecho un descubrimiento colosal: ha hallado treinta versos inéditos de Empédocles, filósofo presocrático del siglo V a. C. El fragmento de papiro encontrado, de más de 2000 años de antigüedad, permite capturar y acceder a la autenticidad y el contexto primario de un autor que influyó enormemente en la cultura clásica. Y no solo eso, ahora se puede reformular en el filósofo griego un autor directamente predecesor de los atomistas.
El papiro, denominado P.Fouad inv. 218, fue identificado por Carlig en los archivos del Instituto Francés de Arqueología Oriental (IFAO) de El Cairo y recoge versos desconocidos de ‘Physica‘, donde Empédocles de Agrigento, médico, filósofo, político, mago y profeta, reflexiona acerca de cuestiones relacionadas con la naturaleza, en especial sobre las partículas y percepciones sensoriales, especialmente sobre la visión.
Precursor del atomismo
Además de su altísimo valor arqueológico, el documento, según sugieren los expertos, sienta las bases de lo que sería la teoría filosófica de Leucipo y que después desarrolló Demócrito, quienes básicamente aseguraron que la materia estaba formada por componentes fundamentales indestructibles, inmutables y demasiado pequeños para ser vistos. Ellos fueron los atomistas, quienes configuraron los fundamentos de la física moderna, identificando esas unidades fundamentales de la materia, las combinaciones químicas entre átomos y esbozando el materialismo científico. Con el reciente hallazgo, Empédocles, de alguna manera, reescribe su contribución a la historia del desarrollo científico.
Personaje real y legendario
Empédocles es una figura singular de la antigüedad, cuyo conocimiento nos viene dado a caballo entre lo tangible y lo legendario. De él se ha dicho que controlaba los vientos, curaba enfermedades incurables o que hacía predicciones imposibles. Incluso se contó que fue capaz de acceder a la inmortalidad, en donde hay dos versiones: en una fue arrebatado al cielo para ser convertido en Dios; en la otra, el filósofo se arrojó de forma voluntaria al Etna para penetrar en el seno de la Tierra.
Lo que nos ocupa es otro aspecto. U otros tantos. Al igual que Parménides, Empédocles escribió en verso (para tiempos menos profanos) y llegó con sus disquisiciones a relaciones increíbles. Experimentando, descubrió que el aire era una sustancia diferente, independiente, de ahí la respiración; que las plantas tenían sexo; supo que la Luna brillaba con luz reflejada (para él también el sol lo hacía) y hasta bosquejó de forma algo críptica la leyes de la evolución de las especies. Concibió el mundo como una esfera (sphairos) sin fin, donde confluían cuatro elementos: tierra, agua, fuego y aire, y, a su vez, describió que estos conceptos se mezclaban y quedaban expuestos a dos poderes antagónicos y superiores que peleaban por romper el equilibrio: el amor y el odio.

Firme detractor de reducir la existencia a una única sustancia o realidad; al mismo tiempo su visión del entorno fue profundamente científica, asegurando que la naturaleza carecía de un plan, pues no lo necesitaba, que era todo causalidad y necesidad; algo así como una adaptación perpetua.
¿Por qué en verso?
Magia (thelgos), cosmos e inmortalidad estaban presentes en la época de Empédocles, de ahí que recogiera y recitara sus reflexiones en verso, pues la poesía -entonces y ahora- era belleza y eternidad. Para los griegos de su época, nada que mereciera la gloria imperecedera (kleos aphthitos) de ser recordado podía estar fuera del ritmo y la rima poética. Se creía (y es algo aún defendible) que, al recitarse, la poesía activaba un encantamiento, el de la oralidad y la métrica, y que su configuración estaba regida por los principios del cosmos, como garante de armonía y orden.
Enorme valor
El fragmento de papiro hallado en El Cairo, Egipto, está publicado en el libro ‘L’Empédocle du Caire‘, cuya edición corresponde a Nathan Carlig, Alain Martin y Olivier Primavesi. Como no puede ser de otra forma, los autores han querido recalcar la importancia del descubrimiento, y lo han hecho reflejando una analógica: la de las búsquedas de manuscritos perdidos de los clásicos en las bibliotecas europeas en pleno Renacimiento. Su alegoría no es baladí; al fin y al cabo, hasta el momento “nuestro conocimiento de la obra de Empédocles se basaba exclusivamente en fuentes indirectas”.
El logro es notable: en este fragmento de Empédocles se han podido identificar posibles fuentes directas de Plutarco, un texto de Teofrasto, el que fuera discípulo de Aristóteles, y hasta un diálogo de Platón.
Fuente: Universidad de Liege
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