A mediados del siglo VIII la Iglesia romana entró en pánico cuando un grupo de germanos, los lombardos, conquistó el Exarcado de Rávena, es decir, los territorios bizantinos de la Italia continental. Sin embargo, lejos de ser una amenaza como parecía, las acciones militares de estos bárbaros -en teoría, según el Origo Gentis Langobardorum, venidos siglos atrás del sur de Escandinavia– iban a ser la bisagra que permitiría al Papa y a la Iglesia amasar el poder que obtuvieron durante toda la Edad Media y, en cierta forma, hasta nuestros días.
Esta es la historia de esa paradoja y de cómo se construyó una falsificación que cambiaría el devenir de la Iglesia.
¿Qué ocurrió y cómo sucedió?
En el año 751 cayó Rávena en manos lombardas. Con ello sucedieron dos cosas: los bárbaros quitaron toda su influencia en Italia al Imperio Bizantino y, a la vez, provocaron el pavor en Roma, donde la Iglesia vio su supervivencia en peligro. Por eso el Papa de entonces, Esteban II, cruzó los Alpes y se dirigió a las tierras francas en busca del poderoso caudillo, mayordomo regente e hijo de Carlos Martel (héroe de Tours), Pipino, más que nada para que lo ayudase contra el invasor germánico. Esta maniobra, en apariencia contextual, marcaría el futuro continental.

Pronto, cada pieza ensambló a las mil maravillas.
Para empezar, Pipino el Breve, padre de Carlomagno, era partidario de auxiliar al Papa por un sencillo motivo: el líder religioso podía darle legitimidad sacra en su pretensión de ser monarca, ya que, con su ayuda, los carolingios serían algo similar a lo que fueron los anteriores señores francos, los merovingios. ¿Y cuál sería el trato ventajoso para la Iglesia? Una legitimación mayor. Dicho y hecho. Pipino derrotó a los lombardos y, aquí está la clave, restituyó el Exarcado al Papa. ¿Restituyó? Sí, ese carácter de reposición es crucial para entender cómo esta acción puso cemento armado en la base de un poder incorruptible que sobreviviría hasta nuestros días: se creó el marco jurídico de los Estados Pontificios.
Ingeniería jurídica que llega hasta la Iglesia Católica actual
Pipino, con su operación, privó a Bizancio de su territorio, sobre todo porque a juicio del rey carolingio estos no habían sabido defenderlo y, por tanto, era derecho exclusivo de él otorgárselo a quien quisieran. Y eso hizo. Esa concesión rompió las relaciones con Bizancio aunque dio a Pipino lo que buscaba, pero el gran beneficiado fue la Iglesia, la cual, además de la ganancia territorial, supo articular una maniobra que ascendería al máximo su influencia sobre Occidente. Fijémonos cómo lo lograron.
De entrada, la Iglesia consiguió quitarse de encima la amenaza bárbara con ese acuerdo con Pipino, pero no solo eso, también se desprendió de la sumisión al emperador bizantino. Y esto último, a efectos funcionales, fue determinante, ya que el Papa conquistó desde entonces y hasta nuestros días una independencia y universalidad de la que jamás gozaron los diferentes patriarcas griegos. El Papa no tenía iguales. Pero, ¿cómo? Sencillo, al movimiento geopolítico de Pipino se unió lo que perduraría por siglos: un documento de positivación jurídica creado para empoderar a la Iglesia. Era un documento creado en ese contexto, es decir, falso, aunque del todo funcional. Y esto, por increíble que parezca, funcionó.
Un documento falso y, a la vez, una maniobra audaz
Funcionó porque en medio de este conglomerado de hechos se creó la base legal de Pontificado y del futuro poder inmortal de la Iglesia, algo que nadie puso en duda. Eso sí, había que buscar la mayor legitimación posible, una que dotara de credibilidad a semejante maniobra, y esta fue hallada en el mismísimo y ya caído Imperio Romano de Occidente: el mejor aliado venido del pasado para elevar una vez más a la Iglesia. O lo que es lo mismo, Roma fue usada por el nuevo poder católico como eje de un derecho mayor en favor de su Iglesia; un derecho antiguo y legítimo, algo que era reclamable, comprensible y visible por y para todos.
Fuera fabricado en Francia (Corbie) o en la ciudad eterna, seguramente entre los años 750 y 850 d. C., esa fuente, que era inventada, ese documento, se llamó Donación de Constantino (Constitutum Constantini), un auténtico espaldarazo textual para un mayúsculo dominio eclesial.

¿Y qué decía esa fuente documental? El documento aseguraban que en el año 315 d. C. un enfermo Constantino el Grande había sido curado de lepra milagrosamente por el Papa Silvestre I, tras convertirse el emperador al cristianismo, y en agradecimiento por ello el césar romano había otorgado al Papa la supremacía sobre los cuatro patriarcados orientales (Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén) y sobre todas las iglesias del mundo. De hecho, el Constitutum también contaba como el retiro de Constantino a Oriente fue una muestra de sumisión de un poder terrenal, el suyo, ante un poder superior, el del Emperador del Cielo (Cristo), cuyo garante vicario en la tierra era el Papa. ¡Eureka!, se había diseñado y proyectado una maniobra magistral: la Iglesia poseía ya “por derecho romano” una soberanía territorial propia y otra espiritual absoluta sobre la Europa Occidental.
Esta alianza entre el Papado y los carolingios fue clave durante toda la Edad Media. La caída de la dinastía carolingia, como la de otras tantas dinastías, se convirtió en anecdótica para una Iglesia con superioridad sobre los reyes.
Siglos más tarde, concretamente en 1440, el humanista Lorenzo Valla demostró el fraude del documento, mostrando que no provenía de la época de Constantino, sino que había sido creado en tiempos de la alianza entre los carolingios y el Papado, todo ello bajo la cobertura de la amenaza lombarda.
Pero el ‘daño’ ya estaba hecho. La norma estableció un derecho con legitimidad perdurable. Incluso al descubrirse la falsificación, la Iglesia sostuvo que su poder no emanaba ya del papel y la voluntad de Constantino, sino que este venía de la historia y la voluntad divina. Y después, en la Contrarreforma, desde Roma se sentenció que provenía del derecho natural que emanaba de San Pedro.
Foto de portada: Cabeza de una antigua estatua de Constantino I, Museos Vaticanos (Wikipedia).
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