A mediados del siglo VIII la Iglesia romana entró en pánico cuando un grupo de germanos, los lombardos, conquistó el Exarcado de Rávena, es decir, los territorios bizantinos de la Italia continental. Sin embargo, lejos de ser una amenaza como parecía, las acciones militares de estos bárbaros -en teoría, según el Origo Gentis Langobardorum, venidos siglos atrás del sur de Escandinavia– iban a ser la bisagra que permitiría al Papa y a la Iglesia amasar el poder que obtuvieron durante toda la Edad Media y, en cierta forma, hasta nuestros días.

Esta es la historia de esa paradoja y de cómo se construyó una falsificación que cambiaría el devenir de la Iglesia.

¿Qué ocurrió y cómo sucedió?

En el año 751 cayó Rávena en manos lombardas. Con ello sucedieron dos cosas: los bárbaros quitaron toda su influencia en Italia al Imperio Bizantino y, a la vez, provocaron el pavor en Roma, donde la Iglesia vio su supervivencia en peligro. Por eso el Papa de entonces, Esteban II, cruzó los Alpes y se dirigió a las tierras francas en busca del poderoso caudillo, mayordomo regente e hijo de Carlos Martel (héroe de Tours), Pipino, más que nada para que lo ayudase contra el invasor germánico. Esta maniobra, en apariencia contextual, marcaría el futuro continental.

Pipino el Breve, Museo de la Historia de Francia. (F: Wikipedia)

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Un documento falso y, a la vez, una maniobra audaz

Funcionó porque en medio de este conglomerado de hechos se creó la base legal de Pontificado y del futuro poder inmortal de la Iglesia, algo que nadie puso en duda. Eso sí, había que buscar la mayor legitimación posible, una que dotara de credibilidad a semejante maniobra, y esta fue hallada en el mismísimo y ya caído Imperio Romano de Occidente: el mejor aliado venido del pasado para elevar una vez más a la Iglesia. O lo que es lo mismo, Roma fue usada por el nuevo poder católico como eje de un derecho mayor en favor de su Iglesia; un derecho antiguo y legítimo, algo que era reclamable, comprensible y visible por y para todos.

Fuera fabricado en Francia (Corbie) o en la ciudad eterna, seguramente entre los años 750 y 850 d. C., esa fuente, que era inventada, ese documento, se llamó Donación de Constantino (Constitutum Constantini), un auténtico espaldarazo textual para un mayúsculo dominio eclesial.

Fresco de la Sala de Constantino en los Museos Vaticanos, pintado por Rafael, que representa la Donación. (F: Wikipedia)

Esta alianza entre el Papado y los carolingios fue clave durante toda la Edad Media. La caída de la dinastía carolingia, como la de otras tantas dinastías, se convirtió en anecdótica para una Iglesia con superioridad sobre los reyes.

Siglos más tarde, concretamente en 1440, el humanista Lorenzo Valla demostró el fraude del documento, mostrando que no provenía de la época de Constantino, sino que había sido creado en tiempos de la alianza entre los carolingios y el Papado, todo ello bajo la cobertura de la amenaza lombarda.

Pero el ‘daño’ ya estaba hecho. La norma estableció un derecho con legitimidad perdurable. Incluso al descubrirse la falsificación, la Iglesia sostuvo que su poder no emanaba ya del papel y la voluntad de Constantino, sino que este venía de la historia y la voluntad divina. Y después, en la Contrarreforma, desde Roma se sentenció que provenía del derecho natural que emanaba de San Pedro.

Foto de portada: Cabeza de una antigua estatua de Constantino I, Museos Vaticanos (Wikipedia).


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