Antaño las fortísimas heladas matinales eran más habituales en Castilla durante los meses invernales y estas eran tan recurrentes como la aparición de la nieve, incluso hasta el punto de que, en sendos casos, estos sucesos no solo petrificaban la superficie de los charcos, sino que llegaban a congelar los ríos.

Esas cosas solían ocurrir en los climas continentales.

Por entonces, uno podía pisar por encima del hielo y mirar las formas yacentes en la capa de fluidos atrapados en el momento de la congelación. Asomarse a esa ventana solidificada suponía ver finas pátinas superpuestas, unas sobre otras, tal y como sucede con los estratos que rigen las edades de la tierra. Cuando eso sucedía, solo el agua solidificada dibujada con caprichosas y bellas formas heladas era visible para el transeúnte fugaz, quizá alguna piedra o un insecto sorprendido ante lo intempestivo, aunque si uno se detenía lo suficiente a echar un vistazo más allá podía observar que existían bajo la apariencia ligera otra variedad mayor de mantos, a cada cual más cambiante, colorido y heterogéneo.

Pero pocos lo hacían.

Ahora, en estos climas tan antinaturales, hallar esas maravillas es más extraño, pero aún son apreciables. Estas heladas cuentan tantas historias a quien quiera escucharlas que uno puede perder la noción del tiempo auscultándolas, hasta el punto de volar por encima de las horas. Como digo, lanzándose a penetrar más hondamente, pronto se verá la diversidad que subyace bajo el cristal del hielo. En lo profundo, la realidad que sucede ocurre en un prisma infinito a cada instante. Adentrándonos con la mirada paciente, logramos sentir que tras el agua invernal y el témpano se formulan multitud de presencias más profundas, tan vivas y dicharacheras que sin ellas la exterior empezará a carecer de sentido.

Por tanto, quedarse con una, cosa que hacemos, no es más que caer en el burdo juego de ilusiones de la conciencia transferida; una suerte de bajeza de liberación. Al respecto, hay que decir que, para más sorna, a esta realidad superficial, esa primera veta, se le suele dar un rostro aparentemente simple, articulado, racional y uniforme. Vemos las cosas de soslayo contándonos a nosotros mismos que hemos rozado el conocimiento. Esas cosas le suceden a la mayoría, mas el agua helada es igual que el espejo que proyecta aquello que nos rodea. Sobre él, la gente actúa y se relaciona entre unas leyes de artificio muy propicias, algo así como sumergirse dentro de una piscina comprimida. Algo nada realista, por así decirlo, en su sentido expansivo.

No, lo cierto es que la Realidad, de ser concebible en su infinidad de puntos de fuga, tiene muchas más formas que las dibujadas por el hielo externo, y estas yacen moviéndose sombrías en sus entrañas; asomarse humildemente a la profundidad del espejo muestra varias de esas caras. Estas realidades juegan en otros perfiles, quizá en diferentes dimensiones, aunque cada cual opera en las otras, moldeándose unas sobre otras, mutuamente. Y son perceptibles. De hecho, ahí está la cuestión, son la magia verdadera operando en su perfil orgánico. Algunas de esas briznas son tremendamente esquivas; otras, oscuras e incorpóreas, sin embargo, muchas pueden distinguirse con un somero esfuerzo o algo de entrenamiento en el sosiego, y cabe apuntar que, cuando son mostradas a ojos de una visión menos sesgada, más plácida, estas devuelven una revelación dura sobre el engaño inicial, filtran el desengaño y empiezan a nutrir de Verdad al observador pausado.

Es entonces cuando se pierde de referencia el anclaje de origen, rompiendo la cadena fundida al yugo y quebrando la conexión con la superficie más simple. Para cuando eso sucede, uno se adentra en las maravillas ocultas allende la materialidad.

Eso sí, cabe advertir que ese camino es solo de ida, a la vuelta, se suceder, habrá desproporcionada desilusión.

Digo más, emprendido ese viaje, el de retorno, ya nunca será posible (y siquiera deseable) pensar tal y como solía hacerse; el sujeto que pierde su venda y se adentra entre los estratos que revolotean alrededor del ego se verá después merodeando perdido en un mar de banalidad. Lo habitual es que cuando eso suceda, y sin tener la sensibilidad pertinente, el individuo enloquezca sin remedio, perdiéndose en el espectro de superficies. Con todo, los hay que aprenden sobre la marcha a caminar entre las aguas, entre los velos, pero esos caminantes ya no son seres humanos al uso, sino otra cosa. No es esta última transformación una suerte de virtud inalcanzable, solo se trata de, aún con los ojos vendados, haber ido acentuando previamente en mayor o menor medida la percepción de lo espiritual.

Mágicos, visionarios, ascetas o eremitas, quizá hechiceros o profetas, en algunos casos vagamundos o quienes se pararon a mirar las caras ocultas de esta tierra, logran rasgar la capa más fina de la vestidura y saben asomarse con naturalidad a las realidades y sus verdades, momento en el que descubren que estas son más placenteramente aterradoras y sufridamente definitivas de lo que nadie en un inicio pudiera imaginarse.

Al fin y al cabo, ¿no es sufrir un manto de aflicción la cualidad más representativa del sabio?


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One response to “No estás sola, no estás perdido, solo es que empiezas a ver la ‘Verdad’”

  1. […] otras civilizaciones de raíz común, los vikingos. En este entendimiento del mito moldeador de verdades suprahumanas, estas entidades, o más bien esencias y presencias, sobrepasan el mundo material -que en parte es […]

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