
Foto: Javier Álvarez
En un año en que las lluvias y la primavera han vertido de abundancia los campos conviene hacer una puntualización sobre la libre expresión de estos. Innumerables veces hemos escuchado el término “maleza”, probablemente de origen medieval y ampliamente usado durante el siglo XVI y XVII, pero reusado tiempo después dentro de una lectura del territorio muy particular y más moderna, esa que entiende su presencia como un muro para los cultivos, las construcciones humanas o, en términos más generalistas, el mal llamado progreso (sea lo que sea ese cajón de sastre). Pero eso se ajusta muy poco a la realidad. Lo cierto es que la “maleza” poco tiene de negativo, sino más bien justo lo contrario.
“Maleza”, como tal y más allá de ese significado de “espesura que forma la multitud de arbustos” (según la RAE), está relacionada (también según la RAE) con la “maldad, la iniquidad” y las “malas hierbas” e incluso la “mala condición y constitución”, sin embargo, este término, incluso oficial, que ha enraizado en nuestro entendimiento y cuyo resorte identificativo salta en el raciocinio global aportando una caracterización negativa, no solo es en muchos casos falso, sino que su constitución y arraigo contemporáneo ha sido en cierta forma replanificado. Es más, puede decirse que el talante peyorativo para referirse a este conjunto de vegetación natural muy diversa nos viene heredado, en su significado supuestamente dañino, desde una corriente de pensamiento que entiende la «maleza» como un estado o superficie improductiva. Es decir, si bien el término maleza es muy anterior al siglo XIX, y ya está documentado en el castellano antiguo, en el entramado botánico y agrícola, la carga discursiva actual ha sido repensada por el discurso hegemónico posterior. O lo que es lo mismo, “maleza”, como otros conceptos reconfigurados en el siglo XIX, sufre una reasignación significativa y estigmatizadora por parte de una ideología histórica rastreable.
Justo lo opuesto
Primero porque, en verdad, la “maleza” no solo no es mala, sino que es necesaria como fuente de vida. En primer lugar, esa superficie que brota sin domesticación humana, que explota en multitud de colores cuando la dejan, como estos meses de plenitud, alberga gran variedad de plantas, lo que ahonda en su biodiversidad y, por tanto, en su multitud de funciones ecológicas. Entre otras cosas, esa “maleza” es un soporte vital para los polinizadores y multitud de insectos, pero no solo para ellos, sino que puede ser refugio para fauna muy diversa, como pájaros o reptiles, a los que cobija o a los que sirve de alimento; sin ir más lejos, en forma de semillas, raíces, frutos u hojas. Además, la multitud de especies que abarca esta “maleza” jugan otros papeles clave, como la oxigenación del suelo, la prevención de la erosión o las sequías, la regeneración y enriquecimiento (natural) del sustrato, la generación de materia orgánica o la capacidad para fijar nitrógeno atmosférico, por hablar de unas cuantas.

Foto: Javier Álvarez
Con lo dicho, la “maleza”, cuya función ecológica es enorme, se merecería que, como mínimo, reconsiderásemos de forma crítica y objetiva tal dañina reputación.
Esto nos lleva a explorar los utilitarismos que se llevan a cabo a costa de la naturaleza en general y de la “maleza” en particular. De consentir, hemos de entender que tales términos y articulaciones modernas están tras la pasividad social e institucional ante la pérdida de biodiversidad o, en este caso, la eliminación de la vegetación que impide la proliferación de las plagas (la maleza lo hace). De sendas cosas tenemos ejemplos infinitos en España: de lo primero, con la insensata persecución de los depredadores, como el lobo o el zorro, o en lo que ahora nos atañe, con los usos y costumbres productivistas, que eliminan lo beneficioso basándose en métricas económicas inmediatas; paradójicamente, carentes de racionalidad científica o planificación venidera.
Entonces, ¿quién creó la “maleza”?
Eso es, vayamos al grano. Si bien es cierto que el término está documentado ya en la Edad Media, su enraizado negativo más universal proviene de épocas posteriores. «Tierras incultivables», «inútiles» o «silvestres» ya existen para referirse a la «maleza» siglos antes del XIX. Ahora bien, podemos ir más allá y hallar gran parte de la respuesta actual al término explorando la retórica heredada de la dialéctica del s. XIX y los movimientos e ideologías liberales triunfales desde entonces y hasta la actualidad, quienes han conseguido calar no solo en la planificación del territorio, sino también en el imaginario colectivo. Más allá de las reformas expropiatorias venidas de las desamortizaciones sobre las tierras comunales, sus saberes y sus derechos consuetudinarios, la reconversión o la reestructuración de conceptos con metas ideológicas o políticas ha sido un elemento predominante, bajo fines productivistas y economicistas, por parte del liberalismo decimonónico. Así, es sencillo visualizar como, con ayuda estatal e institucional, estos nuevos significados han permeado en la cultura, generando incorreciones globales mantenidas. Y uno de esos conceptos, de esos apelativos, es el de “maleza”, término que, como digo, no proviene del siglo XIX -sino (posiblemente) de la Edad Media o los siglos XVI o XVII- pero sí es hace dos siglos cuando brota su raigón moral y político, su uso ideológico y sobre todo su profusión perniciosa… pese a esta maravillosa primavera.

Foto: Javier Álvarez
Hay que entender que en el siglo XIX se perfila una herencia conceptual desfigurada para que ciertas ideologías puedan legitimar sus triunfos. Ese es el peligro de una Historia intervenida. Dejando a un lado el origen del concepto, «maleza» casa con una redesignación liberal, bajo su visión plenamente materialista, esa que entiende y pondera al ser humano y la vida en base a la eficiencia económica y el crecimiento productivo (en el caso ya del capitalismo moderno en el que se insertan corrientes liberales, un crecimiento infinito sobre un mundo finito) que pueda dar ese algo y/o ese alguien. Y con un fin definitivo que supera con creces en medida al mismo ser humano: acumular capital.
Dicho esto, y por disparar sobre lo concreto, puede entenderse fácilmente que desde este credo se propaguen (y se propagaran) esfuerzos de todo tipo por separar las funciones innegables biológicas, en este caso de la “maleza”, con el propósito de constreñirlas hacia las consumaciones de ciertas corrientes liberales, como pueden ser en la actualidad las extrapolaciones hacia los monocultivos. No hablemos ya de otros regímenes venidos de este mismo discurso, como fue el de maleza humana, en cuyo calzador se llegó a meter históricamente a los indígenas y sus territorios, ciertos estratos sociales o se descompuso el significado de la propiedad individual, para, de nuevo, justificar los expolios físicos e intelectuales.
Como ven, este asunto daría para mucho y se extiende como una raíz a multitud de aspectos vitales que son claves en el entendimiento moderno de las sociedades en las que vivimos y los problemas que estas enfrentan, por eso, quedémonos tan solo con la “maleza” bien entendida; con su grandeza y su belleza.
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