El río más largo del mundo, el Nilo, es la base y la clave para entender la civilización del Antiguo Egipto y su cosmovisión política y religiosa, sin embargo, incluso su grandeza —con la unión de sus dos brazos: el Nilo Blanco, nacido entre los lagos del África Central, y el Azul, proveniente de Etiopía, venidos ambos del corazón tropical de África— es solo una manifestación más, una constatación física de un concepto superior: el del significado y entendimiento de la perfección por parte de la cultura egipcia.
Durante las primeras fases de la época dinástica, con el monarca Semerjet (Semerkhet), séptimo faraón (rey) de la primera dinastía —que reinó hace casi cinco milenios— surge una clave para el entendimiento de la configuración de esa idea de la perfección egipcia, que de ninguna manera es unitaria y necesita para completarse un reflejo, un opuesto: la dualidad.
Dejando a un lado las polémicas que genera este Semerkhet —Semsu según las listas de Abidos, quien habría sido tildado de usurpador y por tanto castigado con calamidades por atacar la memoria de su padre, Adyib— lo cierto es que posiblemente con él se instaura la titulatura real (junto a Horus) de Neb-ty (uno de los cinco nombres oficiales del faraón) reflejando esa doble identidad que divide el reino. Una es el buitre blanco, Nejbet, la protectora del Alto Egipto; la otra es Uadyet, la cobra verde, su homóloga en el Bajo Egipto. Ellas son dos de las principales diosas protectoras del poder faraónico. Durante este período llegará otro acicate más de esta dualidad, el Nesut-bity, el junco y la abeja, ambos símbolos de las dos partes del reino plasmadas sobre el río. Y el Pschent, la doble corona que lleva en la cabeza el faraón, es de alguna manera la culminación, un emblema de la perfección.

Titulatura de Semerkhet: en ella podemos ver el cartucho real, con algunos de los símbolos del monarca (F: Wikipedia)
Desde Narmer, fundador de la primera dinastía, la maniobra de mitificación de los opuestos (al menos en teoría) como reflejo de la perfección es esencial para unir las dos tierras, que a su vez irradian el equilibrio del cosmos, lógicamente mantenido por un poder superior en la tierra: el monarca. Esta conceptualización surge en el periodo predinástico desde el Alto Egipto y a través de sus tres grandes núcleos de influencia, Abidos, Nagada y Hieracómpolis —importantes centros políticos y religiosos— los cuales, de hecho, proyectan el proceso de unificación cultural incluso antes que el político, y desde luego bastante antes de Narmer.

Doble corona en Senusret III, faraón del Reino Medio, en la que la escultura proyecta esa dualidad cósmica y física, que representan los dos poderes de Egipto representados en la división del Nilo (F: Wikipedia)
Que la perfección es dual para los egipcios es un hecho determinante en el camino hacia su entendimiento, y esto es así hasta el punto de que su Enéada —el conjunto de nueve divinidades principales de Heliópolis— está compuesta por parejas. También podemos verlo en que varios de los conflictos que los sacuden, lejos de ser vistos como situaciones moralizantes que dividen el punto de vista entre el bien y el mal, son una confrontación de iguales que normalmente tienden al equilibrio.
De alguna manera, si la civilización egipcia se elevó desde su pasado glorioso y permanece perfecta miles de años después, más allá del tiempo, es porque en realidad nunca hubo un solo Egipto. En verdad, la tierra de los faraones es la unión simbólica, religiosa y política de dos espacios complementarios, una idea fundamental para comprender cuál fue la realidad que pervivió por milenios a orillas del mayor río del planeta.
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