(La Llamada de Cthulhu. 1992, Valladolid)

Continúa…

Existen pocas cosas más complicadas que tratar de ordenar ideas con la adrenalina disparada. Más si es el miedo quien la ha activado. Y en mayor medida si es el pánico quien la ha arrojado directamente al descontrol. No digamos ya si hay dos personas hurgando en la herida gritando preguntas atropelladas, deseando respuestas inmediatas.

Son como abejas moviéndose desenfrenadamente por el panal, su panal. Sí, jodidas abejas en frenesí zumbando en mi cerebro.

Callaos de una puta vez, por favor.

Kevin había estado a punto de morir, de eso estaba bastante seguro. No podía pensar con claridad, simplemente volaban truenos de recuerdos por su cabeza: un amigo desaparecido, sangre, un mensaje desesperado y helador de una chica pidiendo auxilio, otra sangre y, para colmatar la sesera, balas de policía silbando por encima de su cabeza.

Coño, aún tiene un pitido en el oído por ellas y el muy cabrón no se va.

-¿Qué ha ocurrido ahí arriba?

-Sí, ¿en qué jaleo os… nos habéis metido?

Ruido, recuerdos apretujados y desparramados sin control por la mente, carreras, espanto, y más carreras. Y más ruido.  Y mucho más espanto.

Para Kevin esto está siendo demasiado. Y, además, el acúfeno es constante, la bala le ha dejado sordo.

Qué coño, le habían disparado. Y mucho. La puta policía le había disparado mucho y a matar. Y no recordaba haber oído una advertencia, no digamos ya una pregunta. No hacía falta ser un genio, como era, para unir cabos: ellos eran ese cabo suelto.

-¡No tengo ni puta idea de lo que ha ocurrido en ese piso, no sé dónde está Miguel ni quién coño es esa chica a la que están matando!

Su explicación sale a voz en grito cual estallido fugaz, casi como un desahogo. Después, silencio. Nadie sabe qué decir.

Los tres compañeros se miran en mitad de la calle y al poco posan su vista en el horizonte, que no suele pedir explicaciones. Hay una acacia junto a un banco que da algo de sombra sobre una luz intermitente proyectada por una farola tan alta como vieja y, por lo visto, estropeada. Ni la luz puede estarse quieta. No hay ni rastro de vida humana por la Plaza de los Vadillos, solo algún coche disperso, como parte de un decorado programado para representar su obra: pesadilla en Valladolid.

Sin hablarlo se han sentado en el banco. Más silencio.

Al poco, todos miran hacia una esquina del lado norte, Alonso se acerca y su cara es de pocos amigos. A decir verdad, esa es su cara de siempre. Parece no haber dormido. A decir verdad, siempre parece no haber dormido. Conforme se aproxima, su gabardina rebela lamparones policromados. Un poco de whisky aquí, una pizza allá. Su pistola baila en la cartuchera y en sus ojeras se pueden leer preocupaciones mayores que el insomnio. A decir verdad, Alonso siempre carga con preocupaciones.

-Qué, ¿echando las horas al fresco de la madrugada?

Por primera vez, el detective privado mira a sus socios con desdén, con cierta condescendencia. Tienen una pinta horrible. Kevin especialmente. Casi se alegra de no ser, de los cuatro y para variar, el que peor parte se ha llevado ese día, y eso en su caso ya es mucha razón para celebrar. Pero antes de que le expliquen qué leches les ha pasado, ya está reculando, deseando no haber descolgado el teléfono para quedarse apurando la botella en su lúgubre apartamento. Sus amigos se han metido en líos complicados y eso le va a salpicar en la cara de súbito y sin buscarlo. Más leña al mono. Otro saco de porquería con la que lidiar. Pero qué coño, ¿acaso no es el malabarista de soportar vasos rebosantes de mierda?

Se sienta entre ellos, empujándolos, haciéndose un hueco, y lo hace con un gesto nada disimulado de cansancio, que refrenda el chasquido de su menisco izquierdo. Bueno, eso ya es positivo: solo un chasquido. Antes de apoltronar su fibrado culo en el banco desgastado, otro chasquido, este acompañado de dolor. Es la rodilla derecha.

Al parecer, nada puede irle bien. Nunca.

Saca su cuaderno y un boli al que le falta medio cuerpo, está mutilado, como si lo hubiesen mordisqueado hasta la médula una manada de hienas hambrientas y nerviosas. Fede y Erme se han percatado, a ese hombre, su amigo, le pasan cosas nada sanas por la chola y el tipo lo paga con los bolígrafos. Con los BIC, concretamente. Son, y eso lo sabe todo el mundo, más fáciles de masticar.

-A ver, contadme qué ha pasado y no omitáis ni un detalle. No quiero sorpresas.

Todos miran a Kevin, y este lo cuenta todo. Al terminar, las ojeras de Alonso son extensibles al pintoresco grupo. Sí, efectivamente tienen problemas. Problemas gordos.


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2 respuestas a «Pesadilla en Valladolid (II): muertes, policías corruptos y un reguero de cadáveres»

  1. […] y marginal, de modo que la caracterización que se hace de ese fenómeno siempre es tremendamente subjetiva; contruido el relato desde aquella y sin contar con esta. […]

  2. […] En España hay dos casos concretos que siguen sin esa refutación, enfangados en el misterio, dos hitos macabros sin culpables que involucran un gran número de muertos y cuyos responsables parecen haberse […]

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