Apenas reconocía esas calles.
Las estrellas huían de un cielo en caída libre, tan cercano como opresivo. Se batían en retirada en la lejanía, vencidas por un ejército de nubes negras. La luz era tenue y titilante, y proyectaba sombras y habitantes esquivos. Los callejones aparecían angostos y opacos frente a mis ojos, dibujando un laberinto turbio repleto de presencias escondidas. La niebla era densa e irradiaba un hedor característico, el de la mugre adherida a los barrios marginales. Se respiraba una humedad orgánica que hacía crecer vegetación en cada roca, brotada sin control y a voluntad. Su vapor lamía multitud de charcos diseminados de forma incoherente, pintados dispersos en un pavimento grisáceo y desgastado. Su fluido era bruno, como auténticos espejos velados en los que se reflejaba la más absoluta nada.
Yo no pertenecía a ese mundo.
Yo no debía estar aquí.
Solo oía mis pasos. El silencio victoriano me devolvía el eco de presencias atávicas y primitivas. Removido frente a un salvajismo tan resuelto y sigiloso, me sentí rociado por un pavor honesto vertido de súbito en una sencilla y rotunda forma: sudor frío y deslizante arañando mi espalda, de los pies a la cabeza. Me sentí un extranjero incómodo; un forastero no deseado.
Y una presa. Algo acechaba por ahí, oculto.
Cayó sobre mí un gélido baño de terror, cual impulso natural e imparable.
Ese zumbido tan propio del mutismo aullaba por doquier y era enloquecedor, atronando con una rabia contenida por criaturas revueltas contra una sociedad de luz y orden. Contra la civilización misma. Y yo parecía su paladín en esa recóndita atmósfera, por eso el eco me desnudó presentándome como lo que era: un intruso. Percibí mi desamparo y divisé mi culpa; la de un individuo cuya conciencia había dado la espalda a su instinto primario y trataba de exculpar su pecado ofreciéndose como carnaza sumisa para el bocado de lo antiguo.
Era su derecho tomar mi alma.

El caos pululaba sin control, erizando los diminutos pelos de mi nuca. Pese a su afonía, lo escuchaba vociferar una invocación y advertí una llamada ancestral, la misma que se oye desde el principio de los tiempos en los rincones inaccesibles, la que devora insectos en mitad de la noche.
Al fin, explotó como una ola nocturna y poderosa…
…Borrado el amor, solo el sufrimiento puede atrapar la eternidad, y entonces aquel dura para siempre.
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