Imagina tu siguiente paso, tu próxima decisión, y ahora piensa que esa decisión concreta, esa que crees que te pertenece en realidad no anula la contraria, la que no elegiste. Y no solo eso, piensa que el hecho de que elijas no significa más que la constatación de que, al mismo tiempo, también has dejado de elegir. O lo que es lo mismo, que eres bueno y malo al unísono, que eres algo aquí, de forma circunstancial, pero otra cosa contraria allá. Que en la realidad eres Nada, pura Nada.

Realidad, ¿y qué es la realidad?

Jorge Luis Borges, Michael Moorcock y H.P. Lovecraft nos mostraron que lo que creemos ser y pensar, parecer y aparentar, en verdad no significa más que una mera ilusión. Esta percepción nos aborda y abruma cuando decidimos saltar y experimentamos aquello que es, aquello que compone la esencia de la realidad. Entonces nos convertimos en un delirio vacío, en criaturas creyendo ser algo más que una interferencia de onda en un océano infinito. Espera, ¿salto? ¿Un salto hacia dónde?

Hacia el Multiverso.

¿Y si no podemos elegir el destino porque no hay solo uno, sino que hay infinidad de ellos sucediendo al mismo tiempo? ¿Y si nuestro sino es ser benevolentes y crueles de golpe? ¿Y si el componente ético es contingente, un prisma repleto de anulación de la voluntad y aniquilación del ser? En ambas circunstancias confluye un hecho aterrador: el individuo piensa que es y está, sin embargo, viendo su sustancia dentro del elemento cósmico no es más que eso, un diálogo interno, un sujeto en introspección. Peor, mera creencia en que sus acciones significan algo en un camino en el que, sin embargo, están escritas todas las posibles acciones en el momento en que cada una de ellas echa a andar. El verbo es al pronunciarse cada uno de los verbos posibles e imposibles. Somos una de infinitas posibilidades de nosotros mismos, hacemos una de tantas cosas que a la vez suceden, hayamos hecho aquella o no. A cada segundo.

El ser humano en los Multiversos descritos por Jorge Luis Borges, Michael Moorcock y H.P. Lovecraft es una mera brizna asomada al abismo de un horror inasumible: la realidad hace que el individuo quede diluido en su totalidad.

HP Lovecraft, J. L. Borges y Michael Moorcock.

No haré mención a la vulgaridad y simpleza moderna que del Multiverso han hecho factorías como Marvel, pues solo resta decir de ellas que el propio concepto y la trampa lógica implícita de su esencia imposibilitan la aventura que proponen esas corporaciones. No, no hay saltos benignos hacia otros mundos, hacia otros territorios físicos, el Multiverso es una estructura temporal donde la realidad básicamente se rompe. Borges, Moorcock y Lovecraft proponen un agujero tenebroso, sus multiversos son ese aspecto donde la ética opera como estética; son, en suma, ontológicamente imposibles.

Acerquémonos a esta/esa indómita rareza

En el Multiverso hay algo similar a un espacio repleto de códigos eternos, siendo la elección propia de un instante determinado un código paralelo al siguiente y el siguiente, y así indefinida y simultáneamente; es decir, elegir es al mismo tiempo y como poco, no elegir. Así es como se dibuja una antropología en negativo, escenificando que el ser humano es el centro de la Nada. Si bien es verdad que esta suerte de precipicio es disímil en el escritor argentino, el inglés y el estadounidense, lo cierto es que los tres confluyen en presentar el Multiverso como una ventana abierta a lo terrible.

¿Cómo lo ven cada uno de ellos?

Borges, de entrada, esbozó esa visión espantosa y la caracterizó como el terreno en el que se da la disolución de la identidad, sumida esta en el laberinto de una monumental paradoja lógica. En Moorcock la estructura de estructuras es, además, esclavitud. Partiendo de la percepción nórdica del destino, el escritor inglés deformó esa linealidad y la hizo estallar en una rueda imparable de contrapesos de poder, algo funcional e imparable. Un equilibrio tendente al desequilibrio entre el Caos y la Ley que empuja a su Campeón Eterno, sea Elric de Melniboné o Erekosë, a ser un peón perpetuo, un siervo que ha de cumplir con una función de balancín condenatorio e imparable. En Lovecraft se da otro brinco más hacia la nulidad. El genio de Providence nos suelta en el abismo indiferente, la locura por irrelevancia, donde el ser humano es polvo cósmico en las manos de seres innombrables e inefables.

Foto de portada: Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. 1971. (F: Eduardo Comesaña/Getty Images)


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