En agosto de 1549 desembarcó en Kagoshima, Japón, uno de los primeros siete jesuitas que habían hecho voto de pobreza junto al fundador de la Compañía de Jesús, Ignacio de Loyola. Era Francisco Javier, quien llegó acompañado de un japonés llamado Anjirō, considerado el primer nipón convertido al cristianismo. Con ellos se inicia una aventura que incluiría un asesinato, ocho años de viaje y varias recepciones con honores de cuatro hijos de familias samurái (bushi) en la corte de Felipe II en Madrid, con los Médici, en Italia, y en Roma con dos Papas.

El germen del viaje

Javier, estricto y devoto jesuita, y Anjirō, intérprete y guía, habían emprendido la labor evangelizadora de Cipango (Japón), una empresa costosa y repleta de obstáculos. Sin ir más lejos, la unión entre ambos había sido casual y sucedió en Malaca, en donde Anjirō se encontraba prófugo de la justicia acusado de asesinato. Sin embargo, pese a los múltiples óbices a los que se enfrentaron en la tierra de los samuráis, tuvieron la fortuna de ser tomados bajo la protección de dos señores feudales locales, Ouchi Yoshitaka y Ōtomo Sōrin, lo que les permitió en parte desarrollar su propósito.

Y concretamente Sōrin (Yoshitaka no se convirtió y murió en 1551 en la rebelión de Sue Harukata), tras su conversión tiempo después, fue el promotor de una aventura legendaria (y real): la de la Embajada Tenshō. Esta llevaría solo unos años después a cuatro jóvenes descendientes del linaje samurái en presencia del rey de España y el mismísimo Papa de Roma, entre otras peripecias.

Tras aquel impulso inicial de Javier y Anjiro, la función jesuita fue fructificando. Con el tiempo, dos daimios, Arima Harunobu y Omura Sumitada, fueron convencidos por otro hábil jesuita italiano llamado Alessandro Valignano de enviar una comitiva nipona ante el sumo pontífice ¿La razón? En realidad, eran dos motivos: uno, mostrar a la cabeza visible de la Iglesia que la evangelización de Japón era un éxito; y dos, enseñar a los mismos japoneses la enormidad del poder e influencia del cristianismo en el mundo. Y el plan tuvo éxito, aunque duró ocho largos años.

La odisea

El séquito japonés lo conformaron esos cuatro jóvenes nobles japoneses del linaje samurái ya citados, siendo Mancio Ito, pariente de Ōtomo Sōrin, su líder. Miguel Chijiwa, Martinho Hara y Julião Nakaura, casi adolescentes, completaban la embajada. Partieron en 1582 y arribaron en el puerto de Lisboa en 1584. Desde allí emprendieron la ruta por Castilla en dirección a Madrid. Entraron al reino por Badajoz y pasaron, entre otros lugares, por Mérida, Trujillo o el Monasterio de Guadalupe hasta llegar a la capital de la corte, donde fueron recibidos con honores por el todopoderoso monarca español, Felipe II. Ambas partes intercambiaron bienes, entre otras cosas por parte forastera, armas y objetos japoneses de gran valor.

Retrato de Augsburgo sobre el encuentro, de 1586. (F: Wikipedia)

Tras esta primera aventura, otras embajadas japonesas regresarían en el futuro a España, y también transportarían con ellos regalos de enorme lujo, como las dos o-yoroi (armaduras completas con su kabuto) y armas con incrustaciones preciosas que pueden visitarse en la Real Armería del Palacio Real.

Dos Papas

Ya en 1585 llegaron a Italia, donde desde Livorno pasaron a Pisa, lugar en el que se vieron con el Gran Duque de Toscana, Francesco I de Médici. La comitiva japonesa causó tanto alboroto como agrado. De hecho, se cuenta que Ito logró impresionar en un baile a la esposa del Gran Duque, la bella Bianca Cappello, quien en respuesta por la cortesía y decoro del aristócrata japonés, según la tradición, le habría regalado un fastuoso sombrero de plumas.

En marzo de ese año se vieron por fin con Gregorio XIII, y de nuevo el recibimiento fue de lo más impresionante. Al parecer, el anciano pontífice, tras ser agasajado por los jóvenes japoneses, que incluso besaron sus pies, lloró al ver a conversos venidos de lugares tan remotos, y tal fue su satisfacción que otorgó a Ito el título de caballero de la Orden de la Espuela de Oro. Los japoneses no se despedirían sin más de la ciudad eterna: tuvieron tiempo de ser acomodados con la máxima profusión. Eso les permitió vivir la muerte del pontífice que los había recibido y la proclamación de su sucesor, el nuevo Papa, Sixto V, quien también los recibió y distinguió con honores.

Kabuto japonés, y su réplica, entregado a Felipe II; conservado en Patrimonio Nacional. (F: mediaset)

Los cuatro nobles nipones regresarían a Japón en 1590, ocho años después de emprender una aventura que los había llevado por algunos de los centros de poder más influyentes del mundo de su época. Eso sí, sus destinos posteriores fueron muy distintos: Julião Nakaura moriría martirizado por el shogunato Tokugawa en 1633 y Miguel Chijiwa apostató poco tiempo después, por lo que solo Mancio Itō y Martinho Hara permanecieron fieles al dogma de Cristo.

Bibliografía:

-Boxer, C. R. (1951). The Christian century in Japan, 1549–1650. University of California Press.

-Cooper, M. (2005). The Japanese Mission to Europe, 1582–1590. Global Oriental.

-Paramore, K. (2009). Ideology and Christianity in Japan. Routledge.

Foto de portada: embajada japonesa junto al Papa Gregorio XIII. (F: W)

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