Paradójicamente, el hombre que unificó Japón también sentó las bases de una de las persecuciones religiosas más célebres de la historia del país, cuyo eco todavía resuena en la memoria del cristianismo japonés

Cuando en julio de 1587 Toyotomi Hideyoshi promulgó su edicto de expulsión de los jesuitas del suelo nipón, pocos, sobre todo los cristianos, entendieron los motivos. Sin embargo, el kampaku —máxima autoridad japonesa, antaño en calidad de regente del emperador— no dio margen de negociación a su decisión. Esta fue una de tantas manifestaciones sin explicación clara del predecesor de Tokugawa Ieyasu en el tramo final de su gobierno, entre otras cosas porque, como hiciera antes que él Oda Nobunaga —señor de Hideyoshi e Ieyasu—, su relación con los kirishitan había sido cordial hasta esa fecha.

Pero Hideyoshi era tan calculador y eficaz en el plano político y militar como contradictorio en algunas de sus manifestaciones. Quizá su origen humilde lo hizo desconfiado y celoso. No era para menos: su gesta fue mayúscula, abriéndose paso a través de la estratificación jerárquica japonesa gracias a su gran habilidad. Pero también se volvió cruel y despiadado en sus últimas decisiones; en esta concretamente lo fue con más de una veintena de personas.

Toyotomi Hideyoshi de joven lidera el ataque al castillo de Inaba (Yoshitoshi, 1885). (F: ancient-origins)

En la práctica, Hideyoshi toleró durante años la permanencia de muchos misioneros porque no quería poner en riesgo el lucrativo comercio con los portugueses. También es cierto que los cristianos en ocasiones se mostraron despiadados contra los budistas y que comerciantes portugueses, con el habitual silencio jesuita, junto con colaboradores locales, participaron en el comercio de esclavos, incluso japoneses, cosa está última que irritaba a Hideyoshi, que consideraba indigna esa práctica con sus compatriotas. Sin embargo, el líder buscaba algo más al ordenar la demolición de iglesias y otros edificios cristianos, pero los afanes expansionistas y de exclusividad que proponían los sacerdotes católicos ayudaron en su decisión. Seguramente Toyotomi Hideyoshi quería ante todo unificar Japón y no podía permitir elementos disidentes internos, que además consumían su autoridad.

Se han aducido muchos más motivos en la decisión irrevocable de Hideyoshi, como que los cristianos consumían carne de animales útiles; que el sumo señor nipón quería apropiarse de sus ingresos aduaneros, o que la religión y la espiritualidad eran para él elementos estrictamente personales de cada uno, no algo a convertir en un espectáculo público.

Por otro lado, la bula papal en favor de los jesuitas, concretamente de los portugueses, a quienes se les permitía en exclusividad promulgar la palabra de Dios en Japón, había levantado ampollas en otras órdenes religiosas como los agustinos o los franciscanos. Sea como fuere, la rivalidad entre órdenes religiosas y entre Portugal y España —esta última potencia dueña de las cercanas Filipinas— y la continua expansión de la fe católica en Japón pese al edicto de Hideyoshi, hizo que el celo del kampaku con las potencias extranjeras culminara con una masacre en febrero de 1597.

Un galeón español llamado San Felipe, en el que viajaban franciscanos, acabó naufragando en las costas de Shikoku. Hideyoshi vio esta llegada de españoles no como una misión religiosa, sino como un auténtico desafío hispano contra su supremacía, por lo que ordenó la crucifixión de veintiséis cristianos, entre ellos franciscanos, jesuitas japoneses y numerosos fieles laicos nipones, incluidos varios niños y adolescentes.

Hideyoshi conocía bien el destino de territorios como Filipinas, donde la presencia de misioneros había precedido a la consolidación del dominio español. La posibilidad de que la evangelización actuara como antesala de una futura intervención política o militar probablemente alimentó profundamente sus sospechas.

Los 26 mártires de Japón durante el mandato de Toyotomi Hideyoshi. (F: proantic)

Aunque muchos detalles del episodio siguen envueltos en la controversia historiográfica, este sacrificio dejó en el dogma católico un recuerdo recurrente: ‘los 26 mártires de Japón’. Esta ejecución anticipó la política que desarrollaría el shogunato Tokugawa: una animadversión total al cristianismo que culminaría con el cierre casi total de Japón al mundo exterior durante más de dos siglos.

Foto de portada: Hideyoshi, unificador de Japón junto a su señor, Oda Nobunaga, y su sucesor, Tokugawa Ieyasu.


Descubre más desde 🧐Historia, relatos y ficción

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde 🧐Historia, relatos y ficción

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo