Hubo un día en que el ser humano se rindió y comenzó a otorgar humanidad a los dioses, a cargar lo numinoso de voluntades, significados, orden, dominios funcionales, leyes y caprichos antrópicos. Con ello civilizó e institucionalizó a su antojo los espíritus naturales, y así los alineó bajo una reorganización antropomórfica que reducía la complejidad ontológica del animismo previo, el cual estaría cargado de misterio y magnitud incomprensible, incognoscible.
Hoy, de alguna manera, el cosmos y la realidad cuántica nos inducen a devolver su legitimidad a este último sentir, el primero, enfatizando la falacia de la descomposición antropomórfica. Según el discuriir animista, el caos opera descontrolado (entendido como resistencia de la naturaleza a ser convertida en sujeto humano), bajo parámetros indescifrables y, por tanto, el animismo no se pliega a los ruegos de los hombres, porque la naturaleza no está hecha a la medida del Homo sapiens, ni hacia unos dioses humanizados y comprensivos, justicieros, benevolentes, indulgentes o amistosos.
También se aparta de todas esas divinidades más preocupadas por los hombres que por otras tantas luces que brillan en el Universo, porque -como los kami, vistos como naturaleza indócil, no domesticable, en una fase previa a ser apaciguados mediante rituales- no responden a la lógica moral humana, porque no están inscritos en un régimen antropocéntrico.
Lo predecible es que acoplar el abismo de la verdad a nuestras intenciones y capacidades es lanzarse a lo inasumible; supone tratar de abrazar el vapor de la bruma, intentar agarrar el oleaje. Un imposible.
Amaterasu y la construcción del imaginario imperial
Amaterasu, según Ō no Yasumaro, recogido en su Kojiki -texto referencial nipón, de enorme antigüedad- es la gran diosa que resplandece en el cielo, nacida del ojo izquierdo de Izanagi. Esta obra primigenia de la historia de Japón intenta adherir a esta entidad luminosa a un orden narrativo y político entendible, dándole una funcionalidad, aunque, de alguna manera, tergiversando lo consustancial de su fuerza y simbolismo; es decir, reconfigurando su potencia originaria en un marco narrativo funcional.

Así, esta diosa (ya tiene esa forma) se va personificando en figura femenina, aunque sin perder su condición de potencia natural, que es el de una fuerza natural inmanente.
Después, en pleno proceso de consolidación de esa mutación, los poderes establecidos y las élites saltan a la apropiación de la poderosísima deidad, buscando su legitimación a través de ella, como sucede con cualquier movimiento político, y finalmente hallando su identidad en el nieto de la entidad solar, Ninigi-no-Mikoto, gran gobernador de Japón y ancestro directo del ciclo imperial. Con ello se instaura una nueva tradición que deja poso, tanto es así que el descendiente de aquel mítico gobernador, pariente directo de Amaterasu, es el legendario Jinmu Tennō, primer emperador japonés, el cual, de alguna forma y mediante esta filiación construida con fines de legitimación política, pasa a ser no solo el heredero del sol, sino canalizador de su resplandor.
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