
56 años han pasado desde la celebración de uno de los festivales de música más relevantes de la historia, el Woodstock 1969, que, como un mito clásico, ha moldeado una y cien mil versiones de sí mismo. En él confluyen tres relatos tan trágicos como brillantes e inmortales de los años prodigiosos del folk, blues y rock norteamericano, los de Janis Joplin, Jimi Hendrix y el ausente en Nueva York, Jim Morrison.
Desde el 15 al 18 de agosto de 1969 se arremolinaron en una granja de Bethel, Nueva York, entre 300.000 y 500.000 personas. Llegaron impulsadas por el boca a boca y en medio del movimiento contracultural hippie, por la paz, contra la guerra, por la sexualidad libre y con la exaltación de la experimentación interior, las drogas y por supuesto el rock, por bandera. Un evento en cierto modo desinteresado y revestido con cierta espontaneidad, a la vez que cargado de una enorme dosis de desobediencia visceral a la autoridad, que no reconocían, y de convivencia. Tanto es así que Country Joe McDonald -quien también estuvo presente con su banda de folk-rock psicodélico, Country Joe & The Fish– denominó la cita como “un picnic familiar”… de miles de personas.

Allí estaban o pretendían estar los más grandes, entre ellos Janis Joplin, Jimi Hendrix o Jim Morrison, y si bien la dama de Porth Arthur y Buster (por Buster Crabbe) asistieron y actuaron, siendo ambos con el tiempo parte del mito del festival, Lizard King y su formación, The Doors, se negaron a ir, sin ir más lejos como lo hiciera la gran figura de la época, Bob Dylan, quien, siempre excéntrico, prefirió acudir al Festival de la Isla de Wight. Pero centrémonos en Joplin, Hendrix y Morrison, ya que fueron espejos del movimiento y desde ellos se puede configurar otra metahistoria dentro de la leyenda, del cuento de Woodstock y la maldición de aquellos. Presentes o no, ninguno de los tres viviría más de un par de años más y todos ellos serían idolatrados: los tres murieron a los 27 años, paradójicamente entrando de lleno en la eternidad.

Si pivotamos desde estos tres enormes vértices hacia Woodstock vemos tantas otras historias fascinantes. Una, la de la tejana, una voz inigualable, un talento sin igual desgarrado como su voz y las contradicciones de su vida, que dan para varios libros. Joplin sí estuvo en Woodstock y su actuación con Ball and Chain ha quedado para la posteridad, sin embargo, menos conocido es su episodio de ansiedad antes de actuar en el evento, que la llevó a consumir enormes dosis de alcohol y drogas antes del concierto para atenuar el miedo escénico, lo que repercutió negativamente en su interpretación hasta el punto de que inicialmente hizo que su puesta de largo, menos buena de lo esperado, no fuera incluida en el recopilatorio de Woodstock. Janis Lyn Joplin, una de las más grandes voces de la historia de la música rock y blues, moriría de sobredosis un 4 de octubre de 1970 en Hollywood, apenas un año después, dejándonos su áspera, deslumbrante, conmovedora y arrolladora voz como legado imperecedero.
Con Hendrix pasó algo aún más extraño, porque si la paloma y la guitarra han sido el símbolo visual del Woodstock 69, su melodía (o una de ellas) ha sido y es el Star-Spangled Banner del genio de Washington. James Marshall Hendrix, considerado el más grande guitarrista de rock de siempre, el zurdo de oro, también revestido de infinidad de dramas y contradicciones en su fuero interno, era una de las estrellas más rutilantes del planeta musical, un modelo a seguir y un ídolo para millones de americanos, por tanto, suyo debía ser el momento de máxima gloria en el festival, algo así como el instante estelar, el subidón.
Pero nada más lejos de la realidad.
El virtuoso compositor, enterrado hoy en el Greenwood Memorial Park, no actuó en el momento álgido de la multitudinaria reunión musical neoyorquina, ni siquiera en uno de los instantes centrales, sino que lo hizo el último de todos, ya el lunes 18, sobras las 9 de la mañana y ante ‘apenas’ 30.000 espectadores (nótese la diferencia con la afluencia global). Dicho de otra forma, si usted fue una de las afortunadas almas libres que detuvieron el tiempo aquellos cuatro días de agosto de 1969 en el Woodstock Music and Art Fair, posiblemente no vio actuar a Hendrix, ni lo vio interpretar el himno estadounidense. Con todo, esa ha sido una de las banderas del festival a lo largo de las décadas posteriores. Hendrix sería el primero en morir del triunvirato, el que inauguraría la llamada ‘maldición de las tres J’; lo hizo también por sobredosis, en su caso un 18 de septiembre de 1970 en Londres.
Más allá de Robert Allen Zimmerman, la ausencia de The Doors, y por extensión de Jim Morrison, ha sido un elemento tan controvertido como interesante de este poderoso encuentro musical de finales de los 60. Para empezar, esto no es del todo cierto, ya que sí hubo un componente activo de la formación angelina en el festival, concretamente hablamos de John Densmore (batería) a quien incluso puede verse junto a Joe Cocker en grabaciones del Woodstock. No obstante, sí es cierto que The Doors rechazó actuar en Nueva York y no solo, como se ha venido contando, “por culpa” de Morrison. Es más, el teclista del grupo, Ray Manzarek, era reticente a tocar en una granja y pensaba peyorativamente que el festival sería otro Monterrey Pop Festival.
En lo que atañe al vocalista de Melbourne, se dice que su negativa se debió a que no le gustaba escucharse al aire libre, que le preocupaba que iba a ser un caos de organización e incluso que pesaban sobre él problemas judiciales incompatibles con el viaje, venidos del concierto del grupo el 1 de agosto en el Dinner Key Auditorium de Miami (que también merece un capítulo entero), sumamente convulso. En verdad, la banda formada en 1965 en Los Ángeles no supo leer ni las intenciones ni el calado del festival y su ausencia es posiblemente uno de los grandes debes del grupo. Como Joplin y Hendrix, Morrison moriría poco después, fruto también de los excesos, en su caso un 3 de julio de 1971 en París.

Jim Morrison saliendo de los juzgados de Miami, acusado de comportamiento lascivo, embriaguez, blasfemias y exhibicionismo durante un concierto en el Dinner Key Auditorium de Miami. Foto. Miami Herald.
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