
Uno de los instrumentos económicos que forjó la riqueza y poder de los califatos y que prosperó y evolucinó enriqueciendo al Estado fue el kharaj. O podríamos hablar en plural, kharajs.
Implantados en época de Umar al-Khattab (634-644) estos impuestos sobre la tierra -como los jizyah de los dhimmies, que permitían cierta autonomía a los no conversos que vivían bajo dominio musulmán- eran comunes a todos los cultos no musulmanes (el zagat es la limosna que atribuye el Corán a los creyentes), sobre todo en base a las tierras conquistadas, cuya tasa era aplicable muchas veces a sus antiguos propietarios, asegurándose el Estado en su totalidad un ingreso constante sobre la tierra apropiada.
Ahora bien, los kharaj fueron evolucionando conforme el Islam fue ganando adeptos y estos impuestos también terminaron siendo tasas aplicables a musulmanes y conversos a través de otros vehículos, como el ṭabl. De tal forma que la tierra sujeta a kharaj aplicaba este a su dueño, fuera quien fuera el propietario, y lo hacía sobre los porcentajes de ingresos obtenidos de esas tierras o propiedades, y esto era así en tiempos de paz o sobre los terrenos ganados por la guerra.
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