Los movimientos sectarios y las sectas tienen, en principio, mucho de fenómeno de escisión social. Por un lado, son grupos de seguidores de una persona carismática y especial. Además, su origen etimológico (sectus) alude a su separación de una religión o ideología. En ambos casos, su germen implica salir de un canon. La RAE, desde una perspectiva más descriptiva, apunta algo más pragmático: seguidores que se adhieren a un líder y se mantienen aislados de influencias externas, de la sociedad.
Este es el argumento homogéneo, el mediático, donde la historia, llena de aristas y puntos de vista, tiene poca cabida.
Más allá de si la secta es dañina -algo que no siempre ocurre- para sus seguidores o para otros estratos del orden establecido, que puede no serlo, lo cierto es que, según la escala civilizatoria, en ella existe un claro componente de segregación. El problema es que la retórica hegemónica es quien caracteriza el lado numeroso de la valla, el normativo, y es desde ahí desde donde se califica a la otra parte, la escindida y marginal. Por eso la caracterización que se hace de este fenómeno -la secta- es siempre tremendamente subjetiva.
Sin ir más lejos, dos de la religiones más importantes, el islam y el cristianismo, tienen sectas internas, otra cosa es que sean calificadas como tal. Es decir, lo cierto es que sectas -en su segundo sentido, el peyorativo, que yo no daré- ha habido y hay muchas, más o menos intrusivas, más o menos destructivas o beneficiosas, más o menos dignas de nombrarse como tales, y las ha habido desde la antigüedad, pero yo quiero poner el foco en 3 movimientos muy concretos, porque son intrigantes.
La secta de los asesinos
Definida así por quienes escribieron sobre ellos -la mayoría, sus enemigos- a este grupo deberíamos simplemente llamarles nizaríes. Quizá, batiníes o fedayines. Adquirieron fama tras el trabajo de Vladimir Bartol: ‘Alamut’, el cual situó a los asesinos en su contexto. En suma, son una escisión minoritaria persa en el mundo islámico, sus actividades tomaron fuerza desde el siglo XI como movimiento radical adscrito a un líder, Hasan-i Sabbah. Lo más transcendente fue su marcado cuerpo de acción en el panorama geopolítico. Sus asesinatos políticos fueron numerosos e implacables, así como sus señas de identidad, pese a que las crónicas y la historia diluyen la verdad entre luces y sombras sobre el grupo nizarí.
En definitiva, no hay certezas. Y desde luego no hay buenos y malos.
Su origen puede rastrearse en al-Maktum, el oculto, y en la espera de el Mahdi. También en Hasan, quien abrazó el ismailismo, se enfrentó a los selyúcidas, a los califas de Bagdad y al sunismo, tomando como base de operaciones el castillo de Alamut, en Daylam. Desde ahí se proyecta su historia. En ese emplazamiento se tejió una organización piramidal de enorme efectividad, basada en la devoción y la disciplina, orquestando golpes sobre sus enemigos a través de sus seguidores más leales y letales, los fidai.

Estos asesinos eran muy efectivos y eficienctes. Entrenados en mil artes, se fundían con cualquier estrato de la sociedad hasta llegar al objetivo pretendido, como cuando acabaron con Nizam al-Mulk o el sultán Malik Shah. Aunque, en verdad, nadie estaba fuera de peligro, nadie estaba lo suficientemente a salvo de los nizaríes. Hasan fue el primer Viejo de la Montaña, título que se le daba al líder de los asesinos, y la organización perduró hasta su gran declive, que devino sobre todo debido a la invasión de los mongole. Estos consiguieron lo que nunca lograron alcanzar los selyúcidas: destruyeron Alamut en 1256.
Con todo, hubo y ha habido resurgimientos posteriores, ya en otro marco de acción, incluso los ha habido en la modernidad.
Como vemos someramente, con los nizaríes hay un claro ejemplo deformativo por parte de occidente, quien trata de englobar un fenómeno complejo fuera de su contexto con una descripción sensacionalista: asesino, la cual desarticula su espacio histórico. En el mejor de los casos las fuentes históricas musulmanas contemporáneas los califican simplemente de fedayines o seguidores devotos. En el peor y como poco, habría que comparar sus actividades con las de otros de su época.
Los flagelantes
Asociados, al menos parcialmente y de forma indirecta, a los franciscanos, este movimiento laico irradió su influencia desde la segunda mitad del siglo XIII y creció enormemente en seguidores, sobre todo en Italia. Lo hace en un ambiente muy concreto, como contemporáneos de Dante Alighieri y las luchas intestinas itálicas entre güelfos y gibelinos. Será importante esto debido a su cierta filiación con el milenarismo reinante, que pretende hallar o buscar las respuestas que las instituciones religiosas no aportan al pueblo sobre las miserias que les caen encima: por entonces, hambrunas, epidemias o guerras. De ahí que, al calor de la pandemia de la peste negra, el movimiento se escinda del corpus eclesial en el siglo XIV y se expanda como la pólvora por centro Europa, sumando adeptos entre todas las clases sociales.

Para entonces hablamos de impactantes procesiones de penitentes que se azotan y laceran en público. Pero también de importantes manifestaciones que arrastran reivindicaciones religiosas o políticas espinosas. Este movimiento también gustaba de practicar imposiciones morales enormes, tales como los ayunos o la ausencia de práctica sexual. Y no eran minoría, sino miles de personas, lo cual, sin duda, debió resultar muy impresionante. Cirios, cruces, alocuciones a la virgen y cánticos religiosos eran sus puestas en escena en los entornos urbanos. Lo más curioso es que hay pruebas de que muchos clérigos se sumaron a estas procesiones.
Tanto fervor y devoción hizo que -por ejemplo, en Italia– el movimiento se ganara la animadversión de la Iglesia, que lo fue difuminando. Con todo, los flagelantes nunca tuvieron un final propiamente dicho, sino una transformación. Se cree que sus prácticas han influido a muchos otros movimientos devotos; en este sentido, ciertos estudiosos ven sus imposiciones y escenificaciones implantadas en celebraciones como la Semana Santa u otras costumbres de ciertas ramas religiosas.
El cisma donatista
La Iglesia Católica ha conseguido imponer su camino y lo ha hecho pese a los importantes movimientos de escisión en el seno de los cristianismos, venidos estos al menos desde el siglo II. El donatismo fue uno de los más rigoristas y tempraneros. Surgido en el siglo IV, fueron de los primeros cátaros, es decir, puros; o lo que es lo mismo, movimiento que ya reivindicó Novaciano un siglo antes. Y saltaron como crisis eclesiástica desde el norte de África hacia el corazón de la cúpula de la Iglesia.
Donato fue quien tomó las riendas, el problema es que su ascenso fue contemporáneo al primer intento de apropiación del cristianismo por parte de Roma, venido con Constantino y su Edicto de Milán (313). Pese a todo Donato se enfrentó a las autoridades imperiales y a la Iglesia, quería un cristianismo recto, en el que no tenían cabida ni el bautismo ni la penitencia, adscritas a designación de los cargos débiles de la institución, ni tampoco la apostasía, que había sucedido poco tiempo antes durante las persecuciones romanas, y para ello estaba dispuesto -y esto sí es novedoso- a la violencia, como sucedió. Sobre estas luchas hay que decir que debieron ser intensas y obligaron a que, ya en el siglo V, Agustín de Hipona y el emperador Honorio decretaran la persecución de los donatistas.

Tiempo después, en la Edad Media, concretamente en el siglo XII, la doctrina cátara fue también perseguida como herejía por su percepción dualista del mundo, su tendencia al ascetismo y su crítica a las prácticas laxas de la Iglesia Católica. Aunque esa ya es otra historia o secta, según quiera verse.
Lo que está claro es que hay muchas más sectas (en sentido etimológico o sociológico) de las que son calificadas como tal, quizá muchos de nosotros estemos dentro de una, solo que el manejo del espacio normativo y de ciertos marcos jurídicos puede favorecer a sus integrantes y la actividad de su grupo, sea religioso, ideológico o económico. Solo hace falta adherir a esas ‘sectas’ la pátina de la normalidad, que viene dada en función del grado de conexión con sus instituciones matrices (y, claro está, que estas estén debidamente implementadas en las sociedades modernas), y siempre y cuando no despierten alarmas y que sus doctrinas sean vistas (y aceptadas) como meros acentos dentro de organismos con enorme poder e influencia.
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