Lo paradójico y, a la vez, fascinante de la Historia Antigua es que el camino de baldosas amarillas está lleno de otros ramales ofuscados, pero igualmente luminosos, tras los cuales subyacen verdaderas autopistas de la objetividad. Por eso, a través del rigor, se pueden hallar hipótesis cercanas a la objetividad, porque certezas hay pocas.
La mitología, por ejemplo, abre aún más elementos obtusos entre las diferentes capas de las verdades de una época. Dentro del imaginario germánico, y más concretamente, el vikingo, existen dos figuras notables, diría, capitales, cuyo rastro se ha ido obstruyendo con el pasar de los siglos de forma algo injusta, ya que fueron, para esas gentes, representaciones de saberes remotos.
El dios antiguo
Una es Tyr, del que se dicen muchas cosas y al que se le imputan diferentes atribuciones, de la justicia a la guerra, del orden a los juramentos, pero poco se habla de que en verdad hablamos de un dios antiguo, que seguramente hunde sus raíces en tiempos remotos, muy anteriores al imaginario vikingo. Probablemente a la prehistoria germánica, en donde tuvo otros nombres, como Ziu, y cuya vinculación armónica con las fuerzas naturales parece clara.
Por no saber de él, no sabemos si su padre fue Odín, lo cual todo hace indicar que es una caracterización tardía, o el gigante Hymir. Quién sabe.

Sí sabemos que fue importante, y obtuvo numerosa veneración debido a sus gestas, la más grande, sacrificarse ante Fenrir el lobo, al que ofreció su brazo como distracción para que otros pudieran encadenarlo. Como Odín, morirá en el Ragnarök a manos de un cánido, en su caso Garm.
Lo que está claro es que su legado se ha ido diluyendo, y eso no hace honor a su peso entre el ser y estar vikingo. Su presencia en la toponimia lo señala como una figura preponderante. Y hay más circunstancias, sin ir más lejos, nada menos que el martes le pertenece (Tuesday), tanto como el jueves a Thor (Thursday).
La transformación de la diosa poderosa
Tan notable o más es el manto que se ha echado sobre los Vanir, y más concretamente sobre una diosa de aquellos que fue clave para los vikingos. Sí, hablo de Freyja y su afrenta en la memoria es quizá mayor que la de Tyr, sobre todo porque a menudo ha llegado a nosotros una imagen desnutrida de ella fruto de la transformación patriarcal. Bajo esa mirada moldeada, la deidad vanir es una diosa del amor y la belleza, un púlpito un tanto hueco al que admirar por su carcasa. Nada más lejos de la realidad. Freyja es, en esencia, la mujer, y eso entonces era algo poderoso, y no un poder cualquiera, sino uno superior, tal vez el más importante.
Poder porque daba vida, de ella manaba la tierra, la fertilidad.
Y fíjense si se ha deslucido su impronta y su abultada sombra que se caricaturizan sus virtudes. Su carro está tirado por gatos, otro símbolo otrora en positivo (hoy calificado de lo contrario); empequeñece totalmente a su marido, Od, al que supera en gracia y capacidad, y es extremadamente promiscua cuándo, con quien, y dónde desea, lo que si bien la hace objeto de burlas entre los Æsir, que ella desdeña, a la vez la configura como una autoridad capaz de influir en cada uno de los dioses y los planos de la realidad, a los que elige.

Pero hay mucho más.
El Valhalla, y el banquete allí de Odín, ha sido culturalmente el lugar donde descansaban los valientes, los guerreros valerosos, los hombres, sin embargo, la mayoría ignora que esa no es más que una cáscara desdibujada de la mitología escandinava (y las eddas así lo narran), porque solo la mitad de esos caídos con gloria deseaba e iba allí, la otra mitad lo hacía rumbo a Fólkvangr, junto a Freyja. Y no solo eso, su Valhalla, llamado Sessúmir, era tan bello y fascinante como el pabellón de desaparecidos del dios tuerto, que además elegía su mitad de guerreros muertos siempre después de que Freyja seleccionara primero a los suyos.
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