Lo paradójico y, a la vez, fascinante de la Historia es que el camino de baldosas amarillas, a veces utilizado de forma perversa, está lleno de otros ramales ocultos tras los cuales subyacen verdaderas autopistas de iluminación. Prueba de ello son las invasiones altomedievales de los pueblos del norte. Puede decirse que una de las etapas del medievo más deformadas por interpolaciones modernas ha sido la vikinga. A sus pueblos se les ha cargado con muchos sacos y algunos han trampeado su rico y personal sistema de creencias. La interpretación rigurosa de su mitología es capaz de abrir ciertos elementos encapsulados entre las diferentes capas historiables de lo que proyectaron como real en su época. Eso, sin duda, nos acerca más a su legado fidedigno.

Lo cierto es que los pueblos escandinavos cambiaron el curso de la historia de Occidente, y si lo hicieron fue en parte por su cosmovisión. Dentro del imaginario vikingo existen dos figuras notables -diría, capitales- cuyo rastro se ha ido obstruyendo con el pasar de los siglos de forma algo injusta, ya que eran, para esas gentes, representaciones de saberes a los que recurrían con asiduidad.

El dios antiguo

Una de esas figuras es Tyr, del que se dicen muchas cosas y al que se le imputan diferentes atribuciones, de la justicia a la guerra, del orden a los juramentos, pero poco se habla de que en verdad hablamos de un dios antiguo, que seguramente hunde sus raíces en tiempos remotos, muy anteriores al concepto vikingo.

Probablemente haya que ir a la prehistoria germánica para rastrear sus orígenes. Allí tuvo otros nombres, como Ziu, y una más que probable vinculación armónica con las fuerzas naturales. Seguramente, por su raíz animista, sus padres no fueran ni Odín ni el gigante Hymir, siendo en apariencia ambos interpretaciones tardías.

Tyr y Fenrir (F: Wikipedia)

Sí sabemos que fue importante y obtuvo numerosa veneración debido a sus gestas; la más grande, sacrificar su cuerpo ante Fenrir el lobo, al que ofreció su brazo como distracción para que otros pudieran encadenarlo. Como Odín, morirá en el Ragnarök a manos de un cánido, en su caso Garm.

Lo que está claro es que en algún momento su legado se fue diluyendo, aunque eso no hace honor a su peso entre el ser y estar vikingo. Prueba de su significación la hallamos en la toponimia, donde es una figura preponderante. Y hay más circunstancias: sin ir más lejos, el martes anglosajón (Tuesday) viene de él, tanto como el jueves proviene de Thor (Thursday).

La transformación de la diosa poderosa

La mitología vikinga sufre otras muchas interpolaciones y tergiversaciones, y los Vanir se llevan varias de ellas, especialmente una diosa (lo de ser mujer no es casual) que fue determinante para los vikingos. Hablo de Freyja y conviene comentarlo porque la afrenta a su memoria es quizá mayor que la de Tyr. A menudo ha llegado a nosotros una imagen de ella muy desnutrida, probablemente fruto de la recepción moderna y cristiana. Bajo esa mirada moldeada, la deidad vanir es una diosa del amor y la belleza, un púlpito un tanto hueco al que admirar por su carcasa.

Y nada más lejos de la realidad.

Otra interpretación más realista nos habla de Freyja como La Mujer, y eso era algo poderoso en la mente de los pueblos del norte, y no hablo de un poder cualquiera, sino uno superior, tal vez el más importante que ellos percibían: ella daba nada menos que la vida, y de ella manaba la tierra y la fertilidad. A la vez, la magia (seiðr), la fertilidad, la muerte y la guerra forman parte esencial de su esfera de influencia.

Sin embargo, se caricaturizaron sus virtudes al deslucir su verdadera impronta y abultada sombra. Su carro estaba tirado por gatos, otro símbolo otrora en positivo y hoy calificado de lo contrario, y en los relatos, empequeñece totalmente a su marido Od, al que supera en gracia y capacidad. También está empoderada en sus acciones, ya que es extremadamente promiscua cuando, con quien y dónde desea. Este es un hecho curioso, porque si bien es verdad que los Æsir tratan de burlarse de ella por esa forma de actuar, al final se impone la potestad de Freyja: no solo desdeña tales actitudes, sino que suele influir en la voluntad de dioses y mortales, así como en los distintos ámbitos de la realidad concebidos por la cosmología nórdica.

Freyja, con sus gatos (F: Wikipedia)

Pero hay una desfiguración mayor con Freyja.

El Valhalla y el banquete de Odín ha sido culturalmente el lugar donde descansaban los valientes, los guerreros valerosos, los hombres, sin embargo, eso no es cierto. La mayoría ignora que esa interpretación es una cáscara desdibujada de la mitología escandinava (y las eddas así lo narran), porque solo la mitad de esos caídos con gloria deseaban e iban al Valhöll de Odín, la otra mitad lo hacía rumbo a Fólkvangr, junto a Freyja. Y no solo eso, el dios tuerto elegía su mitad de guerreros muertos siempre después de que Freyja seleccionara a los suyos, dándose el caso de que el particular Valhalla de la diosa, llamado Sessúmir, era tan bello y fascinante como el pabellón de desaparecidos de Odín. Aunque de esto nada se diga.

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Una respuesta a «Los vikingos preferían a un misterioso dios antiguo y una diosa antes que el Valhalla de Odín»

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