Más de ocho siglos después, el eco sigue vivo. Hoy se conmemora una victoria (o una derrota, según se mire) que ha marcado la península ibérica. Hablamos de un choque bélico acaecido el 16 de julio de 1212, uno que supone en el territorio peninsular el punto decisivo para la cristiandad contra el imperio almohade en particular y, quizá, Al-Ándalus en general.
De entrada, pongo la mirada en el incitador del conflicto, un Alfonso VIII, rey de Castilla (1154-1214), cuyo liderazgo y victoria suponen para él, también a ojos de la historia, objetivar el cierre de las heridas sufridas por la derrota castellana ante Yusuf Al-Mansur (predecesor del califa almohade Muhammad al-Nasir, autoridad derrotada en las Navas de Tolosa) y sus aliados cristianos el 19 de julio de 1195, en la Batalla de Alarcos. Aunque en Sierra Morena (1212) el éxito de Alfonso VIII será mayor, porque no hablamos solo de un triunfo en un enclave y unas circunstancias bastante excepcionales, sino que es también una victoria emocional y simbólica, al lograr, junto al papa Inocencio III, un cúmulo de alianzas únicas, entre ellas con los monarcas cristianos que habían sido enemigos suyos y de los castellanos, y por tanto aliados del anterior califa, junto al río Guadiana solo 17 años antes; a decir, León y Navarra.
Y ese logro es notable porque se fraguó en un contexto enrarecido.

Así, órdenes militares, portugueses, aragoneses (unos con su neutralidad y ciertos guerreros sin su rey y otros con tropas lideradas por su monarca), a la par que voluntarios venidos de distintos puntos de la geografía europea, se unen en una suerte de alianza ibérica antislámica -en batalla, comandada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra– bastante rara en una época (siglo XII y XIII) marcada precisamente, como he citado, por la división y enfrentamiento entre los reinos peninsulares.
Igualmente extraño y excepcional en el conflicto jienense es que dos poderosos ejércitos se enfrentaran, exponiéndose abiertamente en una gran batalla campal, una eventualidad que no ocurrió demasiadas veces en la dilatadísima fricción entre los diferentes reinos cristianos y musulmanes ibéricos a lo largo de la Edad Media.
El castigo, ¿cómo fue?
Ciertas fuentes musulmanas llamaron a esta lucha al-Iqab, o ‘de castigo’, pero no resta valor al hito bélico advertir que, aunque es evidente que la Batalla de las Navas de Tolosa tuvo un impacto descomunal entre sus contemporáneos, también es cierto que su importancia, que fue crucial por multitud de motivos -entre ellos, por sus características insólitas- también fue en algunos puntos magnificada por sus cronistas.
Y no solo por ellos, después lo hizo la memoria colectiva construida sobre el primer estrato de hechos narrados, cuyo eco se propagó por toda Europa en forma de lucha entre antagonistas, donde la ingente propaganda confesional que se elevó antes y desde el mismo instante en que finalizara la batalla hizo su parte. No es para menos, en aquel momento muchos teorizaban sobre la necesidad de presentar una lucha de civilizaciones entre el cristianismo canónico y las herejías y el Islam. Fruto de ello, se advierte otra consecuencia: la Batalla de las Navas de Tolosa se instaura como uno de los paradigmas del conflictivo bélico medieval.

Aunque esta historia requiere muchos matices y el destino del suelo peninsular no dependió de un solo día D, la victoria cristiana sobre las tropas del califa almohade Muhammad al-Nasir cerca de Santa Elena hace 813 años y las confirmaciones poco después en Baeza y, mucho más trabajosamente, en Úbeda se han de asociar irremediablemente, tantos siglos después, con el declive del poder musulmán en la península ibérica.
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