Si algo nos enseñan (y nos están enseñado) la arqueología y la paleoantropología es que la evolución no es un fenómeno lineal, ni siquiera una manifestación sucesiva de mejoras, menos aún que estas, lejos de existir, lleven a un cuello de botella humano. No, más bien es otra cosa, la evolución tan solo es algo así como un complejo y muy ramificado sistema de progresión en el que se componen exigencias para la adaptación al medio, donde, según la cobertura, cada organismo va buscándose un nicho propicio para sus características.
A raíz de eso, otra de las cosas que hemos ido aprehendiendo y que ya sabemos a ciencia cierta -nunca mejor dicho- es que en realidad no venimos de los monos, sino que somos monos. O primates, para ser más precisos. Y esto conviene tenerlo muy presente porque nos dará perspectiva, permitirá que nos liberemos de la carga antropocéntrica.
A menudo las personas, de las más cosmopolitas a las más urbanas, que han visitado los últimos reductos en que viven en estado salvaje los otros grandes primates manifiestan sensaciones espontáneas de indescriptible asombro y empatía hacia estos, de sorpresa, ternura y estupefacción al verlos convivir e interactuar, y por supuesto, de suma emoción. Esto se debe a que los comportamientos, movimientos, anatomía, sofisticación comunitaria y, en especial, la mirada con la que nos responden los otros grandes simios es la de un hermano evolutivo en toda regla. Con toda la complejidad que poseen observador y observado -sendos dos, grandes simios, homínidos- hay entendimiento. Y es normal, biológica y evolutivamente somos (casi) lo mismo, ni más ni menos. Con todo lo que implica y debe implicar.
Esto ya debería contraer nuestro ego y llevarnos a cierta humildad, sin la cual uno no puede aproximarse a la evolución y sus ramificaciones taxonómicas.
Los caminos, siempre fortuitos y enmarañados
Existe un debate acerca del ancestro (o ancestros) común del que derivamos chimpancés y Homo sapiens, pero los relojes moleculares y el registro fósil nos muestran una datación más o menos precisa en torno a un instante clave: pese a ser casi idénticos genéticamente, aproximadamente hace unos 7 millones de años nuestros caminos se separaron. Sin embargo, la evolución es algo más azaroso e intrincado que pensar en senderos programados.
Por ejemplo, actualmente podría haber tres candidatos a los que mirar directamente para proyectar un reflejo de lo que somos y, por muy poco, no son los chimpancés, bonobos (género Pan, comparten el 98.7% de su material genético con los humanos), gorilas (género Gorila, separados hace todavía uno o varios millones de años más) y orangutanes (género Pongo, si cabe, más lejanos en el tiempo). Son tres especies y las tres podrían ser nuestro más inmediato antecesor, incluso cada una podría haber aportado algo. Estas son: Sahelanthropus tchadensis, Orrorin tugenensis y Ardipithecus (seguramente kadabba).

El primero no solo es el más antiguo, de hace unos 7 MA, sino que muestra signos claros de bipedestación, que fue el gran salto que propició la llegada del género Homo, siendo por su parte los dos siguientes más modernos (6 y en torno a 5,8 millones de años, respectivamente) y, a la vez, dejando entrever una más dudosa bipedalidad. Paradójicamente, se cree que nuestro antepasado más cercano posiblemente sea el género Australopitecus, vegetariano y más próximo a Ardipithecus. Este último, entre otras cosas, posee otro rasgo llamativo, la reducción de sus caninos, que lo inserta de bruces en la biología social, es decir, en la cohesión del grupo y en la menor (en teoría) tendencia a la competencia, a diferencia de los chimpancés.
Parece que la evolución adquiere de aquí y allá según le conviene. Pero concretemos más.
En realidad, los cambios en estas y otras especies no suponen ni más ni menos que una adaptación a lo que las rodea en una sucesión de momentos temporales de sus hábitats y medios, lo que los lleva a nuevos acomodos, a su vez determinados por el entorno cambiante. O lo que es lo mismo, unos homininos se adaptan de una manera y otros de otra.

Por tanto, son la suma de factores y de condicionantes los que propician las interrupciones o los saltos evolutivos. Pero estos no deben verse como un fracaso o un triunfo, sino como la culminación de una aventura o, en caso opuesto, un salvoconducto al siguiente nivel, que a su vez se verá sometido a otras pruebas, cada cual igualmente intercedida por lo circunstancial e igualmente azarosa e intrincada.
¿Qué hay ahí dentro?
Aunque vivimos en una época dorada de los estudios paleoantropológicos, lo cierto es que estos, lejos de enseñarnos nuestra grandeza como especie culmen de la evolución, nos van mostrando que nuestro camino solo es uno entre otros, ni mejor ni peor, solo uno prospero por su adaptación a un contexto particular, como lo es el de los tigres a sus bosques y junglas asiáticas, el de los tiburones a los océanos o el de los chimpancés a las selvas tropicales y bosques de África Central y Occidental.
No existe biológica y evolutivamente una adaptación mejor en ninguno de los cuatro casos (otra cosa es que las armas biológicas y culturales del Homo sapiens o el Homo neanderthalensis los permitieran transformar en mayor medida el medio, que sería objeto de otro debate). Y eso nos debería llevar, de alguna manera, de nuevo a los grandes primates y su mirada (lamentablemente, todos ellos en gravísima amenaza de extinción, en el caso de orangutanes y gorilas, en peligro crítico de extinción, ocupando las categorías más altas de la Lista Roja de la UICN), en la que sin duda podemos hallar parte de las respuestas.
Posiblemente la mayoría de ellas.
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