Querer adentrarse, que ya implica empezar a creer, en el camino de la iluminación y la percepción en su máxima amplitud nos puede llevar ante dos puertas orientales. Una, quizá de las más malinterpretadas, sale desde el yo y se esfuerza por transitar entre los complejos callejones de una búsqueda del entendimiento y la esencia de uno mismo, del Ātman; la otra, la más exigente y desconocida, pone un punto de partida más severo, el de la asunción de la pacificación por la expontaneidad. Una nos adentra en un camino que trata de llegar a la armonía y la tranquilidad personal, quizá del culto a uno mismo, esa versión que tanto degustamos los occidentales. La otra solo echa a rodar cuando el ego se ha diluido entre la concordia preferente, global, dejando que, para entonces, el ser sea exclusivamente la parte de esa reciprocidad, sin la cual el uno no tiene sentido.
Este animismo ayuda a percibir el instante como sagrado, aplastando la espuma de la ambición bajo una marea supramundana; percibiendo el individuo su existencia de acuerdo a unos ritos superiores, necesarios, inamovibles, es decir, la primavera, el fluir del río, la brisa entre los árboles. Ese punto de vista nos hace vivir hacia afuera como parte del entorno natural y el mundo exterior, de cuya pureza se extrae la propia, en cuya ausencia de esta solo hay fatalidad, futilidad, desconsuelo. Al final y paradójicamente, aquel sendero anterior, el primero de los caminos citados, persigue en su fin último la extinción del yo, algo entendido por el segundo camino desde su primer salto. No hay salto al vacío, hay sentido en el todo.

Así, enraizado y rebajado a la naturaleza, al Universo, el perceptivo deja atrás las frívolas barreras de su existencia, como cada una de las acciones humanas, que son copos de arena en el cosmos, y se sume en la concordancia con el conjunto del medio, donde descendiendo a lo esencial, a lo primario, se le ofrece la misma luz del sol. Cuando la búsqueda de las voraces necesidades del ser se desintegran, entonces brota una benevolente sensación de embriaguez, de salubridad, donde el sentir y entender permiten la unión con cada instante del acontecer, con cada brizna de existencia exterior. Y se dejan atrás los intentos de parecer agua para saber que se es agua, parte de ella, una parte cualquiera, una gota de tantas que fluye y sabe hacerlo por su curso. Nada más.
Y nada menos.
Fotos: reydekish
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