El lobo es un animal clave y fundamental. Lo es para los ecosistemas que puebla, influyendo de forma decisiva en cada estrato de pobladores, animales y vegetales, de los hábitats en los que medra, y para la cultura y tradición humana; en nuestro caso concreto, para entender la ancestralidad, los usos y costumbres de los pueblos, territorios y relación con la naturaleza de los seres humanos de toda la península ibérica a lo largo de la historia. El 13 de agosto se conmemora su día, aunque su presencia, por controvertida que quiera plantearse, debe resultar innegociable por 5 sencillas y vitales razones.

Vayamos primero con una tesis incuestionable. La cascada trófica es quizá uno de los argumentos más pragmáticos y a la vez de peso que justifican no solo la necesidad de su protección, sino la urgente obligación de favorecer la expansión del lobo por el resto del territorio. Al respecto diré que conviene esforzarse en leer sobre ello para aprender y concienciar de la labor determinante del cánido.

En Yellowstone se comprobó a finales del siglo XX que el lobo era mucho más que un depredador, y este ejemplo es traslocable a cualquier otro emplazamiento en el que históricamente se haya movido este animal. Pues bien, con su regreso al primer parque nacional de la historia pronto se evidenció como el control que ejercían rápidamente los cánidos sobre las abundantes manadas de los grandes herbívoros ayudó a la regeneración forestal, provocando, entre otras cosas, que se redujera la erosión y a su vez que regresarán especies arbustivas importantes, las cuales a la vez forzaron el retorno de pobladores llave, desde polinizadores a otra multitud de especies fundamentales en la cadena trófica. Algunos de los que se beneficiaron de la labor del lobo fueron sauces y álamos, que permitieron prosperar a los castores, los cuales represaron de forma natural a los cauces de los ríos, generando otra cascada de vida, entre aves, anfibios o reptiles, lo que, a su vez, generó nuevos nichos ecológicos, como humedales y lagunas estacionales, para multitud de estos y otros pobladores.

5 razones
Lobo ibérico. (F: Muy Interesante)

Además, la reintroducción en 1995 del lobo en esta área del norte de Estados Unidos forzó la expansión equilibrada del resto de grandes animales, proveyendo de alimento tanto a otros carnívoros como a carroñeros y oportunistas, ampliando el nivel de aprovechamiento del espacio y sus recursos naturales.

Todo ello no habría sido posible sin el lobo.

Tras esta experiencia foránea, pasemos a la situación en el territorio hispano, que no es diferente. En la península ibérica, como sucede en gran parte del resto del hemisferio norte donde aún prevalece este majestuoso depredador, el estatus ecológico del lobo está seriamente dañado, impidiendo el intercambio genético y concretando una disfuncionalidad total para llevar a cabo su objetivo natural.

Pero detengámonos en otro asunto y hablemos de una tercera razón que viene a desmontar una falacia: el número de lobos no importa.

Otra razón. A menudo se hace hincapié, desde asociaciones, grupos de presión o medios de comunicación, en el número de lobos como una fuente de alarma, lo cual, en primer término, ha refutado el último censo del MITECO, como advertía la ciencia, donde el número de manadas registrado ha sido muy inferior al anunciado por las fuentes de desinformación, siendo las estimaciones anteriores inexactas y las alarmas generadas por un exceso de lobos, exageradas. No es para menos. Pero es que además cuando se habla del lobo, lo cierto es que lo cuantitativo es un elemento casi desdeñable, siendo necesario atender a lo cualitativo. Es más, la demografía lobuna poco o nada tiene que ver en la mayoría de los casos con su estabilidad; sin ir más lejos, el número no dice nada del estado de su hábitat, la distribución de sus manadas y menos aún de su salud genética o viabilidad de cara al futuro.

Ya de paso, pongamos un acento acusador. Seguramente el ciudadano no sabrá que no es extraño que se maten algunas lobas, desde los supuestos controles poblacionales por parte de las administraciones, si puede ser en época de cría, ya que con ello se pretende un daño mayor a nuestra subespecie. Lógicamente esto no es casual, sino que suele estar orquestado, lo que paradójicamente, y sin exterminar al animal, lleva a un desencadenante de consecuencias trágicas para los habitantes de zonas loberas y el mismo lobo, aumentando enormemente la conflictividad. Esa intervención y control no solo no es necesaria ni siquiera ayuda a la coexistencia, sino que es abiertamente contraproducente.

Y por si esto no fuera suficiente hay que comentar que el lobo, como carnívoro apical, se autorregula con complejos sistemas sociales, de competencia y ocupación, de modo que no es posible una superpoblación del mismo, menos aún con manadas organizadas. Por el contrario, sí resulta peligroso romper esas manadas, que es lo que hacen muchos ‘controles poblacionales’, generando en ocasiones lobos solitarios que necesitan sustento a toda costa y en cualquier circunstancia, lo que repercute de nuevo en el interés de la cabaña ganadera.

Un cuarto motivo que quiero apuntar es importantísimo, y aquí la literatura científica y los números son unánimes y aplastantes: a más control y caza del lobo, a más actividad cinegética sobre ellos, más ataques. Al respecto cabe indicar que una de las pocas poblaciones viables de lobos en España, las de ciertas zonas de Zamora, apenas advierten en las últimas décadas de ataques significativos, más que nada porque en la mayoría de casos hablamos de prácticas ganaderas extensivas ancestrales y adaptadas a lo largo de los siglos al medio, lo que incluye al lobo, y, por tanto, cuentan con herramientas para la convivencia. Y no solo eso (y ahí llegamos al punto clave) muchos de estos pastores entienden al lobo como una herramienta natural en sí misma que indirectamente favorece sus propios modos de subsistencia al beneficiar a toda la salud de la cadena trófica y los ecosistemas.

En verdad, como ven, la experiencia de Yellowstone no es distinta que la zamorana. Esto es un hecho contrastable.

Por último, está su situación histórica y la demostración empírica de su función directa, incluso sobre las grandes especies cinegéticas. Como señaló Grande del Brío, los imperativos de las sociedades modernas se hayan construido como incompatibles con la vida salvaje. Desde los modelos de urbanización, las concentraciones parcelarias, la ganadería intensiva y los nuevos usos del suelo y sus químicos; a la selvicultura industrial de monocultivos e intensiva y su caza (con métodos como los modernos legales, ‘los de control’; los modernos furtivos, en forma de venenos o cepos, y los antiguos, de los alimañeros y el uso de estricnina), son factores que han contribuido no solo a la disminución de lobos, hoy restringidos a la franja noroccidental e incapaces de conectar con otros lobos para conseguir un intercambio de genes, sino de multitud de especies que conviven con él, todo ello como un problema global de destrucción de los biotopos.

Desde la antigüedad, pasando por el medievo -incluso pese a cierta superchería judeocristiana sobre el cánido- y hasta el siglo XIX, el lobo siempre había sobrevivido en equilibrio con las actividades humanas, aprovechándose de la enorme cantidad de fitófagos salvajes de la península ibérica, a los que, a su vez, hizo prosperar. Pero eso cambió y entonces el monte y después la situación del lobo se empobreció en el siglo XIX y empeoró en el XX; aunque estos motivos serán un asunto, del todo histórico, a desarrollar en futuras entradas.

Por terminar sería importante no olvidar que las relaciones interespecíficas entre el ciervo y el lobo es lo que hace la mejora genética de los primeros, no las actividades humanas, y esto es sencillo de explicar y entender: el cánido caza a los animales enfermos, mayores, en peores condiciones y jóvenes, no a los más dotados y con mejor genética, que es justo lo inverso a la retórica cinegética, donde prima el trofeo del más grande y dotado, dejando al medio sin el individuo con mejor herencia.

Asimismo, la intervención en el hábitat del lobo y su caza produce falta de cohesión interna en las manadas y su complejísima estructura social, generando conductas y situaciones de enorme riesgo para la supervivencia de la especie.


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