En la fantástica película de Tim Burton, ‘Big Fish’ (basada en Big Fish: A Novel of Mythic Proportions de Daniel Wallace), cuando su protagonista, Edward Bloom, decide contarle el otro relato del mundo a su hijo, Will Bloom, lo hace con un doble objetivo: el amor y la búsqueda de la felicidad. Con el tiempo, Will irá echándose a un lado de aquello, necesitará palpar el tono de ese sofismo ilustrado que reniega de lo oculto, entregar su ser a la razón y caminar sin capa y antifaz para formar parte del tejido social, hasta el punto de enfrentarse agriamente, incluso odiándolo, al pomposo trayecto de vida que le contaba su padre en la cabecera de la cama.

Esa, la de Will, es la parte más peligrosa de la aventura, en la que el transeúnte, que viajaba a lomos de relatos fabulosos, se pierde en el transecto. Pero el hijo de Edward Bloom, que tuvo uno de los mejores guías, se da cuenta en un tramo de la película de la genialidad en la que le instruyó su padre. La historia fantástica de Edward contaba la verdadera forma de percibir la infinita complejidad de lo que nos rodea y sus mundos; de ver lo que no se ve a simple vista; de preguntarle al viento, la piedra y las olas cuál es su historia.

El protagonista de Big Fish, Edward, realiza una enseñanza modelo para que su hijo no pierda detalle. Es una enseñanza valiente y luminosa. Por eso las alegorías eran protagonistas de la narración que el padre le contaba al hijo, porque normalmente son ellas las que se arriesgan a comparar todas las identidades y a soportar cada uno de los senderos.

Fotograma de la película. (F: i0)

Precisamente la metáfora que usa el mito hace eso, construye puentes más allá de los conceptos, a veces dibujando verdades veladas sobre callejones nunca asfaltados, porque nada de lo que merezca la pena en esta vida es evidente. Uno puede resumir mil acentos de excitación en un segundo, pero será incapaz de borrar de su interior aquello que fue tan auténtico por inesperado. Por eso lo salvaje se presenta súbitamente, fruto de la paciencia, del silencio, del entendimiento. Uno se encuentra con su magia por creer en ella, ya que buscarla es asunto complejo. Es como el instinto, su habilidad se entrena una y otra vez sin exigir iluminación y solo así se presenta de pronto y sin previo aviso.

Lo que cuenta Homero no solo no es falso, sino que narra una verdad más profunda.

Desde el lenguaje y la psicología a la semántica y el branding de Netflix -donde cada una de sus series repite, de forma tan tozuda como eficaz, el ‘viaje del héroe’- los mitos siguen vivos. Más que eso, fulgen en plenitud. No debería extrañarnos, siempre fue así. Allá donde los razonamientos y las ideas se pierden entre las nebulosas insondables del conocimiento finito de la mente, allá donde crece la incertidumbre en la búsqueda del saber de saberes, emerge con respuestas la narración del mito, que alimenta el corazón. Y toca el alma.

Así, el tribunal de la razón seguirá presentando batalla a su antagonista y seguirá perdiendo en su lucha por el triunfo definitivo, pues los canales poéticos y los códigos alegóricos del mito fluyen entre los órganos del logos, se alimentan de su mismo lenguaje y aunque a veces sus bondades medren en estratos subterráneos, sus vocablos servirán para componer y presentar un metarrelato humano de mayor valor y mucho hondo y coherente. Le guste o no a la razón.

Edward Bloom es un actor del reverso, de cuento, es ese enorme pez hambriento de horizontes que nada a contracorriente y solo espera una cosa: el infinito.


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