Cuando el abrigo reversible celeste expulsa el sol hacia Occidente y recubre su cuerpo de estrellas, la luz muta y el terreno se refresca y revitaliza. Entonces, tiznadas de lóbregas pinceldas se quedan las dunas del desierto, recubiertas de matices, repletas de contrastes vivos, salpicadas de maravillas visuales escondidas como remanentes añejos de la memoria ancestral que nos viene dada. Un espectáculo sin igual al que abandonarse, pues es reflejo de la belleza universal. Allí mora la brisa nocturna y su gélida caricia, y a su lado se despereza el hálito del inframundo, con sus aromas tan incivilizados y primarios, tan añejos y cautivadores. Es el instante en que la mancha gana la batalla al detalle. En que el mundo se voltea.
Esa es justo la hora más larga de la vida: la muerte. Esa es la hora del chacal negro.
El verdadero dios de la muerte, que también lo era de la vida
Antes de Osiris, amigo de los hombres, la noche y la oscuridad fueron la vida, que no era una cara, sino dos mitades: vida y muerte. Juntas. Anubis era por entonces su indiscutible señor en el Reino Antiguo, donde el limo fértil del Nilo, de aspecto bruno, era símbolo de regeneración, de regreso al origen de la tierra. Y de fertilidad, de una vigorosa y atezada naturaleza en esplendor.
Eso sucedía cuando el color negro era la vida.

En el lenguaje arcaico del mito egipcio -siempre en constante diálogo de apego y rechazo, de acoplamiento y oposición-, desde su lógica, el chacal negro parte como el señor de occidente, como dios del ocaso. Este juez de los muertos es drástico, metódico y preciso. Es el carroñero que limpia la orilla cuando la materia se apaga, es la implacable marea que vadea los dos mantos, henchido de pragmatismo. Siempre vigilante; es, también, el altar de la franqueza, de la esencia, del polvo y la ceniza.
¿Quién era Osiris para los egipcios y quién fue para otras religiones?
Y Osiris le arrebató esa ofrenda de sinceridad dada a todos los seres vivos.
Cuando declinaron en Egipto los tiempos de bonanza de los grandes monarcas del pasado, los primeros, aquellos que erigieron el Reino Antiguo y sus monumentales necrópolis, se democratizó el Más Allá de la mano de Osiris, momento en que el guardián ancestral natural, Anubis, perdió su poder real y simbólico sobre los seres humanos. Fueron los tiempos del Amentes, de la justicia y la verdad impartida por el nuevo monarca del inframundo, aquel hermano a quien el odio de Seth arrebató la vida. Los tiempos del juicio final, en donde Aam, el monstruo devorador, se alimentaba de quienes no habían sido justos y virtuosos en su paso por la vida, de quienes se veían expuestos por sus pecados en el juicio final ante la simetría de la pluma de Maat, icono de igualdad, equilibrio e imparcialidad.
Pese a siglos de silencio, a pesar de un sacerdocio infiel al dios cánido, el chacal mantuvo su guardia y siguió vigilando. Lo hacía de reojo; en apariencia, como mero espectador.
Mientras, Osiris fue el Dios sufriente, que tanto influirá en todo el Mediterráneo -sin ir más lejos, véase un cristianismo al que iluminó- y con él llegaría la resurrección y esperanza que deseaban quienes entre el pueblo habían pasado penurias. Se dijo que era el Dios de los pobres. Con él se instauraba la magnanimidad y la promesa de la salvación. Y su legado pasó los días sobreviviendo hasta los nuestros, como la promesa salvífica en la vida venidera.
Mas, la muerte es el sendero intransitable, un mar oculto, la desazón perpetua. Es, a lo más, un mundo alimentado con la incertidumbre de los vivos.
Por eso, entre las dunas, en la noche que da respiro del ser humano a la arena del desierto, al Nilo, a la misma tierra, el chacal negro esperaba -y aún espera- en un segundo plano. Espera como lo hiciera desde el principio de los tiempos, sabedor de que el cuerpo será su festín, de que la carne debe descomponerse, de que su fuerza y alma se unirán al polvo cósmico, a su vida-muerte, al equilibrio de la naturaleza salvaje y primigenia.
Su hora siempre nos llega a todos.
Foto portada: detalle de Abu Simbel. (F: Javier Álvarez Fariña)
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Las fórmulas descritas emulan su batir de alas, en este caso mágico, dándole al monarca ese poder, esa capacidad de movimiento, trascendencia y libertad…


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