En una concurrida sala de conferencias de la Sociedad Geológica de Londres se presentó en diciembre de 1912 el que sin duda era el eslabón perdido de la humanidad, un descubrimiento genuino llevado a cabo por Charles Dawson, con la colaboración de Pierre Teilhard de Chardin y Arthur Smith Woodward.

Este iba a ser un hito que cambiaría no solo la paleoantropología mundial, sino el mismo concepto del ser humano. Y efectivamente así lo hizo, en parte por la insistencia británica y también por el contexto de su época, el problema era que estábamos ante una de las mayores estafas de la historia de la ciencia.

Esta es la historia del hombre que nunca fue, del hombre de Piltdown.

Un tiempo antes, al sur de Ashdown Forest, en East Sussex, Inglaterra, Dawson, abogado de profesión y arqueólogo en sus tiempos libres, había desenterrado la mitad derecha de una mandíbula simiesca, con una dentición susceptible de parecer humana. Los restos habían sido hallados junto a varios animales extintos, lo que garantizaba su antigüedad, y sus molares se parecían demasiado a los nuestros. Desde entonces, Teilhard y Smith Woodward le acompañaron en este viaje. De hecho, el segundo, que sí era paleontólogo y conservador del Museo de Historia Natural, fue más allá: se dedicó a realizar reconstrucciones con escayola del cráneo pese a carecer de los conocimientos para ello. ¿Con qué fin? Presentarlo con bombo y platillo en la Sociedad londinense.

Charles Dawson en una foto de época. (F: SHI)

Eoanthropus dawsoni, como lo denominó Smith Woodward, era el summum de los hallazgos y sus características configuraban un digno antepasado común: su cráneo era claramente el de un humano, pese a su mandíbula simiesca, y era un espécimen inglés. Anatómicamente era único, tanto que contradecía totalmente los parámetros del resto de homínidos descubiertos hasta la fecha, entre otros, el Homo neanderthalensis (1856) o el Homo heidelbergensis (1908). Y eso fue lo que despertó el escepticismo de algunos especialistas.

Pese a que se ha asegurado que durante casi 40 años la comunidad científica creyó el fraude, lo cierto es que desde la presentación de Eoanthropus dawsoni hubo fuertes críticas a su autenticidad. Fruto de ello, en los siguientes años, De Chardin y Dawson se esforzaron por hallar dientes y restos de cráneo en la zona, restos que compartían los mismos parámetros que su eslabón perdido. Todo ello fue presentado como irrefutable por Smith Woodward en 1917, ya con Dawson muerto.

Las ansias por desear que fuera verdad y la extrema opacidad y el difícil acceso a los restos hicieron que el fraude prosperara, siendo finalmente aceptado con reservas por las revistas y parte de la comunidad científica.

El tiempo, sin embargo, iba a ser el enemigo del hombre de Piltdown. Pasaron los años y los descubrimientos de homínidos fueron en aumento, como el conocimiento sobre ellos, y esto hizo aún más raro al espécimen inglés. Por eso en 1949 el geólogo británico Kenneth P. Oakley demostró mediante análisis de flúor que los restos no eran tan antiguos, mientras que los anatomistas Joseph S. Weiner y Wilfrid E. Le Gros Clark descubrieron el pastel: el cráneo, efectivamente, era humano, pero la mandíbula era de un orangután. Pero no solo eso, esta pieza había sido rota deliberadamente en distintos puntos coincidentes, lo que dificultaba su conexión, mientras que la dentadura había sido limada para que pareciera humana. En 1953 expusieron sus resultados, estos sí irrefutables, en el Museo de Historia Natural, y el estupor y el bochorno fueron universales.

Aún hoy se considera el mayor fraude de la historia de la paleoantropología.

El porqué del que tenemos mucho que aprender

Pese a que la autoría del fraude no está del todo resuelta (se cree que Dawson fue el único y verdadero estafador), lo que sí ha quedado claro es que la comunidad científica británica se equivocó hondamente por su falta de visión científica, es decir, porque quisieron creer que la mentira era verdad. O lo que es lo mismo, se antepuso la ideología y el dogma a la evidencia. Un fake news de categoría ¿Les suena?

Hay varios componentes que facilitaron que este fraude prosperara durante tanto tiempo. En la época, considerar a restos como el Homo erectus o incluso el Neandertal, con rasgos simiescos, como antepasados del Homo sapiens era para ciertos grupos dogmáticos una perversión, siendo el Eoanthropus dawsoni mucho más humano y digno: era mejor tener una capacidad craneal grande, con una mandíbula simiesca, que ser un simio en toda regla. Tengan en cuenta que para mentalidades tan predispuestas al eurocentrismo, aquello desligaba al ser humano de los animales; mostraba nuestra superioridad sobre el resto de seres vivos. Si lo quieren, evitaba el contacto.

De ahí pueden reinterpretarse los prejuicios de una época oscura que, en parte, nos ha dejado uno y mil sesgos históricos -y de otra clase- que la ciencia descompone cada día.

Examinando el hombre de Piltdown.

Hoy en día los hay que tratan de rebatir una historiográfica que ha desentrañado la tendencia eurocéntrica y el rechazo a los orígenes africanos del ser humano; prueba de ello la encontramos en el rechazo tradicional británico a los descubrimientos de Australopithecus.

Pero focalizando en el hombre de Piltdown, lo cierto es que venía muy bien su estatus de eslabón perdido, de tesoro humano. Para empezar era inglés y eso daba prestigio. En un país escaso en este tipo de restos fósiles, Eoanthropus dawsoni no era solo un origen unívoco, era una bandera de orgullo nacional y racial. No hay que hurgar demasiado para leer entre líneas -en clave cultural e ideológica (ya lejos de la ciencia paleoantropológica)- esas habituales obsesiones y ofuscaciones anglosajonas por la predestinación. Concretamente casi podemos oler una de actualidad, la calvinista, exportada a Estados Unidos en el siglo XVII por los colonos puritanos británicos y reinterpretada por los estadounidenses hasta nuestros días con el Destino Manifiesto.

Foto de portada: reconstrucciones de homininos. (F. National Geographic)

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