La creación del Parque Nacional de Yellowstone el 1 de marzo de 1872 fue un hito inconmensurable en la historia humana contemporánea, especialmente sobre ciertos intentos ecuménicos, aún por consolidarse más de un siglo y medio después, por preservar el patrimonio natural y su valor intrínseco; ya saben, ese que debería ser de condición (muy) superior al imperio económico-político, de carácter identitario y ancestral. Volviendo al territorio estadounidense, de una belleza sin igual, es indudable que este ha cautivado desde entonces a propios y extraños e inspirado miles de acciones de protección sobre áreas naturales singulares de todo el planeta. Pero, ¿fue realmente Yellowstone el primer espacio protegido? ¿Todo comenzó en Estados Unidos?

El Congreso y el presidente, Ulysses S. Grant, designaron en 1872 el primer Parque Nacional. (Foto: Thoughtco.com)
Sí y no. El deseo y, mucho más importante, la voluntad moderna de preservar espacios naturales por su carácter inmensurable, caracterizándolos como inalienables, de importancia clave, nació mucho antes de la declaración norteamericana. Aunque la figura de protección del territorio entre los estados de Wyoming, Montana e Idaho sí es un elemento distintivo e innovador -en el sentido de estar amparado por los sistemas jurídicos, legales y administrativos-, hay que decir que existen precedentes más antiguos de una voluntad similar. Por ejemplo, en 1735, Nápoles instauró unas leyes sobre los espacios naturales limítrofes con la urbe.
Pero vayamos al meollo. Sí, la protección específica de un entorno de naturaleza salvaje tiene antecedentes más remotos al hito del Oeste de EEUU, concretamente hay constancia de que Trinidad y Tobago en el siglo XVIII, más específicamente en 1776, instauró la Reserva Forestal de Main Ridge, siendo quizá la primera área protegida, con figura administrativa moderna sobre sí legalmente establecida. Y como este espacio, también hemos de nombrar el Bogd Khan Uul de Mongolia, una montaña que goza de una protección oficial de enorme antigüedad: 1778.
Ahora bien, ni siquiera estas zonas serían las más antiguas con decretos o normas oficiales de protección, sino que tenemos que ir mucho más atrás en el tiempo para hallar constancia de un territorio natural protegido -por así decirlo, como tal estipulado- por una civilización o estado. En torno al tercer siglo antes de Cristo, el Santuario Mihintale, cercano a Anuradhapura, en la actual Sri Lanka, fue posiblemente preservado de forma legal y oficial por el rey Devanampiya Tissa. Y no es el único ejemplo, es más que probable que existieran otros lugares naturales o espacios forestales protegidos por el ser humano en la antigüedad, incluso más antiguos que el citado esrilanqués, seguramente respetados por su valor sagrado y belleza superior a cualquier tasación, aunque la arqueología y la historiografía solo pueden intuirlo, ya que, en el plano empírico, diluyen su paso firme en el rastreo de este tipo de constataciones.

Pico de Mihintale. (F: Wikipedia)
Lo que está claro es que ahora que la Tierra y los otros animales viven una era de crisis sin precedentes en términos relativos al tiempo en que el ser humano empezó a caminar sobre el planeta, cuando más se ha soslayado por nuestra parte la necesidad de imponer ciertas líneas rojas al utilitarismo y la mercantilización de la vida, estos esfuerzos del pasado nos devuelven un reflejo que debería sonrojarnos; baste sentarse un día por Yellowstone, Main Ridge o Mihintale para darnos cuenta de cuánto nos hemos desviado del camino, de cuán ciegos estamos.
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