Guerra, fe en lo sobrenatural, el eterno viaje a ninguna parte y el agua construyeron al gigante vagamundo Robert Allen Zimmerman, hoy mundialmente conocido y reverenciado como Bob Dylan, una de las figuras más importantes de la música. Veinte años antes de que el artista de Minnesota tocará en el Carnegie Chapter Hall de Nueva York, justo antes de despegar en la industria musical (allá por los últimos días de 1961), nacía en Duluth (1941) este incomparable trovador moderno, un tótem vivo de un mundo, el nuestro, que solo fue soñado.

Zimmerman actuando de adolescente, en 1959 (F: subreddit )
Dylan ha venido reflejando como pocos durante más de seis décadas los sonidos de los rincones turbios, los vericuetos encerrados, las esquinas oscuras, los complejos heredados, los anhelos susurrados o las tramas enmudecidas de esa otra Estados Unidos, un vasto territorio de contrastes imposibles que ahoga unas verdades a las que el cantautor pone apellido, esas que, diluidas sobre el discurso nuclear estadounidense, son más reales, más crudas y más jugosas, más representativas si cabe, que la carcasa mediática que exporta y reporta la tierra de las barras y estrellas.
A Bob Dylan, tan poliédrico, tan encriptado, se le puede agradecer al menos eso, habernos instruido en el lenguaje del alma vulgar de una época. Como dijo Joaquín Díaz, una voz «límpida, perfectamente delimitada, libre de todo estorbo».
Dicen algunos que Every Grain of Sand es un grito hacia lo remoto, lo sacro que hay bajo cada capa de esta realidad; a la vez pienso que quizá Blowin’ in the Wind en realidad sea el viento quien, desesperado, busca una identidad que no llega y nunca lo hará, pero, aun siendo consciente de ello, la sigue buscando. Tal como yo lo veo, posiblemente Highway 61 Revisited sea un homenaje al interior de uno mismo, llamando a cada uno a despertar del hipócrita mensaje hegemónico al que rinde reverencia y en el que solo hay una certeza, que estamos solos en esta orilla. De igual modo creo que ese viaje solitario es alentador. Lo cierto es que sumergirse en Dylan supone navegar por un río de expresividad entre el relato mundano de su país, una melodía simbólica expectante entre cada sonido del curso menos transitado, como un altavoz de vocablos y murmullos olvidados por la Historia. Y, como sucede con los grandes y su mensaje, lo cierto es que no hay un Dylan, sino muchos.

Dylan, grabando en 1962 (F: Cúpula)
Pocos sabrán que su primer gran reflejo en la música tuvo algo de tragedia griega, con el carismático Buddy Holly inspirándole tras su sonrisa, sus rotundas gafas de pasta y su repentino final: se mató en 1959 en un accidente aéreo que le costó ‘solo’ 36 dólares. Y no sé si conocerán que Dylan, quien fue antes Bobby (Zimmerman) y Elston Gunn, amó el blues, el country y el rock and roll, pero dejó todo aquello, como su lugar de los mil lagos, y se enamoró de la música del viajero, la del sendero: el folk. Lo hizo en su primera gran travesía, desde Duluth a Mineápolis. De allí, idolatrando a Woody Guthrie, al que denominó «su último héroe», viajó a Nueva York, donde actuaba por un dólar y una hamburguesa de queso y llegó a conocer al popular cantante de folk, aquejado ya de la rarísima y también gravísima enfermedad de Huntington (murió en 1967) y al que dedicaría en vida Song to Woody (1962). En su particular caminar, el joven Zimmerman pronto supo abrirse camino en ‘la ciudad que nunca duerme’ para llamar la atención de Robert Shelton en el Folk City, donde poco después su carrera se disparó de forma exponencial, convirtiéndose rápidamente en un mito moderno.

Woody Guthrie cantando en Nueva York en 1943. (F: Life)
Nacido entre dos conflictos que lo marcaron, la segunda guerra mundial y la guerra fría, y dejando atrás su natal ‘tierra del agua’, Dylan también supo de alguna forma abandonar el rock and roll y el blues, en los que tanto influyó, porque estaba destinado a «algo más serio», a enarbolar la bandera de esas voces que se diluyen en los relatos, aquellas sílabas de la tristeza, los sentimientos y las alegrías de las historias vulgares y los espíritus escondidos entre las rocas silenciadas.
Para mí este viaje está siendo un placer, Mr. Zimmerman.
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