Analizando la muerte entre los Andes Amazónicos de Perú hasta el Imperio Persa Aqueménida, pasando por la meseta castellana, queda constatado que hubo un tiempo en el que los seres humanos honraban a sus fallecidos de maneras bien distintas a los procedimientos modernos. Quiero detenerme en 3 prácticas funerarias insólitas, cargadas de simbolismo y poder ritual, tres para las cuales nuestra forma de dar el último adiós sería, observada desde su punto de vista, francamente ridícula.
Si bien hoy las normas establecen la obligación de enterrar o incinerar a los difuntos por motivos de salud pública, lo cierto es que irónicamente nuestras reglas son las más privativas en cuanto a la descomposición natural del cuerpo, a través del medio físico, se refiere. Esto, ya de por sí antinatural, también choca con formas antiguas de enterramiento humano. Tampoco les fue extraño en el pasado aquello de seprar los restos mortales de la naturaleza, algunas prácticas funerarias fueron varios pasos más allá en el proceso de aislamiento tras el deceso.
Para multitud de culturas y civilizaciones a lo largo de los siglos, el último homenaje era la puerta abierta hacia la otra orilla, un instante sacro, y para ello se orquestaban una serie de códigos escatológicos, cada cual destinado, en mayor o menor medida, a devolver la materia orgánica a las fuerzas primigenias y originales. Ahora bien, como digo, no todas las vías religiosas o espirituales fueron tan claras en sus creencias, algunas cumplían con un propósito diferente, el de encerrar y aislar hasta el extremo los cuerpos.
Hablemos pues de tres ejemplos muy concretos del pasado, tres tipos de enterramientos que buscaban objetivos opuestos al pragmatismo moderno, en ciertos casos rindiendo un homenaje de dignidad al ser perdido y su legado, tratando de elevar y purgar el alma del difunto, su cuerpo y su espíritu.
El silencio de purificación iraní
Resulta complejo identificar un instante concreto en el que la religión zoroastriana penetró en el Irán antiguo, sin embargo el rito funerario persa de exposición de los cuerpos en lugares elevados, a merced del aire purificador y los carroñeros, debe necesariamente mirar aquellas creencias y, en sus orígenes, al Imperio Persa Aqueménida, así como al establecimiento del culto de Ahura Mazdā y el maligno Ahriman.

Torre del silencia en Irán (Foto: reedit)
Distinguir la evolución de estos enterramientos sorprendentes, los dakhmas, también conlleva problemas, con todo, este concepto queda más pronto o más tarde asociado a estos ritos de exposición, donde el difunto es alejado -seguramente suspendido de cuerdas o en zonas apartadas e inhóspitas- no solo de poblaciones, sino de los elementos sagrados de la naturaleza, principalmente para no contaminarlos. A tal propósito, el cuerpo es consumido, y una vez eso ocurre, se recupera. Un ejemplo son los sky burials (torres del silencio), una evolución posterior de las formas originales de exposición, que indudablemente fueron configurándose en el entorno aqueménida mediante una serie de características muy precisas: estructuras sin techo, que permitían (aun hoy) la entrada de los animales y el aire, lejos de cursos de agua y poblaciones; circulares y opacas, altas y ciegas, con sistemas de drenaje de líquidos y un bhandar (pozo) donde quedan los restos descarnados.
En lo más recóndito de Perú, aislado para siempre
En época preinca de Perú, aproximadamente desde el siglo VIII y hasta la llegada de los españoles, se desarrolló y proliferó, sobre todo a partir del siglo XI, la cultura de los chachapoyas. Estos fueron perseguidos por el inca Tupac Yupanqui en el siglo XV, algo de lo que todavía hablan las fuentes españolas en el XVI. Pues bien, estos grupos étnicos construían sarcófagos y mausoleos impresionantes en lugares escarpados, prácticamente inaccesibles.
Uno de sus ejemplos más extremos es el de Carajía. Situado a 2700 metros de altitud, de bastante más de dos metros de altura, están realizados en arcilla, con formas antropomorfas y donde el muerto no descansa tumbado, sino de cuclillas.

Sarcófagos de Carajía (F: intupacusco)
Ejemplos hay multitud, como los de Légate o Ayachaqui, donde yacen los restos para siempre de los purun machu, personajes notables de las comunidades. Incluso hay mausoleos más monumentales y recónditos, como el de El Pueblo de los Muertos, en Lamud, a más de 2000 metros; o el de Revash, por encima de los 2800 metros.
Estas prácticas llegaron a ser tan efectivas que los humanos han permanecido encapsulados, incólumes, hasta el siglo XX.
El alma inmortal del guerrero
Los vacceos fueron un orgulloso y complejo grupo étnico celta prerromano de la península Ibérica, ligado a la planicie castellana y al valle fluvial del Duero. Estos celtas ‘castellanos’, enormes guerreros, poseían un estilo de vida agrícola y ganadero, siendo permeables a los influjos de las migraciones. Además, su poder e influencia, así como su compleja sociedad, chocó con dos civilizaciones invasoras y colonizadoras, como Roma y Cartago, por lo que parte del conocimiento que de ellos tenemos nos ha venido legado desde fuentes clásicas, no siempre fiables. Por suerte, en la actulalidad la arqueología también ha permitido indagar más en su forma de vida, pero, aún con todo, el conocimiento de su cultura es relativo.
Posiblemente excepcionales en muchos ámbitos, su sociedad estaba más o menos jerarquizada, pero era asamblearia, con pruebas de una explotación de la tierra comunal y colectiva. A la vez, gozaban de creencias complejas, con rituales y ofrendas heterogéneas, donde se puede decir que existieron cultos lunares y una veneración por entidades y fuerzas naturales, protectoras de la vegetación.
Su visión del más allá también era particular. Una de las prácticas funerarias más comunes era la cremación, sin embargo, no era la más notable y extraña, ni siquiera la más digna. Los guerreros gozaban de un estatus enorme y así como los vacceos despreciaban a los cobardes de entre ellos, hasta el punto de injuriar sus cadáveres, a la vez honraban de la más alta forma a los valientes, para quienes se reservaba un honor excepcional: ser expuestos para ser engullidos íntegramente por los buitres.

Estos animales, hoy claves en los ecosistemas, ya eran sagrados para los vacceos, quienes concedían a sus más grandes guerreros el honor de ser comidos por estas aves de enorme porte, y lo hacían con un fin: que sus restos se elevaran a los cielos, a lo más alto, y que lo hicieran dentro del comedor de cadáveres, el buitre, que era un vehículo celeste.
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