Hace aproximadamente unos 3.000 años un grupo de sacerdotes de Amón depositaron los cuerpos de algunos de los faraones más importantes del Imperio Nuevo de Egipto en un refugio secreto y recóndito, lejos de saqueadores y del resto de la humanidad. En 1881 se descubrió ese auténtico tesoro escondido, que vió la luz en las montañas de Deir el-Bahari. Allí, entre otros reyes, reposaba Tutmosis III, un faraón que ha sido visto como hostigador de otra figura más que notable de ese fascinante enclave de la ribera occidental del río Nilo: Hatshepsut.

Mucho se ha escrito sobre su turbia relación y de cómo aquel quiso borrar de la historia a la reina, pero, ¿y si después de todo el faraón no pretendía eliminar el nombre de la poderosa monarca, sino arrebatarle su poder? O más inquietante aún, ¿y si quiso heredar su magia?

Si pudiéramos trasportarnos a su tiempo sentiríamos la elevadísima sombra que proyectaba la reina-faraón de la dinastía XVIII sobre su sucesor. Hoy en día esta es palpable incluso leyendo la arquitectura monumental, concretamente el complejo Djeser-Djeseru. Esa gigante presencia de la reina sobre su hijastro (y sobrino) era tan fuerte que hasta hace bien poco se creía que este -a la postre, uno de los más grandes faraones que existieron- se dedicó en vida, una vez muerta la faraona, a destruir el nombre de Hatshepsut. Se habló incluso que trató de realizar con su legado el peor pecado: llevar a cabo damnatio memoriae sobre la mujer que más tiempo estuvo en un trono imperial.

Sin embargo, nuevas averiguaciones sugieren que las prácticas de destrucción de iconografía de Hatshepsut por orden de Tutmosis III, es decir, contra la misma memoria de la faraona, tal vez fueron de otra naturaleza, incluso con otros fines. Según una nueva hipótesis, el tratamiento de Tutmosis habría sido más profundo, simbólico y oscuro, y sus objetivos tendrían que ver con lo mágico.

Una vuelta de tuerca

La investigación, liderada por Jun Yi Wong, procedente de la Universidad de Toronto, propone que el objetivo de la destrucción de las estatuas de Hatshepsut por parte del monarca que la sucedió, su sobrino, puede ser, más que una afrenta material, una práctica ritual. Según esta publicación de Antiquity, el análisis de los ataques a las esculturas y tallas de Hatshepsut revela que esos daños ocasionados a las estatuas y monumentos de la faraona en muchos casos no van dirigidos a su rostro, como se esperaría de un damnatio memoriae, sino que atacan elementos clave de la estructura, lo cual tendría una explicación más enigmática.

El análisis propone que Tutmosis III no quería simplemente borrar el nombre de su predecesora, sino más bien arrebatarle o heredar su poder mágico ¿Cómo? Mediante la desactivación ritual del poder latente en sus representaciones, de ahí que el daño a sus estatuas esté en puntos clave de las estructuras, como el cuello o las extremidades, no habiéndose realizado una destrucción iconoclasta; digámoslo así (en un sentido clásico) como sufrieron personajes de Amarna o, en el ámbito romano, Nerón y Cómodo.

Hay que decir que la intervención ritual posterior sobre las tallas de reyes precedentes por parte de sus sucesores o sacerdotes que los sobreviven no es nueva en Egipto, pero sí lo es este novedoso tratamiento a la memoria de la importantísima faraona -que gobernó las dos tierras durante 22 años- por parte de su sucesor y pariente. Cabe apuntar que Tutmosis III vio retrasado su ascenso al trono por la estancia prolongada de la regente, Hatshepsut, quien después le quitó su derecho y se autoproclamó reina-rey hasta su muerte.

Fragmentos de una estatua de Hatshepsut (F: Museo Metropolitano de Arte, Cambridge University Press)

Desde esta nueva perspectiva, el nuevo faraón habría buscado desactivar el poder de la monarca desposeeyendo de su influjo ritual a sus imágenes, y, a la vez, reutilizando este -mediante las estructuras demolidas (Agujero de Hatshepsut)- en su beneficio; es decir, en sus propias construcciones, ya en teoría carentes de la magia de aquella.

Esta nueva explicación sobre la relación entre Tutmosis III y la forma de tratar la muerte de la reina-faraón Maatkara Hatshepsut reincorpora nuevos paradigmas de interpretación no solo en este caso concreto, sino también en este tipo de prácticas ‘contra’ la memoria del difunto.

En cualquier caso, la investigación hace todavía más hincapié en la visión del poder inherente de las imágenes para la sociedad y religiosidad egipcia.

Fuente: The afterlife of Hatshepsut’s statuary

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