La mirada azul, sugerente y pensativa del actor Travis Fimmel salpica enseguida el imaginario colectivo cuando pensamos hoy en día en Ragnar Lothbrók, el legenadrio aventurero y guerrero escandinavo que buscó nuevas fronteras de forma indómita. Tal es el poder de atracción de su figura mitológica y, por ende, de su mundo, el vikingo, de sus misterios y de su brutalidad. Paradójicamente ese salvajismo, que históricamente no define la cultura nórdica medieval, a nosotros en la actualidad nos resulta fascinante.
Ragnar forma parte de las denominadas fornaldarsögur. Estas sagas islandesas, aún siendo bastante tardías, nos dejan entrar de lleno en la profunda y ambivalente visión espiritual y ética vikinga, que era enorme, y de ahí saltar al campo de la historia, donde caminaremos por arenas movedizas. Si hemos de manejar la figura de este monarca desde la realidad histórica debemos irnos al siglo IX, donde este supuesto hijo de Sigurd Ring fue capaz de innumerables hazañas y saqueos a lo largo de media Europa. De hacerlo vemos que, de alguna manera, Rangar incluso tuvo tiempo de extender sus ambiciones sobre la península ibérica.
Ahora bien, con Ragnar como azote de media Europa, incluso como personaje real, navegamos entre la bruma.

Los relatos de las fornaldarsögur hay que cogerlos con cuidado. Y como tal, la historicidad de este guerrero se debate entre dos mundos; curiosamente los que tanto están presente en la mente nórdica bajomedieval. De un lado, es más que improbable que existiera Ragnar, al menos vinculado a tantas y tan variadas gestas; por otro, es evidente que las sagas legendarias, en su capa más profunda, dan pinceladas históricas, tanto en las épocas previas a la era vikinga, como en sus momentos de eclosión. Por eso los relatos sobre este monarca navegan entre dos orillas.
Siendo así que si hemos de mojarnos en esas aguas hay que decir que probablemente se aglutinó de forma intencionada sobre un solo héroe las proezas de distintos reyes, de los que, por otra parte, sí hay constancia.
De norte a sur peninsular
Y tan variados fueron sus logros que la figura del legendario caudillo sueco puede rastrearse hasta la península ibérica, concretamente en ese siglo noveno. Aunque el territorio peninsular padeció muy someramente las incursiones vikingas -si comparamos el volumen de estos saqueos nórdicos con los de otros lugares de Europa– lo cierto es que sí hubo ataques escandinavos en el territorio de la vieja Iberia, algunos bastante documentados. Sobre todo hay dos muy concretos que llaman la atención en la historiografía: el de 844, documentado por Muhammad al Razi, y el de 859.
Este último es en el que voy a detenerme.
Tras un conflicto en Sevilla de los navegantes del norte contra Abderramán, los primeros regresan con fuerzas renovadas. Lo hacen tres lustros más tarde capitaneados por Hástein y el teórico hijo de Ragnar Lothbrók, Björn Costado de Hierro (denominado así por su capacidad para salir indemne de cuantas peleas le salían al paso). Estos jefes habrían liderado una flota de entre 60 y 100 naves, la cual (otra vez, como en 844) salió del Loira rumbo a la península, donde saquearon el territorio de norte a sur, atacando desde Santiago de Compostela (con suerte dispar) a Sevilla o Cádiz. Tras ello, lograron por primera vez y de forma victoriosa abrirse paso por el Nörvasund (estrecho de Gibraltar), llegando al Miðjarðarhaf (Mediterráneo).

Su ruta es descomunal. Y muy fructífera. La expedición habría asaltado a conciencia, en su incursión de ida y vuelta y de norte a sur, la península ibérica, baleares y el norte de África, consiguiendo en multitud de ocasiones salir de forma cuantiosa de sus acciones de piratería. De ser así, el objetivo del ejército nórdico habría generado incontables riquezas a las arcas de Björn en particular y de un gran conocimiento a la navegación vikinga en general.
Siguiendo esta historia, hasta nuestras costas habrían llegado las proezas de Ragnar. Hay que decir que en la actualidad hay bastante unanimidad sobre la existencia real de Björn; objeto de un mayor debate son las diferentes capas de piel en forma de epopeyas que se le atribuyen al sucesor de los Lothbrok.
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