Durante el apogeo de la era vikinga hubo una mecha propensa para un ingente número de saqueos e incursiones escandinavas en el noroeste de la Europa continental: el enfrentamiento fratricida en los territorios francos. En el siglo IX los vikingos encontraron una fuente inagotable de lucro en la actual Francia, al menos durante dos décadas, hasta que Carlos El Calvo puso coto a sus actividades mediante una hábil maniobra, que, curiosamente, transportó el problema nórdico directamente hacia Inglaterra.
Veamos qué pasó.
Un calvario
Tal día como hoy hace 1161 años (864) el que sería nuevo emperador (consiguió ser coronado gobernante del Sacro Imperio Romano Germánico por el Papa Juan VIII el 25 de diciembre de 875, tras la muerte de Luis II) dictaba un acuerdo, dentro de otros tantos, en Pitres que cortaría de raíz la piratería vikinga en la Francia Occidental, la cual se había visto asolada por invasores del norte desde la muerte del hijo de Carlomagno, Ludovico I El Piadoso, en 840.
La guerra civil en el Imperio carolingio entre los tres nietos de El Grande, Carlos El Calvo, Lotario y Luis El Germánico, tardaría en enterrar años de enfrentamientos sangrientos una vez se dio la muerte del padre estos, el monarca pío. Las tensiones territoriales entre los herederos fueron una constante desde el primer momento y, por ende, un auténtico acicate para los nórdicos, que sabían como pocos remar entre el caos. Es más, las duras disputas de los regentes imperiales marcaron un apogeo enorme en las campañas vikingas en territorio carolingio durante gran parte del siglo noveno. Sin duda, los ejercitos de saqueadores se aprovecharon de los vacíos de poder para irrumpir con furia a través del Loira (de donde partirían expediciones a la península ibérica, como os conté), el Somme y el Sena.

Lo curioso de estos elementos disruptivos vikingos es que obraron de forma cultural, propagándose como voces desestabilizadoras y disgregadoras entre los poderes que representaban los pretendientes al trono imperial carolingio (que ostentó Luis II, hijo de Lotario I, hasta que Carlos II se hizo con la corona) ¿Y cómo lo hicieron? Para ellos fue sencillo. Conocieron rápido el terreno y las fuentes de riqueza, de modo que se aliaron con unas u otras facciones para hallar el lucro, e incluso favorecieron la disputa entre ellas, generando un desconcierto propicio para sus actividades.
Desde mercaderes a mercenarios, pasando por exploradores o directamente operando como agentes del desorden político y social, los nórdicos se escabulleron entre las clases sociales obteniendo beneficio a su antojo de un imperio disgregado y partido en tres mitades desde el Tratado de Verdún (843). Sin ir más lejos, es en esta época donde se inserta el saqueo de París por parte (supuestamente) del legendario Ragnar Lothbrók, en 843.
También la arqueología referida a este tiempo es bastante elocuente sobre esta época dorada de la piratería, revelando pruebas de las actividades masivas vikingas en suelo carolingio; ahí están las numerosas monedas, objetos y pequeños tesoros francos hallados en diferentes yacimientos daneses o noruegos, o, como no, los objetos de plegaria contra estas fuerzas escandinavas encontrados en lugares de culto franceses. Por eso puede decirse que las grandes fases de rivalidad entre los tres hermanos y sobre todo entre Carlos y Luis conectan con el máximo apogeo de actividad de unos vikingos totalmente infiltrados y asumidos por la sociedad carolingia.
La solución carolingia, el tormento inglés
Pero esto fue cortado de raíz entre el 862 y el 864, cuando Carlos decide sesgar la vía fluvial como ruta de navegación vikinga, y lo hace con la construcción de puentes fortificados. Este hecho es totalmente claro y clave, como así lo narran las fuentes carolingias y lo describen las inglesas. El bloqueo franco a las formas de invasión vikinga, es decir, a través de los ríos, envía instantánea y directamente a los invasores escandinavos a las costas británicas, que empezaron a vivir ataques recurrentes desde 865.
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