Desde el llamado ‘Edicto de Milán’ promulgado por Constantino y Licinio en el siglo IV, el impulso conectaría al Imperio Romano con el cristianismo se iba a intensificar. Esta relación creció de forma exponencial en las siguientes décadas, viendo cómo, solo dos siglos después, el emperador Justiniano reforzaría esa unión de manera casi definitiva. ¿Cómo? Asestó un golpe mortal al corpus pagano con el cierre de las escuelas filosóficas paganas de Atenas, incluida la Academia platónica, en el 529. No es casualidad que esto sucediera el mismo año en que san Benito de Nursia fundó la Abadía de Montecassino, regida por el Opus Dei.

Contrariamente a lo que pueda pensarse, ni San Benito creó el monacato ni su Opus Dei tiene que ver con la moderna prelatura personal fundada por Josemaría Escrivá de Balaguer (1928). Como sucede con los orígenes de los cristianismos primitivos, el monacato cristiano no debe mirar a Occidente para encontrarse, sino que hunde sus raíces en el este, concretamente en Oriente Próximo y Egipto; esto no quita para que la regla benedictina fuera esencial para entender el conocido monacato occidental desde su formación en el siglo VI.
Volvamos pues a san Benito.
Si nos centramos en los monjes negros benedictinos hay que decir que estos consideraban los oficios diarios -en forma de canto en coro, el orar- como la Obra de Dios (Opus Dei), que era el instante álgido de la liturgia de las horas, el momento más importante del día y uno de los tres pilares de vida por los que se regían, completados con el trabajo manual y la lectura de las Sagradas Escrituras. Cada paso estaba regido por los preceptos generales de humildad y obediencia.

¿Por qué se toma el monacatto benedictino como modelo?
Pues bien, no será hasta tres siglos después (en el Concilio de Aquisgrán de 817), con Carlomagno y consolidado bajo su hijo Ludovico Pío, cuando este monacato occidental benedictino tome carácter unitario. No es de extrañar tal cosa si miramos el interés unificador está romano, y también a su herencia bizantina, asunto este que llevó a la unión del cristianismo y el Imperio. Por eso Carlomagno, que pretendía impulsar un renacimiento romano, consiguió implantar la Regla Benedictina y también logró que esta se extendiese más allá del mundo carolingio hacia todo Occidente. De esta forma su calado fue enorme, hasta el punto de que esta regla sobrevivió al propio marco imperial desde el que nació, insuflando sus códigos e identidad a las reformas cristianas más importantes, desde Cluny y el Císter hasta, más tarde, las órdenes mendicantes, que heredaron parte de su cultura espiritual y organizativa.
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