El proceso de asimilación de creencias, prácticas o tradiciones es un elemento más o menos constatable en las grandes religiones reveladas, siendo identificable en cada poro del catolicismo. Si miramos a las colonizaciones americanas, Martín Gelabertó (2004) invoca tres conceptos determinantes, a mi juicio, en gran parte de la demolición de las culturas indígenas, primitivas o nativas, como son “conquista”, “transformación” y/o “sustitución”, aunque restringidas estas definiciones dentro de la conquista espiritual que sobre todo emprendieron los misioneros apostólicos populares. Pues bien, a pesar de la invasión cultural de estos y otros agentes extranjeros, pienso que la misión eclesial en algunos casos se quedó lejos de conseguir el desarraigo popular sobre ciertas creencias, usanzas o costumbres heredadas, incluidas las prácticas mágicas, que siempre han estado muy vivas.
A veces no le hizo falta a esa misión apostólica destruir esa capa preestablecida. La misión evangelizadora consiguió absorber figuras y ritos que, mediante la propaganda, desfiguró a su imagen y semejanza. Pero este proceso en ciertos casos fue bidireccional, invocando nuevas formas de configuración en la creencia invasora. Y es que la capa indígena a la vez inoculó nuevas costumbres en el lenguaje foráneo, como advierte Leturia (2018), quien considera que dicha ingestión se vio favorecida por la “asimilación de costumbres externas, a pesar de su carácter sincretista, ritualista y de espiritualidad superficial”.
Sea como fuere, el celo a lo extranjero existió, con especial incisión, en el mundo rural, sin embargo, eso no siempre fue un problema. Para Alamillos (2012) la hechicería y la “transgresión mágica” fueron elementos de coexistencia con la disciplina católica, al menos en el espacio privado.
Y no nos debe sorprender que así fuera y haya sido hasta nuestros días.
De la clandestinidad al poder
No hay que olvidar como lo sobrenatural y la magia, la taumaturgia, el espiritismo e incluso la nigromancia no solo sobrevivirían a un lado del acoso dogmatizador en el siglo XVIII, en una guerra abierta y pujante entre los poderes del racionalismo ilustrado y los antiguos órdenes, sino que vivirían un nuevo resurgir de la mano del Romanticismo, que reconstruyó un interés intelectual, pero también popular, por lo esotérico, los ritos mistéricos y el conocimiento oriental.

Quede constancia de ello en las figuras del científico y teólogo Emanuel Swedenborg y del filósofo y médico Anton Mesmer, este último creador del concepto de magnetismo animal y padre de la hipnosis como sanación, los cuales postularon la existencia de fuerzas motrices misteriosas que operaban en el mundo, lo que supuso un acicate para la curiosidad intelectual de la época. A la vez, el apogeo por lo oculto se expandió mediante un refinado gusto por lo gótico y medieval, valga de ejemplo ‘El aprendiz de brujo’, del fantástico escritor Wolfgang von Goethe (Dell, 2019).
Aquella vieja vía espiritual y fenomenológica se mantuvo viva
Aunque iban muriendo los procesos por chamanismo y hechicería, léase la Ley contra la Brujería de 1735 de Gran Bretaña, figuras como Janet Horne no se libraron. Horne fue la última mujer quemada y ejecutada en 1727. Sobre esto, el escritor Philip Paris ha contado recientemente su triste final (Massie, 2023). Su historia, como tantas otras, tuvo miles de víctimas inocentes por toda Europa, sobre todo de mujeres que quisieron vivir sus vidas libremente en tiempos donde tales cosas les estaban vetadas; al respecto, mi homenaje a la Tia Gasca, ajusticiada en Trasmoz, en el Moncayo, lugar mágico que recomiendo visitar.

Con todo, el sabio o curandera del pueblo a menudo continuó siendo una figura de consulta en los ambientes habitual, incluso en los ambientes cristianos, y como tal, su persona fue no solo aceptada, sino reverenciada. Lo eran no por sus artes mágicas, sino por su capacidad de abstracción, entendimiento y observación de la naturaleza y sus ritmos.
Paradójicamente, estos nobles personajes, pese a ser necesarios y de obligada consulta, vivieron como sus antepasados, apartados de la civilización que a su vez les requería. Esto es algo reconocible y rastreable en la cultura popular hasta la actualidad, desde los pastores que leen el tiempo y las estaciones a la literatura, con figuras como el fascinante Nini, de ‘Las ratas’ Miguel Delibes.
Bibliografía:
Alamillos, R. (2011). Hechicería en el siglo XVIII. El espacio y la práctica supersticiosa. De la tierra al cielo: Líneas recientes de investigación en historia moderna, 2, 163-176.
Dell, Ch. (2019). Ciencias ocultas, hechicería y magia: una historia ilustrada (Primera). Barcelona: Blume.
Gelarbertó, M. (2004). La palabra del predicador Contrarreforma y superstición en Cataluña (siglos XVII-XVIII) [Tesis]. Universidad Autónoma de Barcelona.
Leturia, F. (2018). La otredad pagana entre la asimilación y la resistencia cultural. Kobie. Antropología cultural, 21, 75-88.
Massie, A. (2023, 18 abril). Book review: The Last Witch of Scotland, by Philip Paris. The Scotsman. Recuperado 19 de abril de 2023, de https://www.scotsman.com/
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