El mundo vikingo fue movimiento, búsqueda de horizontes y apropiación del presente. Veneraban a las fuerzas consustanciales, a las voces pasadas inmanentes y formulaban ritos atávicos para ganarse el devenir. La suya no fue una travesía de huida, sino un firme desafío a las fronteras. La dureza los hizo atrapar el instante, desearlo, hasta el punto de obsesionarse con hallar nuevas rutas y caminos, que vadearon portando una luz de absoluta determinación frente al reaccionario miedo. Uno de esos viajeros incansables fue una mujer excepcional, Guðríð vidforla Þorbjarnardóttir, quien con su vida nos deja un reflejo vívido del imaginario vikingo.

Guðríd se aventuró como pocos seres humanos de su tiempo, allá en el siglo X, removió territorios inexplorados y, amasando y saboreando cada instante, alcanzó convicciones sólidas. Esta mujer islandesa de origen noruego (Laugarbrekka), cercana a la figura de Erik el Rojo debido a su padre, Þorbjörn Vífilsson, dejó su isla emigrando a Groenlandia, donde perdió a su pareja, Þorir, conociendo en el proceso a Leif Erikson, el legendario explorador vikingo. Se casó con el hermano de Leif, llamado el Afortunado, de nombre Thorsteinn Eriksson y con él viajó a Vinland (América). Mas, también estaba escrito que perdería a Thorsteinn, por lo que, de vuelta en Groenlandia, aceptó otro matrimonio, este con Thorfinn Karlsefni, de quien quedaría encinta.

Embarazada navegó hasta Helluland (isla de Baffin), Markland y Vinland, donde tendría el primer hijo europeo nacido en un continente americano que por entonces, cinco siglos antes de Colón, no conocía ni su nombre futuro. Allí tuvo contacto con tribus nativas americanas, con las que convivió. Sin embargo, su perpetuo viaje aún sería mayor. Le dio tiempo a cambiar de creencias (o quizá, posiblemente, a una armonización entre las viejas y el cristianismo) y fruto de ello viajó de peregrinaje a Roma, donde se cree sólidamente que conoció al Papa. Sus días finales los vivió como monja en Islandia, pero habiendo recorrido ingentes distancias marcadas por un destino que es inamovible y vino de lejos espoleado, como el de sus parientes, por el Gran Invierno. El que fue y está por llegar.
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