¿Y si Dios nunca fue cruel ni benevolente? ¿Y si, sencillamente, nunca nos tuvo en cuenta? ¿Y si los nuevos dioses no existen o han efadado al que si está? O más afinado, ¿y si todos son falsos?
El ser humano, tarde o temprano, busca un terreno sólido sobre el que asentar su sistema de creencias. Sin embargo, los marcos de simplificación modernos acaban operando como sustitutos ontológicos cuando solo deberían ser herramientas específicas ¿Por qué? básicamente porque dejan de servir para comprender la realidad y pasan a pretender agotarla.
Allí donde antiguas concepciones de lo divino no reducían el mundo a una descripción cerrada, hoy proliferan los -ismos como nuevos dioses funcionales: sistemas o mecanismos que prometen una realidad completamente material, calculable y gobernable. Una realidad que no define la misma realidad. El problema no es menor, porque hablamos de ceguera, y el obstáculo no reside en que estas construcciones utilitarias se alejen de lo real. El verdadero problema surge cuando confundimos los instrumentos conceptuales con la realidad misma. En esa simplificación no perdemos solo una explicación, sino algo más grave: la capacidad de aceptar que la realidad no es una, sino irreductiblemente plural.

La mecánica cuántica y la relatividad general describen dos niveles de realidad que son simultáneamente válidos e incompatibles. La relatividad impide toda totalidad con punto de vista absoluto; la mecánica cuántica rompe con una materia plenamente determinada. En la intersección de ambas aparece la naturaleza como cosmología: un ámbito sin centro, sin plan y sin totalidad accesible, una realidad heterogénea que se resiste a ser agotada por cualquier sistema explicativo.
Por ello, todos los sistemas humanos en los que hoy se depositan esperanzas, sean científicos, económicos, filosóficos o teológicos, están estructuralmente abiertos al fracaso. No porque se alejen de lo real, sino porque son finitos, locales y constitutivamente constreñidos. Su insuficiencia no invalida su uso en una escala simple y delimitada, pero sí impide que puedan explicar, clausurar o fundamentar plenamente la existencia.
Si nos acercamos a esos -ismos que gobiernan nuestra sociedad -el materialismo, el utilitarismo o las creencias liberales-capitalistas– vemos que confunden herramientas locales de gestión con explicaciones globales de la existencia. Es decir, son falaces. La falacia de sus dogmas -que, entre otras cosas, prometen salvaciones estrictamente materiales, arrinconando la espiritualidad- no reside en su funcionalidad, que en un ámbito particular es lícita, sino en su pretensión de dominio y absolutización de todos los planos de la existencia. Buscan justificar la totalidad más allá de su ciclo de acción, que es el meramente operativo, y lo hacen para adueñarse de un estadio superior que, visto en perspectiva, los deslegitima. Ese plano es el ontológico. Al final, su dominio absoluto se revela no como verdad, sino como ilusión: un orden que confunde funcionalidad con totalidad y reduce el cosmos a cálculo y utilidad. En suma, prometen de manera teórica más de lo que la realidad puede conceder.
Mucho más, que es infinitamente menos.
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