Amanece y comienzan nuestros rituales. Nos intrducimos en el sacrosanto espacio de las rutinas propias y nos lanzamos a degustarlas.

Entre ellas, uno puede elegir saborear la tostada con su base preferida, junto al café mañanero y tomando el firme propósito de concentrarse en uno mismo y sus intereses personales, o, por el contrario y por una vez, echarse a un lado y pararse un poco más allá del Yo para reflexionar (tal vez junto a su hijo o nieto, quizá un sobrino, e incluso saboreando aquella u otra cotidiana costumbre) a partir de ciertas imágenes y, con ello, enfrentar el significado de una famosa frase del poeta francés Paul Éluard. El creador galo -nacido en Saint-Denis en el 1895 y muerto en Francia en 1952, en Charenton-le-Pont- dijo muy acertada y agudamente aquello de: “Hay otros mundos, pero están en este”.

Volviendo a nuestra rutina y algo fuera de nuestro ego empezamos a dejar bullir los sentimientos internos y, con ello, a sentir el eco atronador de lo que encierra esa afirmación. Llegado este punto, ese tiempo fuera de uno mismo puede ser fructífero y nos permitirá afrontar nuestras acciones diarias de otra manera.

¿Cómo?

Por ejemplo, mirando el trabajo de Marcus Bleasdale en el África profunda. Al hacerlo uno puede sacar de dentro la compasión y agarrar la afirmación de Éluard con toda su crudeza, porque el mundo real, como el capitalismo del que somos parte todos los que vivimos en el septentrión del ecuador, tiene muchas caras y algunas de ellas buscan sus materias primas hurgando cruelmente en el continente del que curiosamente venimos todos los seres humanos.

La cara B que nadie quiere mirar, el origen

La pesquisa del sistema económico es sencilla: hallar el máximo beneficio, entre la mayor competencia y bajo los mínimos costes. Pero su aleteo embriagador no tiene nada de inocente y revierte en efecto mariposa perverso y brutal sobre África. Lo peor es que esta reacción no es caótica, sino calculada, y sí deriva en consecuencias enormes y totalmente previsibles. Mirando por el objetivo del fotoperiodista (Bleasdale), vemos estos efectos en la República Democrática del Congo, donde las minas de coltán, cobalto, cobre y oro atienden a unos medios sin justificación moral y ética para alcanzar los fines.

En 2004 Marcus Bleasdale fotografió el conflicto que azota la R. D. Congo en el libro ‘The Rape of a Nation‘, que ganó el premio al Mejor Libro de Fotografía en 2009 por Pictures of the Year International en los EE. UU. Este era su segundo trabajo sobre el país africano tras One Hundred Years of Darkness, y en el se escenifica a la perfección la cara B y ese efecto mariposa causal. Sin ir más lejos, plasmó la explotación infantil con esta instantánea (abajo), sacada en la mina de oro de Watsa, en el noroeste de la nación congoleña.

Explotación infantil en Watsa, en una mina de oro congoleña. (F: Marcus Bleasdale)

En el comercio global y en el caso concreto africano hablamos de una riqueza natural inmensa que, sin embargo, sufre la marea atroz de la cadena de suministro y sus intermediarios. Hablo de un desequilibrio extremo en favor insultante hacia el mismo lado, el del valor añadido y los beneficios, e incrementado de una forma devastadora en el origen los costes ambientales, humanos, sociales y laborales.

Ahora, al otro lado del espejo, entre nuestro desayuno, esa cara B real mantiene intacto el sabor de la tostada y el café, aunque su digestión mental quizá ya nos resulte algo diferente. Y eso es bueno, significa que no somos indiferentes y estamos vivos.

Pero vayamos más allá.

Una cara A todavía más oscura

Miremos a nuestro alrededor: todo tiene un coste y, lejos de la jerga liberal, el más elevado es el de los seres vivos. Para alimentar las baterías de smartphones, vehículos eléctricos, tecnología occidental y la transición energética verde, Occidente se permite eludir la trazabilidad de esas materias primas y, además, permite reducir los costes muchísimo, alentando la función de esos intermediarios, sean señores de la guerra o, de forma más sistémica, cosas peores, como las corporaciones supranacionales que toleran la opacidad del proceso debido a los enormes beneficios que les reporta.

Para el ente irracional del mercado es cuestión de dividendos, pero pongámosele rostro a esos números.

La perversidad sistémica es evidente generando una huella ecológica vastísima y cuyos costes jamás aparecen en las hojas de balance de esas corporaciones y sus millones de clientes consumistas. Prueba de ello es la deforestación desenfrenada; en el caso del Congo, la de uno de los pulmones del planeta, la Selva del Congo. También la pérdida masiva de biodiversidad, de especies y de hábitats. Y no lo olvidemos, aquel agente económico que degrada el medio ambiente de forma tan drástica y violenta repercute proporcionalmente en el ser humano. Póngase cómodos que esto no ha acabado. Esta cadena de suministro es la responsable en esas zonas de la aparición de anomalías congénitas en hombres, mujeres y niños por contaminación tóxica y polvos minerales, la erosión y degradación del suelo, la liberación de metales pesados en los acuíferos y ríos o de la incorporación de una increíble cantidad de elementos tóxicos que contaminan la vida marina y acuática.

Miles de seres humanos y animales mueren o padecen sus efectos por unos productos que está más que lejos de ser de primera necesidad y que seguramente reposen junto a nuestro desayuno. La pregunta que debería venirnos a la cabeza es si no vemos lo que cuesta nuestra sociedad de bienestar.

Entierro de un familiar, muerto por tuberculosis. (F: Marcus Bleasdale, en http://www.marcusbleasdale.com)

Está claro que mucho.

Y no confíen en la positivación jurídica que sostiene desde hace un par de siglos ese modelo liberal ligado al Estado. Es decir, no se fíen de la justicia y sus sistemas normativos, porque esta, con minúscula, está constituida de reglas creadas en favor del sistema y que, por tanto, están diseñadas para eludir esas consecuencias en el Sur del mundo. Al menos muchas de ellas. Este axioma es una burda generalización, pero sirve para aclarar el asunto. Las leyes no hacen Justicia, con mayúscula, porque la Justicia, donde esté, se halla fuera de las leyes. Habitaba nuestras mentes e impulsos mucho antes de que existieran leyes y Estados.

Es más, pocos conflictos como los de la República Democrática del Congo (RDC) retratan mejor esa vulnerabilidad de las iniciativas legislativas llevadas a cabo por las democracias occidentales. Sin ir más lejos, ahí tenemos el caso de la Ley Dodd-Frank de Reforma de Wall Street y Protección al Consumidor (2010). Como sucede con esta y otras, las leyes dentro del sistema que las dotan de funcionalidad resultan profundamente permeables a las realidades de la guerra, la geografía y la ambición corporativa global.

Y al final, ¿qué queda?. Esa terrible cara B a la que no miramos es la base operativa oculta de una ansiosa y ociosa cara A, la nuestra, la tuya y la mía, la que disfruta su café y su tostada. La que consume tranquilamente su sabroso desayuno.

Fotos: Marcus Bleasdale


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