El periodismo está muerto. O al menos lo está su función esencial. Si hubo un tiempo en que David podía vencer a Goliat, si existieron momentos en que la búsqueda de la verdad significaba un fin mayor que el lucro, la audiencia o la relevancia, esos tiempos quedaron atrás. El Cuarto Poder se ha disuelto, el contrapoder se ha desmantelado. Precisamente días como el 20 de noviembre de 1969 lo confirman: el Periodismo (el norteamericano), como sucediera con el Caso Watergate, venció ese día y desde dentro a la nación más poderosa de la tierra en la última centuria. Sucedió con la vergüenza de Mỹ Lai (también Mỹ Khê), desmantelando la propaganda gubernamental sobre la Guerra de Vietnam.

Ya queda poco de aquel impulso primario periodístico por revolver la entrañas de los poderosos en busca de su cara oculta. Que la tienen.

La infamia estadounidense en Vietnam puesta sobre la mesa

Tras recibir la negativa de las revistas Life y Look, el periodista Seymour Hersh publicó un 13 de noviembre de 1969 en una diminuta agencia, la Dispatch News Service, un reportaje sobre una masacre perpetrada y ocultada por las fuerzas norteamericanas, sucedida el 16 de marzo de 1968 en el distrito de Sơn Tịnh, en Vietnam del Sur. Al publicarse esa información la incredulidad fue máxima, pero solo una semana después, un 20 de noviembre de 1969, el ‘Cleveland Plain Dealer‘ terminó por detonar el encubrimiento intencionado. O mejor dicho, malintencionado. El periódico no se limitó a confirmar la información de Hersh, sino que la hizo innegable para la escéptica opinión pública de EEUU a través de un cruento reportaje fotográfico (fotografías en color de Ronald Haeberle) que mostraba un auténtico asesinato en masa de civiles desarmados por parte de integrantes del ejército de EEUU.

Para que esto sucediera -como ocurriría años después con la información de Bob Woodward y Carl Bernstein (Watergate), que derribó a Richard Nixon– hizo falta rigor, valentía y conciencia. En ello fueron clave dos figuras, el redactor del Cleveland Plain Dealer (CPD), Joseph Eszterhas, y el sargento del ejército de los EEUU, Ronald L. Haeberle, quien poseía las imágenes de la matanza. De esta forma, el CPD se convirtió en el adversario extremo del aparato militar del Tío Sam removiendo al único elemento capaz de acorralarlo, su pueblo, que pidió explicaciones al poder.  

Mujeres y niños -sin identificar- antes de la matanza de My Lai. Tal y como afirman los testimonios, fueron tiroteados momentos después de haberse tomado la foto. (F: Wikipedia)

Hersh ganaría el Premio Pulitzer por aquello, sin embargo, esta afrenta quedó muy lejos de obtener justicia. Aunque se demostró que entre 350 y 504 personas fueron asesinadas; que hombres, mujeres, niños e incluso bebés, fueron masacrados; que niños y sobre todo mujeres fueron violadas y torturadas impunemente, y pese a que se involucró en los sucesos a 26 soldados, solo uno de ellos fue condenado por los crímenes y de forma absurda. Fue el teniente William Calley Jr., jefe de uno de los pelotones implicados, condenado a cadena perpetua. Pero la vergüenza no acaba ahí. Al poco esa condena fue permutada por el propio Nixon -por aquel entonces presidente del país de las barras y estrellas-, que lo condenó a un arresto domiciliario en su cuartel, es decir, lejos de una celda común, y por una ínfima pena de 3 años de prisión.  

El estertor es sonoro

Echando la vista atrás con intención de ver en perspectiva nuestro presente, de nuevo es más que discutible que estemos progresando en materia crítica; desde luego no lo hace el periodismo. Claro que los medios de comunicación permanecen, como los géneros periodísticos (aunque cada vez sea más complicado encontrarlos), sin embargo, la mutación de su contenido ha sido radical, convirtiéndose tanto la profesión como sus herramientas en un instrumento motor de las fuerzas económicas y estructurales. Del poder que juró combatir. Hablaba antes de la necesidad de que existiera rigor, valentía y conciencia para publicar/buscar estas informaciones, pero estas características deben ser no solo virtudes de los periodistas, sino también de los mass media en los que trabajan, y especialmente de sus editores.

Olvídense hoy en día de ver tal cosa.

Seymour Hersh, célebre por revelar la matanza de My Lai o las torturas de la prisión de Abu Ghraib. (F: The Guardian)

En efecto, el periodismo se ha adaptado a los tiempos y los periodistas, a la gente, mutando radicalmente su esencia. Y no hablo aquí de youtubers o agitadores, que no merecen la mención por su falta de profesionalidad, objetividad y ética retórica. Lo que hoy consumimos en los medios profesionales, a los que sí debemos pedir explicaciones, es la armonización de la agenda, que se cubre -no se crea- en medios controlados por grandes corporaciones con intereses cruzados en telecomunicaciones, finanzas o política. De nuevo, un sinsentido para la objetividad; al fin y al cabo, el poder no va a perseguir su propia forma de subsistencia. O lo que es lo mismo, el cometido periodístico ha sido cooptado y desmantelado.

En definitiva, el crecimiento en los mass media de un capitalismo voraz imprime un balance tiránico, en el que para el (anti) periodismo moderno solo es rentable la polarización inmediata, no la investigación exhaustiva. Pendientes del balance económico, los ‘mass media‘ no buscan informar, sino confirmar creencias, alimentar la visión maniquea de la realidad (lo cual es rentable, pero no deontológico); si lo quieren, dar carnaza a su gusto a las masas hambrientas y mal alimentadas, pues buscan comer aquello que no les incomoda. No en vano, en esto de los medios de comunicación, fuera del ciclo económico y editorial (donde subsisten ciertas organizaciones sin fines de lucro o consorcios internacionales) solo existe la marginación y el ostracismo.

Dicho de otra forma, ¿quién quiere ver las matanzas que manchan los poderes que vota?, ¿quién quiere herir el relato hegemónico (con fuentes y medios fidedignos, científicos, falsables)? ¿Quién desea hurgar en la historia criticando la creencia ideológica? ¿Quién está dispuesto a escuchar los gritos de esa vieja búsqueda de la verdad, de ese afán de aproximarse al máximo a la objetividad de los hechos sea cual sea el pastel que desentrañe?

Y lo que es más importante (por lo visto) para el consumidor y la misma sociedad, de la que formamos todos, ¿quién está dispuesto a pagar por ello?

Foto de portada: The New Yorker.


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