El 10 de abril de 1815 la Tierra escupió desde sus entrañas fuego y cenizas a la atmósfera. Pronto, ese aliento venido del volcán Tambora se dispersó por el planeta. En la vieja Europa propició un verano boreal atípico. Fue en 1816, en el año sin verano, cuando ese hálito destructor paradójicamente impulsó un guiño creador literario extraordinario. Un clásico universal. Sucedió fruto de las pasiones románticas más exacerbadas, a orillas del lago Lemán, y aunque la iniciativa vino promovida como un reto por el sugerente y ambivalente Lord Byron, icono de la época, lo cierto es que la criatura inmortal fue ideada por Mary Shelley. Y su Prometeo bebió de elixires diversos para lograr existir y cautivarnos.
La creación de Víctor Frankenstein se gestó en la Villa Diodati durante aquella atípica época estival, pero lo interesante es que en el monstruo confluyen multitud de ingredientes fascinantes: desde la semilla anarquista hasta la ingratitud humana ante su lado más natural, contra ese aspecto oscuro sobre el que tanto incidió la pericia de John Milton. También los paradigmas científicos de la época, que John Polidori, médico del hipocondríaco poeta londinense (Byron) y escritor gótico, inoculó en los Shelley, y por extensión otros tantos hitos que iban a estallar e influir en generaciones futuras.

El odio por uno mismo
Pero mirémoslo, observemos el rostro del alma monstruosa y blasfema.
Si prestamos atención, el moderno Prometeo se parece tanto a esa criatura lóbrega a la que damos cobijo cada uno de nosotros que, como en la obra, sentimos la necesidad de alejarlo, sobre todo cuando trata de buscar su hueco en la hoguera del ritual social. Nadie quiere proyectar sombras en la danza de las apariencias. Por algún motivo, el baile de convencionalismos juega a esconder los demonios que cada cual lucha por no escenificar. A la luz no somos lo que escondemos en las sombras. Por eso la criatura de Shelley es tan locuaz, y por eso su presencia, su discurso, son tan insoportables: nos habla de nosotros mismos.

Es como Satán, quien no fue expulsado de los cielos, ni desapareció de la faz de la Tierra, solo se fue recluido en un rincón profundo de nuestro ser cultural por su osada rebeldía.
Creación descontrolada
William Godwin, padre de Mary Shelley, quien perfiló por primera vez un ideario anarquista moderno (An Enquiry Concerning Political Justice), permitió a su hija algo atípico en aquellos tiempos, leer mucho y diverso, cuanto y de lo que quisiera. Impulsada por Byron, Polidori y su marido, Percy Bysshe Shelley, también en cierta forma por Milton, Mary concibió una creación del ser social que, pervertida de raíz, se vuelve contra su creador. Y en su libro es el lado oscuro el que prevalece. Godwin creía en la autodeterminación del hombre ilustrado, en la tendencia de las instituciones a corromper al ser humano y en la sabiduría como base de libertad. Proponía antídotos y optimismo. Paradójicamente la criatura formulada por su hija Mary (entendida como el capitalismo, en una lectura alegórica posible aunque no explícita) podría ser el homúnculo que destruiría ese optimismo paterno. Es así porque no tardó mucho Thomas Malthus en demoler el sueño de Godwin. Predijo un futuro donde en la prosperidad también medrarían la escasez, la desigualdad y la pobreza.
Y, en cierta forma, el pensador de Westcott no se equivocó.
El impulso romántico, que propugnaba el progreso, la ciencia y la expansión de los sistemas productivos fue incapaz de percibir los reversos tenebrosos de esos caminos, de ver los apéndices brotados de la ideología y del poder de ese saber. Nunca vio las interferencias que dibuja cada renglón que se escribe en la Historia.
Lo cierto es que todo tiene otro lado.
En verdad, no existen sendas certeras que conduzcan a paraísos soñados, ni estadios ideales, sino un conjunto insondable de bifurcaciones donde habitan las huidas de los creadores. Para bien o para mal. Y, huérfanas, sobreviven por ahí, a su manera, imperfectas, como sus padres.
Entonces, ¿cómo detener un crecimiento desmedido? ¿Cómo modular un hambre infinita? Visto así, cabe preguntarse: ¿y si la creación de un pernicioso amor a la opulencia -ese que Godwin rechazó- es hoy una dulce y fatal vulgaridad que nos domina y que, a diferencia de la criatura de Frankenstein, simplemente ya no desea morir, sino perpetuarse hasta finalmente devorar a su hacedor?
Foto de portada: Ilustración de Bernie Wrightson.
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