Cuando en la tradición evangélica de Mateo y Lucas se advierte que «nadie puede servir a dos amos» porque «no puedes servir a Dios y al dinero», ya que, al hacerlo, «servirás a uno y despreciarás al otro» nos acercamos a un argumento de alcance universal: el desapego material como inicio de una vía para alcanzar cierta libertad auténtica. Existen tradiciones filosóficas como el estoicismo, el cinismo, el epicureísmo, el taoísmo o el mismo cristianismo primitivo que convergen en este punto. Las corrientes budistas enfatizan de manera análoga que esa carga, el apego material, infla la ilusión del Yo y acrecienta la falta de libertad y virtud.

Ahora bien, no basta con el desapego, es necesario dar otro paso: una emancipación de la necesidad artificial.

Sí, la libertad exige más de lo que creemos. No hablo de una libertad positiva sujeta a la coerción respecto a los más fuertes. Esta herencia del pensamiento político decimonónico y liberal -de errumbe hispánica, bajo el lema del orden y el progreso- nos induce a creer que somos libres por gozar de la ausencia de cadenas, esquivando el hecho de que la mera existencia de un poder absoluto o asimétrico es en sí un acto de dominación, una forma de cortar la libertad del individuo.

Dejemos a un lado eso y avancemos en otra dirección, una más pragmática.

A lo largo de la historia, instituciones y jerarquías, así como el creado imperio jurídico, han atacado sistemáticamente y con fiereza expresiones de libertad sin ataduras, sin rigores normativos, sin límites, incluso cuando estas han sido de naturaleza laica. Cuando el Imperio Romano se apropió y moldeó a su imagen el cristianismo —por simplificar, con Constantino y especialmente con Teodosio— se aseguró que su fuerza teológica sobreviviera al Imperio, pero impregnándose hasta el tuétano del ser imperial romano. Desde un control institucional, jerárquico y jurídicamente organizado, se estableció un camino determinado tras el cual solo quedaban los conformes y los desertores. Este proceso de sacralización del orden temporal sentó las bases para que, siglos más tarde, la racionalidad científica de Herbert Spencer despojara al poder de su ropaje divino para vestirlo con las leyes de la naturaleza, consolidando la división entre vencedores y vencidos.

San Ambrosio y el emperador Teodosio pintado por Rubens. (F: muy Interesante)

Del cristianismo al resto de religiones

No obstante, el ser humano, como animal dominado por instintos orgánicos, necesidades de inspiración y también por aspiraciones éticas y espirituales, ha luchado contra las ataduras, como lo que, en cierta forma, es: un animal enjaulado.

Lejos de las autopistas del bienestar, es cierto que las asociaciones de disidentes, civiles y religiosos, han sido acorralados, pero su latencia nunca ha desaparecido. En la herencia de la sociedad occidental fueron muchos los movimientos de urdimbre cristiana -y, a partir de ahí, de alma laica- que trataron de revertir el orden establecido. Si bien es verdad que multitud de ellos han sido marginados en el seno de la Iglesia y otros tantos han pasado directamente a ser tildados de herejía, lo cierto es que estas formas de objeción de conciencia y resistencia comunitaria frente al paradigma dogmático han existido y existirán siempre.

Es más, su viveza y coherencia es perceptible, incluso si su experiencia la miramos desde una óptica presentista. Otra cuestión, claro está, es que estas corrientes logren permear hasta el núcleo de la sociedad de consumo o influir en el catolicismo como institución.

En una cultura occidental cristiana, estos movimientos, que pueden considerarse minoritarios, han tratado de renovar la ortodoxia o confrontarla, en muchos casos precisamente usando el mensaje evangélico original, donde la propiedad común, la pobreza voluntaria y la horizontalidad fraterna impugnaban cualquier jerarquía terrenal. Y como ha sucedido en el seno del cristianismo, tantas otras formas de espiritualidad profunda lo han intentado.

Al calor de las tensiones de la reforma gregoriana emergieron gran variedad de estas respuestas populares; los patarinos son un ejemplo de cómo la exigencia de pureza desbordó el control de la propia élite eclesiástica. En ellos hallamos desde las beguinas y begardos (Países Bajos y el norte de Francia) a los hermanos y hermanas de la vida común. También surgieron otros acentos contestatarios más incomodos e incisivos, que, como tal, fueron perseguidas por las élites clericales. Sin ir más lejos, el catarismo es un ejemplo recurrente. El movimiento cátaro fue atacado hasta tal punto que se trató de borrar su misma raíz etimológica, y eso que era una designación externa al grupo: el término griego katharos fue germanizado como ketzer, directamente traducido como ‘hereje’. De manera semejante, bogomilos, gnósticos y valdenses promovieron movimientos de renovación espiritual frente a lo que percibían como la corrupción ética y moral de la Iglesia y, por extensión, del ser humano.

De la Edad Media a la modernidad

La filosofía moderna, partiendo de la ética, no es ajena a esta perspectiva. Si miramos al capitalismo liberal imperante, Karl Polanyi habla de él como un modelo de libertad falsa y vida sometida al mercado; Max Weber de una ética transformada en disciplina productiva, y Michel Foucault e Ivan Illich señalan un sistema institucional basado en una tecnología de poder que se expresa mediante el deseo y la autoexplotación o una falsa emancipación que genera dependencia.

Todos estos pensamientos proyectan un antagonismo conceptual entre la relación con la sociedad, entendida como objetiva e interesada, y la comunitaria, definida como relación subjetiva y afectuosa. En el ámbito privado, esta segunda dimensión posee mayor sentido y fuerza, algo que se diluye en nuestra expresión en sociedad.

Abrirse para adentrarse en esta clase de introspección no es cosa sencilla.

Hoy los liberalismos en sus formas diversas transforman el concepto de libertad en una agente de expansión ilimitada e interés privado, pero no como una emancipación real del individuo en la sociedad, sino como una dependencia del mercado, del consumo y de la acumulación, ese fetichismo de la mercancía tan arrinconado. Es la dialéctica de una antropología empobrecida, donde el individuo queda reducido a un agente económico.

Por el contrario, los movimientos contestatarios y las filosofías orientales proyectan otra forma de ser y estar, una búsqueda de libertad interior y ética en la que se subyuga no solo el deseo material, sino el apego y la dominación de lo material. En estas coordenadas, la búsqueda de la libertad es primeramente eso, un camino que rompe los ismos del dogma y se aventura humilde en los senderos moldeables. Esa libertad se expresa de forma expansiva y sin mediaciones, interpelando directamente a nuestro ser interior. Estas propuestas hacen una llamada desde un lugar en el que, habiendo conquistado la autonomía sobre nuestras necesidades básicas, nos despojamos de los fetiches del consumo para descubrir que la libertad auténtica no es una retirada del mundo, sino la audacia de habitarlo sin cadenas y en comunidad.

Ni más ni menos.


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