Cuando en la tradición evangélica de Mateo y Lucas se advierte que “nadie puede servir a dos amos» porque «no puedes servir a Dios y al dinero”, ya que, al hacerlo, “servirás a uno y despreciarás al otro” nos acercamos a un argumento de alcance universal que entronca con el desapego material como vía para alcanzar cierta libertad auténtica. Existen tradiciones filosóficas como el estoicismo, el cinismo, el epicureísmo, el taoísmo y el mismo cristianismo primitivo que convergen en este punto. Las corrientes budistas enfatizan de manera análoga que esa carga, el apego material, infla la ilusión del Yo y acrecienta la falta de libertad y virtud.
Por eso las instituciones y jerarquías, así como el imperio de la ley, han atacado sistemáticamente y con fiereza expresiones de libertad sin ataduras y sin límites, incluso cuando estas han sido de naturaleza laica. Cuando el Imperio Romano se apropió y moldeó el cristianismo —con Constantino y especialmente con Teodosio— se aseguró que su fuerza teológica ecuménica sobreviviera al Imperio. Desde un control institucional, jerárquico y jurídicamente organizado, se estableció un camino determinado tras el cual solo quedaban los conformes y los desertores.

No obstante, el ser humano, como animal dominado por instintos y necesidades orgánicas de inspiración y también por aspiraciones éticas y espirituales, ha luchado contra las ataduras. Si se quiere, contra las autopistas del bienestar. Es cierto que los movimientos disidentes, civiles y religiosos, han sido acorralados, pero su latencia nunca ha desaparecido. En la herencia de la sociedad occidental fueron muchos los movimientos de urdimbre cristiana y, a partir de ahí, de alma laica que trataron de revertir el orden establecido. Si bien es cierto que multitud de ellos han sido marginados en el seno de la Iglesia y otros tantos han pasado directamente a ser tildados de herejía, lo cierto es que estas formas de desobediencia civil y/o ética han existido y existirán siempre.
Es más, su viveza y coherencia es evidente, incluso si su experiencia la miramos desde una óptica actual. Otra cuestión, claro está, es que estas corrientes logren permear hasta el núcleo de la sociedad de consumo o influir en el catolicismo como institución.
En una cultura occidental cristiana, estos movimientos, que pueden considerarse minoritarios, han tratado de renovar la ortodoxia o confrontarla precisamente con la idea de volver a los orígenes cristianos, los primitivos, donde las palabras comunidad, pobreza y caridad eran pilares fundamentales de toda ética. Y como ha sucedido en el seno del cristianismo, tantas otras formas de espiritualidad profunda lo han intentado.
De la Edad Media a la modernidad
Durante la reforma gregoriana existieron gran variedad de estas formas de expresión, algunas laicas, y ahí están los patarinos para atestiguarlo. Con ellos hallamos desde las beguinas y begardos (Países Bajos y el norte de Francia) a los hermanos y hermanas de la vida común. También surgieron otras formas de contestación más incomodas e incisivas que, como tal, fueron perseguidas por las élites clericales; sin ir más lejos, el catarismo. Es más, el movimiento cátaro fue atacado hasta tal punto que el término griego katharos fue germanizado como ketzer, directamente traducido como ‘hereje’. De manera semejante, bogomilos, gnósticos y valdenses promovieron movimientos de renovación espiritual frente a lo que percibían como la corrupción ética y moral de la Iglesia y/o, por extensión, del ser humano.
La filosofía moderna, partiendo de la ética, no es ajena a esta perspectiva. Si miramos al capitalismo liberal imperante, Karl Polanyi habla de él como un modelo de libertad falsa y vida sometida al mercado; Max Weber de una ética transformada en disciplina productiva, y Michel Foucault e Ivan Illich señalan un sistema institucional basado en una tecnología de poder que se expresa mediante el deseo y la autoexplotación o una falsa emancipación que genera dependencia.
Todos estos pensamientos proyectan un antagonismo conceptual entre lo social, entendido como relación objetiva e interesada, y lo comunitario, definido como relación subjetiva y afectuosa. En el ámbito privado, esta segunda dimensión posee mayor sentido y fuerza, algo que se diluye en nuestra expresión en sociedad.
Como no, adentrarse en esta clase de introspección no es cosa sencilla.

Hoy el liberalismo moderno transforma el concepto de libertad en una agente de expansión ilimitada e interés privado, pero no como una emancipación real del individuo en la sociedad, sino como una dependencia del mercado, del consumo y de la acumulación. Es la dialéctica de una antropología empobrecida, donde el individuo queda reducido a un agente económico. Por el contrario, los movimientos contestatarios y las filosofías orientales proyectan otra forma de ser y estar, una búsqueda de libertad interior y ética en la que se subyuga no solo el deseo material, sino el apego y la dominación de lo material.
En todo caso, la búsqueda de la libertad se expresa de forma expansiva y sin mediaciones, interpelando directamente a nuestro ser interior. Se hace la llamada desde un lugar en el que estamos despojados de escudos materiales y solo somos, en esencia y existencia, lo que somos. Ni más ni menos.
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